Draupadi Santiago fue otra de las artistas que tuve el privilegio de conocer en MART. El encuentro no fue casual: ya existía el deseo mutuo de conocernos a través de una amiga en común. A veces los cruces simplemente se confirman.
Nacida en México, hija de padre mexicano y madre nepalí, en Draupadi conviven —sin conflicto y con absoluta coherencia— dos universos culturales profundamente espirituales. Dos geografías distantes, pero con vasos comunicantes claros: la comunidad, la ritualidad, la conexión con lo invisible y una relación orgánica con la naturaleza y lo sagrado.
Del espíritu mexicano hereda la calidez, la empatía, el humor como forma de resistencia y una espiritualidad que naturaliza la convivencia entre vivos y muertos, lo terrenal y lo sobrenatural. Del espíritu nepalí, la meditación como práctica cotidiana, el respeto por los ciclos, la noción de lo colectivo y esa idea poderosa que resume el Namaste: lo divino habita en cada ser.
Esa síntesis se manifiesta de manera directa en su obra. Draupadi pinta con el alma. La pintura no es para ella un gesto estético aislado, sino un ejercicio espiritual, un acto de meditación y de presencia plena. Y ese estado no queda atrapado en el lienzo: se prolonga.
Cada obra incorpora un código QR que guía al coleccionista mediante palabras y ejercicios de respiración, invitándolo a ingresar en el mismo estado meditativo desde el cual la obra fue creada. La pintura se observa, sí, pero sobre todo se atraviesa. En ese sentido, no pude evitar recordar la experiencia contemplativa que proponen las obras de Mark Rothko.
Nada queda librado al azar. Cada pieza se entrega con certificado, dedicatoria personalizada y una tarjeta de agradecimiento que dice:
*“Esta pieza ha completado su ciclo conmigo y ahora comienza un nuevo viaje contigo.
Que traiga presencia, belleza y una silenciosa transformación a tu espacio —un recordatorio de que cada final lleva en sí la semilla de algo nuevo.
Gracias por recibir esta obra y por convertirte en parte de su continuum.”*
Incluso el papel de seda que protege la obra lleva su sello en relieve: casi imperceptible, pero presente. Como todo en ella.
Draupadi tuvo la gentileza de enviarme una pintura suya en la que tres gaviotas surcan el cielo. Una imagen simple, abierta, profundamente evocativa. De esas que no se explican: se sienten.
Todo en Draupadi habla de luz, generosidad, coherencia y profesionalismo. De una artista que entiende que crear y cuidar la experiencia del otro también es parte de la obra.
Soy profundamente agradecido de que la vida —o Dios, que a veces es lo mismo— la haya puesto en mi camino.
Gracias, Draupadi, por la obra, por el gesto y por permitirme ingresar a tu cosmovisión.
