Montevideo, Uruguay.
El orden que desestabiliza
Otra de las muestras temporales que ocupan actualmente las salas del Museo Nacional de Artes Visuales es “Pensar el tiempo y las cosas”, dedicada a Daniel Gallo (Las Piedras, Canelones, 1948).
La exposición reúne pinturas, relieves objetuales e instalaciones realizadas desde los años setenta hasta la actualidad y permite ingresar, literalmente, en el particular universo del artista.
El ámbito en el cual habita cada creador es único y muchas veces sorprendente. Podremos estar de acuerdo o no con una determinada propuesta, pero cuando un artista nos invita a transitar por su cosmovisión de vida resulta difícil negarse a seguir su bitácora.
En este caso, además, la curaduría —a cargo de Roxana Fabius, María Eugenia Grau y María Eugenia Méndez— ha entendido perfectamente la necesidad de aislar ese universo.
La exposición ocupa un espacio de la planta alta que no deja de ser un corredor. Sin embargo, mediante una resolución museográfica tan sencilla como efectiva, ha sido transformado en un ámbito autónomo al cual se accede atravesando uno de los dos grandes “portales” construidos en sus extremos.
Uno permite entrar; el otro, salir o como prefiera cada espectador.
Más allá de delimitar físicamente la exposición y protegerla de la contaminación visual producida por las restantes muestras del museo, estos portales funcionan como una declaración conceptual ya que atravesarlos significa ingresar al mundo de Daniel Gallo.
El imperio del orden
Y ese mundo tiene sus propias leyes donde se aloja el imperio del orden.
Pulcritud, geometría, precisión, silencio y color definen buena parte de su producción.
Con una exquisita perfección visual, Gallo transforma herramientas destinadas a reparar, medir, construir o facilitar la creación de otras cosas, así como diversos objetos provenientes del trabajo manual, en piezas de marcado tenor conceptual.
Relojes, lápices, brochas y herramientas abandonan momentáneamente su función habitual, pero no pierden completamente su memoria utilitaria. Continúan siendo reconocibles mientras ingresan en otro sistema de relaciones.
Gallo los ordena, los reproduce, los multiplica o los enfrenta a su propia representación. El objeto deja entonces de ser solamente una cosa para convertirse en interrogante.
Su obra revela una personalidad extremadamente prolija, meticulosa, escrupulosa y perfeccionista. Nada parece librado al azar. Cada elemento ocupa exactamente el sitio que le corresponde dentro de un orden casi inmaculado.
Pero sería un error considerar esa perfección únicamente como una demostración de virtuosismo.
Es precisamente allí donde comienza el conflicto.
Ese orden milimétrico que inicialmente tranquiliza nuestra mirada termina desestabilizándola. Hay algo latente detrás de semejante perfección, como si Gallo construyera un engranaje ideal cuya exactitud resultara imposible de trasladar completamente a la vida. El orden se vuelve entonces tensión.
El taller como extensión de la obra
He tenido la oportunidad de visitar su taller en Las Piedras y esa experiencia permite comprender mucho mejor lo que vemos ahora en el museo.
Más que un taller convencional, su espacio de trabajo recuerda por momentos una mesa de cirugía donde cada elemento está perfectamente colocado, cada herramienta en su sitio y todo sometido a un orden casi sepulcral.
No existe una frontera demasiado clara entre ese ámbito y sus obras.
La filosofía que las determina parece prolongarse en su manera de trabajar y de relacionarse con los objetos. En Gallo, el orden no constituye solamente una solución formal, más bien parece ser una filosofía de vida.
Arquitecturas para la mirada
En sus obras de los años setenta aparecen espacios arquitectónicos vacíos atravesados por impulsos direccionales. Pisos en damero, perspectivas forzadas, flechas y geometrías rigurosamente controladas conducen nuestra mirada hacia lugares que muchas veces no sabemos exactamente dónde terminan.
El vacío adquiere entonces un papel protagónico.
Son escenarios silenciosos que pueden remitirnos, inevitablemente, a ciertos territorios de la pintura metafísica y particularmente a las arquitecturas de Giorgio de Chirico. Pero mientras en De Chirico la luz y las sombras construyen espacios cargados de misterio psicológico, Gallo desarrolla ámbitos contenidos, silenciosos y sometidos a una neutralidad mucho más analítica.
La perspectiva le permite construir arquitecturas que pueden ser recorridas visualmente. Las flechas indican caminos, pero no necesariamente respuestas.
Sus obras terminan funcionando como enormes tableros de ajedrez en los cuales el artista parece invitarnos a decidir nuestra próxima jugada.
Herramientas que dejan de obedecer
Existe además otra tensión particularmente interesante.
Muchas de las herramientas incorporadas por Gallo provienen de oficios tradicionalmente asociados al universo masculino. Martillos, reglas, brochas y otros instrumentos aparecen despojados de cualquier rastro de esfuerzo físico.
Esa herramientas están impecables y en ellas no hay suciedad, desgaste ni evidencia del trabajo. Y eso genera tensión.
