Brunadinho, Brasil.
Doris Salcedo es, sin discusión, una de las grandes referencias del arte contemporáneo latinoamericano presentes en Inhotim. Y aunque llegué a su espacio ya con el cuerpo pidiendo tregua —porque fue una de las últimas propuestas que visité en el recorrido—, el esfuerzo valió totalmente la pena.
Nacida en Bogotá en 1958, Salcedo ha construido una obra atravesada por la violencia política, la memoria, el duelo y las heridas sociales, no solo de Colombia sino del mundo contemporáneo.
Vive y trabaja en Bogotá, y su práctica se ha destacado por transformar objetos domésticos —muebles, ropa, estructuras de uso cotidiano— en formas cargadas de ausencia, tensión y desasosiego. Más que representar el horror, Salcedo lo vuelve materia.
Su trayectoria internacional es contundente. Ha expuesto en instituciones como Tate Modern, —donde rajó el piso de la sala de las Turbinas haciendo alusión a las profundas divisiones prevalecientes en el mundo actual— el Museo Reina Sofía, el MAXXI, el MoMA y el Centro Pompidou, entre muchas otras, y ha recibido reconocimientos de peso, entre ellos el Premio Velázquez, el Hiroshima Art Prize, el Nasher Prize y el Nomura Art Award.
En Inhotim, Salcedo presenta Neither (2004), una instalación permanente para la cual la propia galería fue concebida en diálogo con la obra.
El edificio, inaugurado en 2008, fue diseñado por Arquitetos Associados y reproduce las dimensiones exactas del espacio donde la pieza se mostró por primera vez en White Cube, en Londres. No es un detalle menor ya que en este caso, la arquitectura no contiene la obra, sino que queda tomada por ella.
Algo que impacta y que cuesta asimilarse.
La sala, a primera vista, parece estar revestida por alambrados de acero hasta que nos percatamos que las paredes en sí mismo constituyen el alambrado lo que dispara nuestro análisis.
Vinculado a los espacios expositivos, con todas las connotaciones positivas pero más que nada negativas, el espectador reflexiona ya que tanto los “white cube” propician el acercamiento pero también alejan.
Desde los años ochenta, la artista viene elaborando un lenguaje escultórico que se alimenta de contextos de violencia, exclusión y desaparición. En sus primeras obras, los objetos domésticos aparecían alterados, intervenidos, recubiertos, convertidos en restos de una arqueología política y afectiva.
En Neither, en cambio, su investigación avanza hacia la intervención arquitectónica que versa sobre el espacio expositivo el cual deja de ser un contenedor neutro para volverse parte del conflicto.
La obra opera sobre uno de los grandes mitos de la modernidad artística: el cubo blanco, ese espacio supuestamente puro, neutral, aislado del mundo.
Salcedo rompe esa ficción sin necesidad de estridencias.
Sobre los muros aparecen rejas apenas perceptibles, repetidas con mínimas variaciones, como una presencia insistente que incomoda más cuanto más silenciosa parece. La pieza remite tanto a dispositivos de encierro como a mecanismos de segregación urbana, social y política. Son paredes, pero también son barrotes. Protegen y aíslan. Contienen y expulsan. No terminan de ser una cosa ni la otra. De ahí su potencia.
Lo admirable en Salcedo es que nunca necesita subrayar el drama. No trabaja desde el golpe bajo, sino desde una densidad contenida, casi muda, que termina siendo todavía más perturbadora.
En Neither, esa tensión entre lo visible y lo casi invisible, entre refugio y encierro, convierte la experiencia del espectador en algo físico y mental a la vez. Uno no “mira” simplemente la obra: la atraviesa como quien entra en un lugar donde algo no cicatrizó del todo.
Y ahí está su fuerza. Salcedo no decora el dolor, no lo estetiza para volverlo cómodo. Lo deja latente en la materia, en la arquitectura, en el aire.
En Inhotim, su obra funciona como una pausa severa dentro del recorrido con menos deslumbramiento, más conciencia. Y eso, en tiempos de tanta instalación inflada y tan poca verdad, ya es muchísimo y por cierto nos conduce a la reflexión.
