Tiradentes, cuando el viaje continúa en los objetos
Viajar por Minas Gerais tiene algo particular ya que uno puede creer que está recorriendo ciudades y, de pronto, descubre que también está recorriendo imaginarios.
Tiradentes es uno de esos lugares.
Entre su arquitectura colonial, sus calles de piedra, iglesias, talleres y pequeños espacios dedicados al arte y la artesanía, aparece un Brasil que se resiste a quedar reducido a la postal.
Fue allí donde encontré y adquirí dos pequeñas obras de Tâmara Sardinha. En aquel momento me atrajeron por lo inmediato como el color, la combinación de materiales, el carácter casi lúdico de esos objetos que parecen situarse cómodamente entre la pintura, el collage y la artesanía.
Hoy, al incorporarlas al relevamiento de mi colección, descubro que detrás de ellas existe una trayectoria artística mucho más extensa.
Tâmara Sardinha nació en 1956 en Carolina, al sur del estado de Maranhão. A los ocho años se trasladó con su familia a Belo Horizonte, ciudad que resultaría decisiva en su formación. Durante la adolescencia comenzó a vincularse intensamente con el arte; realizó estudios técnicos de dibujo publicitario en el Colégio Champagnat y posteriormente cursó algunos años en la Escola de Belas Artes de la Universidade Federal de Minas Gerais (UFMG), aunque no llegó a graduarse.
Su recorrido profesional también ayuda a comprender la singularidad de estas piezas. Trabajó durante quince años como diseñadora gráfica e ilustradora y realizó cursos de serigrafía, figurín, historia del arte, decoración y música. Participó en numerosas exposiciones individuales y colectivas y en diez Salones Nacionales de Arte, obteniendo tres premios en la categoría dibujo. Durante las décadas de 1970 y 1980 trabajó principalmente con plumilla, ecoline y tinta china; posteriormente la pintura amplió su territorio y comenzaron a aparecer costuras, tejidos, collages y diferentes soportes.
Y es precisamente allí donde mis dos obras encuentran su contexto.
Una de ellas, “Pimentón”, de 20 × 20 × 4 cm, está construida a partir de campos geométricos de colores intensos: turquesa, magenta, amarillo, azul, violeta.
Fragmentos textiles y motivos vegetales interrumpen y enriquecen esa cuadrícula. En el centro, un ají rojo abandona la representación para convertirse en presencia donde al sobresalir del plano, proyecta su sombra y transforma la pintura en objeto.
La segunda, “Mono con frutas”, de 30 × 30 × 4 cm, presenta una estructura igualmente frontal. Dos manzanas enfrentadas acompañan una figura antropomorfa central, de cierto carácter totémico, mientras otro pequeño elemento tridimensional ocupa la zona inferior.
Aquí la simetría produce algo diferente: pues detrás de la vivacidad cromática aparece una dimensión ritual, un pequeño universo de asociaciones que no termina de explicarse y, justamente por eso, mantiene activa nuestra mirada.
Ambas están firmadas por Tâmara Sardinha sobre la propia tela.
Lo interesante es comprobar que aquello que podía parecer una solución circunstancial pertenece, en realidad, al vocabulario sostenido de la artista.
Sardinha trabaja con animales, plantas y seres reales o imaginarios; sus imágenes han ido adquiriendo volumen hasta convertirse en objetos palpables incorporados a las telas. Colores, texturas, patrones geométricos, trazados, puntos y costuras forman parte recurrente de ese lenguaje. En su exposición “Seres”, presentada en 2022 en el Centro Cultural UFMG, esa convivencia entre pintura, objeto y criaturas imaginarias ocupaba precisamente el centro de su propuesta.
Hay además una reflexión de la propia artista que resulta fundamental para mirar estas obras. Sardinha ha explicado que, en lugar de aceptar necesariamente la tela tradicional tensada sobre un bastidor como territorio de la pintura, comenzó a trabajar pequeñas superficies de tejido individualmente para después reunirlas como un mosaico.
La pregunta que surge —¿pintura o collage?— parece interesarle menos que la posibilidad de habitar ese territorio intermedio que permite el arte contemporáneo.
Ese dato modifica también mi primera percepción de las piezas.
¿Artesanía? ¿Pintura? ¿Collage? ¿Objeto?
Probablemente un poco de todo, y allí reside buena parte de su interés.
No reniegan de la tradición artesanal brasileña ni de la potencia decorativa del tejido, pero tampoco se quedan en ella. Sardinha introduce el objeto cotidiano, altera el plano, mezcla procedimientos y construye pequeñas escenas donde lo popular convive con una concepción inequívocamente contemporánea del hacer artístico.
Incluso sus figuras han sufrido una transformación interesante a lo largo del tiempo. Según la documentación del Centro Cultural UFMG, aquellos seres inicialmente cercanos a pequeños humanoides fueron perdiendo brazos y piernas y aproximándose a formas de troncos, urnas, cápsulas y pequeños tótems. Con el tiempo adquirieron mayor volumen y dimensiones.
Eso permite mirar nuevamente la figura central de una de mis piezas. No necesito identificarla con precisión. Me interesa más su condición de ser: mitad figura, mitad símbolo, mitad objeto —si se me permite que aquí las mitades sean tres—. Esa ambigüedad es justamente parte del universo de Sardinha.
Y entonces sucede algo que me interesa especialmente de una colección formada también a través de los viajes.
Uno compra una obra porque algo detiene la mirada. A veces conoce perfectamente al artista; otras, la elección antecede al conocimiento. Primero aparece el encuentro y después comienza la investigación.
Estas dos pequeñas obras llegaron desde Tiradentes por esa vía. Hoy, al volver sobre ellas, dejan de ser solamente el recuerdo material de un viaje por Minas Gerais. Se incorporan a otro mapa, el de una artista nacida en Maranhão, formada en Belo Horizonte y capaz de atravesar durante décadas dibujo, pintura, diseño, tejido, costura, collage y objeto sin necesidad de respetar demasiado las fronteras entre unos y otros.
Quizás allí radique también uno de los placeres de coleccionar durante un viaje donde regresamos con un objeto bajo el brazo, pero su verdadera historia puede comenzar mucho después de haber vuelto a casa.
Y a partir de ubicarlos en nuestro repertorio artístico comienza otra historia y yo feliz de albergarlas.




