Devatá

Esta figura femenina tallada en madera la compré en Angkor Wat, Camboya, casi en un arrebato, como si la pieza hubiera decidido acompañarme antes de que yo terminara de entenderla.

Es una devatá, una de las guardianas espirituales que custodian los muros del gran templo camboyano.

Su serenidad es la misma que se respira al caminar entre las piedras milenarias: ese silencio que no pesa, que más bien abraza.

Tallada con la delicadeza tradicional del arte jemer, la pieza reproduce el canon clásico de las mujeres celestes de Angkor: el rostro apacible, el gesto contenido, el tocado monumental que parece coronar una energía antigua. Nada sobra. Cada pliegue del sampot, cada flor en el mukuta, cada curva del cuerpo transmite la misma armonía que hizo célebre al imperio jemer.

La adquirí porque no pude resistirme a esa mezcla de fuerza y quietud que irradian las devatás. Algo de su espíritu seductor, etéreo y protector me alcanzó de golpe. Sentí que traérmela era traer conmigo un fragmento de ese mundo suspendido, donde la espiritualidad no se declama: se esculpe.

Hoy forma parte de mi colección como un recordatorio de ese instante. Una pieza que no busca imponerse, pero que, cuando la mirás, te devuelve el eco distante de Angkor: una belleza que sabe permanecer.


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