Cecilia Brugnini

Montevideo, Uruguay.

Un homenaje que llega a tiempo

Hay homenajes que llegan tarde. Cuando el artista ya no puede recorrer la sala, escuchar las palabras, reencontrarse con sus obras ni percibir que aquello que construyó durante toda una vida finalmente es reconocido.

El de Cecilia Brugnini, afortunadamente, llegó a tiempo.

“Romance entre el todo y la nada”, la exposición que ocupa un generoso espacio de la planta baja del Museo Nacional de Artes Visuales, constituye mucho más que una revisión antológica de su trayectoria. Es el reconocimiento necesario a una creadora que contribuyó decisivamente a colocar al arte textil uruguayo dentro de una órbita internacional y, al mismo tiempo, transformó nuestra manera de entender el tapiz.

Cecilia Brugnini nació en Montevideo en 1943 y se formó durante los años sesenta en el Hornsey College of Art de Londres, donde transitó por disciplinas tan diversas como la pintura, la cerámica, la escenografía y el trabajo con telas. A su regreso al Uruguay encontró un territorio donde prácticamente no existía una tradición consolidada de arte textil contemporáneo.
Y, en lugar de lamentarlo, se puso a inventarla.

Ese gesto resulta fundamental para comprender su obra.

Brugnini tomó técnicas de procedencia milenaria como el kilim y el gobelino, trabajadas mediante el telar de alto lizo, pero se negó a quedar prisionera de ellas. El conocimiento técnico fue para ella un punto de partida y nunca una frontera.

Su mente audaz, curiosa y profundamente creativa hizo el resto.

A lo largo de más de cinco décadas fue incorporando materiales, texturas, transparencias, brillos, lanas, telas, nudos, envolturas y superposiciones. Poco a poco, aquello que tradicionalmente debía permanecer disciplinadamente adherido al muro comenzó a rebelarse.

El tapiz quiso escapar de la pared.
Y Cecilia lo dejó.

Las superficies adquirieron volumen, aparecieron pliegues y caídas, las telas comenzaron a ocupar el espacio y finalmente llegaron esas esculturas blandas pobladas por una fauna fantástica de hadas, sirenas, faunos y criaturas difíciles de clasificar.

Es precisamente allí donde su producción adquiere una dimensión particularmente contemporánea. Brugnini comprendió tempranamente que las fronteras entre artesanía, arte, diseño, indumentaria y escultura podían ser atravesadas sin necesidad de pedir permiso.

Su obra pasó de una figuración de fuerte carácter narrativo a territorios cada vez más abstractos, sensoriales y teatrales. Pero nunca perdió algo esencial como lo es el placer de crear.

En Cecilia hay humor, ironía e irreverencia.
Y también una cierta voluntad de desacralizar las solemnidades que tantas veces rodean al mundo del arte.

Quienes hemos tenido la oportunidad de conocerla sabemos que una charla podía transformarse rápidamente en una pequeña clase magistral, aunque probablemente ella jamás hubiera aceptado llamarla así. Su inteligencia iba acompañada por una mirada irónica capaz de poner en cuestión convenciones, jerarquías y certezas.

Y esa misma actitud atravesó su tarea docente.

Por su taller pasaron varias generaciones de artistas. Algunos llegaban trabajando dentro de parámetros textiles tradicionales y salían de allí dispuestos a cometer todo tipo de irreverencias y eso no es poca cosa.

Un maestro no debería fabricar discípulos que lo imiten. Debería conseguir que se atrevan a traicionarlo.

Cecilia enseñó precisamente eso, a perderle el respeto a los límites sin perder el rigor del oficio.

La exposición reúne 22 obras realizadas entre fines de los años sesenta y la primera década de los 2000. La curaduría de Roxana Fabius, María Eugenia Grau y María Eugenia Méndez permite observar ese recorrido sin imponerle una cronología rígida, algo particularmente acertado para una producción que nunca fue lineal.

Las obras construyen entre sí una verdadera fiesta visual.

Colores, fibras, nudos, volúmenes, transparencias y formas parecen expandirse por la sala hasta crear un territorio propio. Por momentos uno deja de mirar tapices y comienza simplemente a ingresar en el universo de Brugnini.

Y allí ocurre algo hermoso pues hasta sentimos que podemos volar.

Pero detrás de esa exuberancia hay investigación y mucha.

La libertad de Cecilia nunca fue improvisación. Existe conocimiento técnico, experimentación material y una permanente voluntad de llevar cada procedimiento un poco más lejos. Esa combinación explica por qué su trabajo consiguió trascender las categorías tradicionales del arte textil.

Su trayectoria internacional, con participación en más de doscientas exposiciones, y el Premio Figari recibido en 1999 confirman una dimensión de su carrera que esta muestra permite reconsiderar desde el presente.

Pero quizás el legado más importante sea otro.

Cecilia abrió una puerta.
Después llegaron muchos.

Hoy atraviesa una situación de salud que limita considerablemente su vínculo con el entorno. Sin embargo, pudo estar presente en la inauguración de esta exposición.

Y esa imagen modifica inevitablemente nuestra percepción del homenaje.

Porque los reconocimientos verdaderamente importantes deberían producirse cuando todavía existe la posibilidad del encuentro.
Cuando podemos mirar al artista, cuando podemos agradecerle y cuando todavía podemos decirle: esto que hiciste importó.

“Romance entre el todo y la nada” hace precisamente eso.

No clausura una trayectoria ni pretende convertirla en monumento. Por el contrario, devuelve al presente una obra inquieta, experimental, divertida y sorprendentemente libre.

Cecilia Brugnini ayudó a transformar el arte textil uruguayo y enseñó a varias generaciones que conocer profundamente una técnica también puede servir para tener el coraje de desobedecerla.

El Museo Nacional de Artes Visuales hoy celebra su obra.

Y esta vez, felizmente, el homenaje llegó a tiempo.


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