Carmela Piñón en el MAPI

Montevideo, Uruguay.


Jeike al Monte Nativo

Un ingreso al paisaje que olvidamos

La muestra que Carmela Piñón (Montevideo, 1985) presenta en el Museo de Arte Precolombino e Indígena da cuenta de un momento de consolidación dentro de una línea de investigación que la artista desarrolla desde hace algunos años.

Un acontecimiento familiar la llevó a estrechar vínculos con el ámbito rural y, a partir de esa experiencia, comenzó un proceso de inmersión en el monte nativo uruguayo. La palabra “jeike”, que en guaraní significa ingresar o adentrarse, resume con precisión el camino recorrido por la artista, tanto física como conceptualmente.

Recorrer el monte supone abrirse paso entre espinas, ramas y senderos inciertos. Es un territorio tan seductor como hostil, donde cada árbol, cada liquen, cada hongo y cada ave forman parte de un delicado sistema de relaciones que el ser humano ha ido debilitando con el paso del tiempo.

Con la llegada de los europeos no sólo arribaron nuevas culturas. También desembarcaron especies vegetales provenientes principalmente del Mediterráneo con el propósito de recrear un paisaje semejante al que los inmigrantes habían dejado atrás. Ese proceso modificó profundamente nuestro entorno natural, desplazando gran parte de la flora autóctona que caracterizaba los montes ribereños, refugio indispensable para innumerables especies animales.

La posterior expansión agrícola aceleró esa transformación. Los montes fueron desmontados para dar lugar a praderas artificiales y explotaciones productivas, alterando un equilibrio ecológico construido durante siglos y provocando la desaparición de numerosas especies.

Ese proceso de sustitución también tuvo su correlato en la historia del arte uruguayo. Los constantes viajes de nuestros pintores a Europa durante la primera mitad del siglo XX, sumados al influjo del arte moderno, contribuyeron a invisibilizar buena parte del paisaje autóctono. En numerosas pinturas comenzaron a predominar árboles y especies importadas, como puede apreciarse en buena parte de la producción de Pedro Blanes Viale o Manuel Rosé.

En las últimas décadas, la revisión crítica del pasado colonial ha impulsado nuevas lecturas sobre la identidad del territorio. El rescate de los pueblos originarios y de saberes históricamente relegados también ha encontrado eco en las artes visuales. Dentro de ese contexto se inscribe la investigación de Carmela Piñón.

Distribuida en las tres salas principales del segundo piso del MAPI, Jeike. Monte Nativo propone un recorrido inmersivo.

La primera sala recrea el ambiente del monte mediante paredes pintadas de verde, sonidos de aves y una serie de grandes telas donde la artista construye una pintura envolvente que invita a disminuir el ritmo y dejar que la mirada se adapte lentamente a ese universo vegetal.

La segunda sala presenta uno de los núcleos simbólicos de la exposición: El ceibo de Anahí, inspirado en la leyenda guaraní según la cual la joven indígena, condenada a morir atada al árbol, renace convertida en las flores rojas del ceibo. Detrás de un gran panel perforado permanecen ocultas distintas aves, insectos y especies vegetales que sólo pueden descubrirse observando a través de pequeños orificios. La artista propone así un ejercicio de contemplación que exige tiempo, paciencia y atención, tal como sucede dentro del propio monte.

Quizá esta sala hubiera alcanzado una mayor intensidad visual si sus paredes hubieran sido pintadas de negro. Ese recurso habría acentuado el carácter de descubrimiento, reforzando el contraste entre la oscuridad del monte y la aparición gradual de las especies ocultas, potenciando así la experiencia inmersiva que la obra propone.

La tercera sala presenta quizá la obra más ambiciosa del conjunto. Sobre un amplio muro blanco, Piñón dibuja con carbonilla elaborada por ella misma —a partir de ramas del monte previamente carbonizadas— el esqueleto monumental de un árbol muerto. La imagen se complementa con pequeños signos realizados con esos mismos fragmentos de ramas, conformando una suerte de escritura orgánica o jeroglífico natural cuya lectura queda abierta a cada visitante.

Lejos de entender la muerte del árbol como un final, la obra recuerda que en el monte todo continúa transformándose. Un tronco caído sigue siendo alimento, refugio y soporte para nuevas formas de vida.

Más allá de la calidad pictórica de las obras, uno de los mayores logros de la exposición reside en haber expandido la práctica de Carmela Piñón hacia un lenguaje instalativo donde pintura, sonido, espacio y participación del espectador conforman una experiencia unificada.

Jeike al Monte Nativo no busca ilustrar la naturaleza. Invita a restablecer un vínculo con un paisaje que durante demasiado tiempo permaneció invisibilizado por la historia, por la producción agropecuaria e incluso por la propia tradición artística nacional.

Esta exposición confirma un momento de madurez en la trayectoria de Carmela Piñón y abre un camino de enorme proyección. Más que representar el monte, la artista consigue que el visitante sienta la necesidad de ingresar en él y permanecer allí el tiempo suficiente para comprender que, en realidad, nunca dejamos de formar parte de ese entramado vivo.

La curaduría de la exposición está a cargo de Catalina Bunge, quien articula un recorrido coherente con la investigación desarrollada por la artista, proponiendo una experiencia que privilegia el tiempo de observación, el descubrimiento y la reflexión sobre el monte nativo como un ecosistema vivo.


Publicado

en

por