Y esa falta de uso forma parte esencial de la tensión continua que reina en su propuesta. Son objetos concebidos para actuar sobre la materia que, paradójicamente, permanecen suspendidos en una absoluta quietud.
Podríamos pensar incluso que Gallo nos facilita las herramientas para que cada espectador construya su propia obra. Las dispone ante nosotros, pero no las utiliza y somos nosotros quienes debemos activar mentalmente sus posibles funciones, imaginar acciones y establecer relaciones.
El artista entrega los instrumentos, pero nos deja la tarea.
Y dentro de ese universo obsesivamente ordenado aparecen hasta cepillos capaces de limpiar el eventual desorden que nosotros mismos pudiéramos generar. Hay allí una ironía particularmente eficaz ya que Gallo parece prever incluso las consecuencias de nuestra intromisión en su mundo.
Nada puede quedar fuera de lugar.
Las herramientas conservan así su identidad y la memoria de aquello para lo cual fueron creadas, pero al ingresar en las composiciones dejan parcialmente de obedecer a su función original. Pasan a formar parte de otro sistema, donde el uso ha sido reemplazado por la posibilidad del uso.
Surge entonces una tensión entre lo racional y lo poético, lo útil y lo absurdo, la acción y la inmovilidad, el orden y la amenaza permanente del desorden.
Al ingresar en sus composiciones dejan parcialmente de obedecer a la función para la cual fueron creados. Conservan su identidad, pero pasan a formar parte de otro sistema.
Surge así una tensión entre lo racional y lo poético, lo útil y lo absurdo, la función y la contemplación.
Y aparece también el humor.
No es un humor estridente, sino sutil y ligeramente incómodo. Alfredo Torres definió acertadamente esta particular condición de la obra de Gallo como un “absurdo candoroso”.
En algunas piezas el artista presenta incluso el objeto junto a la reproducción de su propia forma, construyendo una ilusión visual mediante materialidades diferentes. Juega con nuestra percepción, aunque nunca pretende engañarnos verdaderamente acerca de la naturaleza de aquello que estamos mirando.
Sabemos qué es real y qué es representación.
Y justamente por saberlo comienza el juego.
Pensar el tiempo
Pero detrás de herramientas, perspectivas, objetos y geometrías existe una preocupación que atraviesa buena parte de la producción de Gallo como es el tiempo.
Cada herramienta implica un hacer.
Y todo hacer necesita tiempo.
Medir, cortar, pintar, construir, reparar, dibujar y detrás de cada objeto seleccionado existe una acción potencial y, detrás de ella, una duración.
Sin embargo, paradójicamente, en sus obras nada parece suceder.
Todo está detenido.
Los objetos permanecen suspendidos en un presente impecable, como si hubieran sido retirados de la circulación cotidiana y colocados en una dimensión donde el tiempo ya no pudiera deteriorarlos.
Esta obsesión por la medición, el instrumento, la perspectiva y el transcurrir puede conducirnos incluso hacia Leonardo da Vinci, atento como pocos artistas a los mecanismos, las proporciones, las mediciones y al deseo humano de comprender racionalmente aquello que lo rodea.
Pero Gallo introduce otra paradoja pues utiliza instrumentos relacionados con la acción para construir escenarios dominados por la quietud.
Rojo, blanco y negro
El color constituye otro elemento determinante.
La presencia reiterada del rojo captura inmediatamente nuestra mirada. Frente a blancos y negros que estructuran y delimitan el campo visual, el rojo irrumpe, señala, advierte y conduce.
Nada parece casual.
Cada color forma parte de ese complejo engranaje mediante el cual Gallo organiza nuestra percepción.
Cada pieza puede entonces retenernos durante largo rato. Frente a algunas intentaremos elaborar interpretaciones; ante otras quizás sea mejor abandonar momentáneamente cualquier pretensión racional y permitir que sea la propia obra la que conduzca nuestra mirada.
Porque debajo de esa apariencia absolutamente controlada permanece siempre una pequeña fisura.
Y es precisamente por allí donde entra la poesía.
“Pensar el tiempo y las cosas” es una muestra que requiere lentitud. No funciona adecuadamente con la mirada apresurada que tantas veces imponemos a los museos. Hay que detenerse, observar las relaciones, recorrer perspectivas, seguir flechas y aceptar el extraño silencio de esos objetos perfectos.
La curaduría comprendió esa necesidad y construyó un ámbito capaz de contenerla.
Atravesamos un portal y entramos al mundo de Daniel Gallo.
Todo está limpio.
Todo está ordenado.
Todo parece encontrarse exactamente donde debería estar.
Y, sin embargo, después de unos minutos comenzamos a sospechar que algo no encaja.
Y allí empieza verdaderamente su obra.
Daniel Gallo — “Pensar el tiempo y las cosas”
Museo Nacional de Artes Visuales
5 de agosto de 2026 – 28 de febrero de 2027
Curaduría: Roxana Fabius, María Eugenia Grau y María Eugenia Méndez.
Montaje: Lucía Silva
