Custodiar lo invisible
La compré en un remate en Montevideo.
Nada de tienda piadosa ni souvenir devocional: remate, polvo, lote perdido.
Y sin embargo, esta pieza habla claro.
Se trata de una bolsa de corporales / porta hostia, bordada en terciopelo verde con hilos metálicos dorados, realizada para guardar la Hostia Consagrada.
Esta pieza no decoraba: servía.
Pasó por manos de sacerdotes, sacristanes, procesiones y silencios.
La cruz central radiada organiza toda la composición. Alrededor, roleos vegetales y hojas estilizadas construyen un marco de simetría rigurosa, casi arquitectónica.
En ella no hay exceso: hay orden, jerarquía y oficio.
El bordado en realce, denso y preciso, remite a talleres eclesiásticos europeos —probablemente España o Italia, siglo XIX o comienzos del XX— donde el oro no era lujo sino lenguaje litúrgico.
Que haya aparecido en Montevideo no sorprende. Iglesias, conventos y capillas se vaciaron, se mudaron o cerraron. Lo sagrado también entra en circulación. Algunas piezas se pierden; otras encuentran otro destino.
Hoy, luego de hacerla enmarcar, esta bolsa ya no guarda la Eucaristía.
Guarda algo igual de frágil y poderoso: la memoria de una fe hecha materia, hilo por hilo.
