San Carlos, Maldonado.
Cerro Timbó: arte, amistad y viento en estado puro
Regresar a Cerro Timbó siempre es una gran satisfacción no solo por las características del lugar sino por la gran calidez del dueño de casa Carlos Abboud quien siempre pone la mejor de las ondas para recibir a sus invitados.
A pesar de su dedicación laboral a su emprendimiento de mermeladas y el resto de sus actividades sociales y culturales, Carlos siempre está dispuesto para ceder tiempo para sus amigos.
En esta oportunidad el grupo de afortunados estaba compuesto por 10 invitados entre los cuales había músicos y artistas de diferentes nacionalidades.
La cita fue a las 17.30 hs y luego de una introducción Carlos nos guió para poder visitar todas las esculturas dispersas en su chacra paseo que también incluyó la visita a la planta procesadora de mermeladas que ya comienzan a ser comercializadas en el mercado local, donde un creativo jardín diseñado por la paisajista Patricia Malmierca.
Visitar Cerro Timbó no es una excursión es una confirmación. La confirmación de que todavía existen proyectos que no responden a planillas de Excel ni a comités curatoriales, sino al impulso vital de una persona.
Sobre la ruta 9, kilómetro 128, casi escondida entre la naturaleza generosa de San Carlos, la chacra de Carlos Abboud desciende en espiral desde su cima coronada por una casa de grandes ventanales diseñada por el arquitecto Edgardo Minond —premiada en la 11ª Bienal de Arquitectura SCA-CPAU—. Desde allí, la Laguna del Sauce se despliega como si fuera parte del mobiliario.
Abboud (Buenos Aires, 1947) llegó en 2006 y, como un pájaro paciente, fue construyendo su nido. Abogado de formación, empresario internacional de jugos naturales (Eurotrade Juice), mitad del año en París, mitad en Uruguay. Rondando los 80, proyecta más que muchos de 40. Y con mejor humor.
La consigna es clara: que el arte no grite
En 2013 convocó a quince amigos artistas. La consigna fue simple y radical: nada de competir con el paisaje, nada de grandilocuencia,
libertad total en materiales y diseño e integración absoluta con el entorno (viento, salitre y sierras incluidos).
El resultado fue un grupo de esculturas que aparecen como quien no quiere la cosa. Hay que buscarlas. El visitante camina y descubre.
Entre los convocados estuvieron figuras como Antonio Seguí, Luis Felipe Noé y Eduardo Stupía.
Seguí resolvió el desafío con un Superman-veleta giratorio, visible y humorístico, que se volvió casi emblema del cerro. Un superhéroe impulsado por el viento: metáfora involuntaria (o no tanto) del propio Abboud.
El viento como aliado
El viento aquí no molesta sino
que cumple con su función que consiste en trabajar.
Por eso no sorprende la presencia del japonés Susumu Shingu, maestro del arte cinético, ni del holandés Theo Jansen, creador de esas criaturas esqueléticas que caminan impulsadas por aire. Para recibirlas, Abboud movió piedra, niveló terreno y construyó contenedores. Si hay que hacerlo, se hace.
Nada allí es decorativo. Todo está pensado para dialogar con el paisaje.
Una nube que flota en Uruguay
Uno de los grandes aciertos es la obra de Leandro Erlich: una nube construida con cristales paralelos que flota en un recinto de piedra extraída del propio cerro.
La pieza, originalmente concebida para el mercado japonés, encontró destino final en estas sierras. El techo vidriado deja entrar la luz; el sonido de las piedras bajo los pies completa la experiencia. Es inmersión sin efectos especiales.
Uruguay tiene allí una obra mayor. Y no siempre somos conscientes de ello.
Arte sin etiqueta
El lugar es difícil de clasificar. No es parque de esculturas en sentido clásico. No es museo. No es colección institucional. Es otra cosa.
Hay obra de Ricardo Pascale, una pieza conjunta de Ana Tiscornia y Liliana Porter, trabajos de Nicola Costantino, pinturas de Nora Douady, de Virginie Isbell —compañera de vida de Abboud— y hasta una pintura singular de Pedro Figari llegada por azar.
Y como si fuera poco, un vagón de tren en medio de la chacra alberga reproducciones de esculturas cicládicas y piezas inspiradas en Mesopotamia. Un pequeño museo dentro del museo que no quiere ser museo.
La amistad como línea curatorial
No hay discurso académico, tampoco hay statement. La única línea curatorial es el afecto, aspecto que caracteriza a Carlos.
Los artistas se alojaron en la casa, compartieron cenas y conversaron las obras. Se vivió el proceso.
Abboud no está interesado en ocupar un lugar en el sistema ni en figurar en rankings.
Ahora también se dedica a reconvertir su tierra pedregosa en huertas, produciendo mermeladas y preparando la apertura parcial al público.
Porque en Cerro Timbó conviven el arte cinético, las nubes suspendidas y los frascos de fruta.
Y allí todo funciona, no por estrategia sino que por convicción.
