Viñedos de La Tahona, Canelones.
Caléndula, un regalo al alma
Hoy, nuevamente convocados por Draupadi Santiago bajo su programa “Herbario del alma”, nos reunimos en su taller para experimentar con la acuarela.
Esta vez, la protagonista fue la caléndula (Calendula officinalis), flor luminosa y resistente a la que intentamos dar vida con nuestros pinceles mientras fuimos conociendo sus características, propiedades y simbolismos.
La caléndula sigue el ritmo del sol. Se abre a su luz y, simbólicamente, nos habla de vitalidad, renovación y confianza en nuestra propia capacidad de volver a florecer.
Su arquetipo es La Sanadora.
Y quizás allí esté una de las ideas más bellas que acompañaron el encuentro pues sanar no necesariamente significa regresar a quienes éramos, sino integrar lo vivido y permitir que algo nuevo nazca de esa experiencia.
Además de su dimensión simbólica, la caléndula es tradicionalmente apreciada por sus propiedades antiinflamatorias, calmantes y regeneradoras de la piel. Pero en el taller su presencia fue más allá de lo botánico y se convirtió en motivo de observación, contemplación y creación.
Desde las 10 de la mañana y durante tres horas, después de un ejercicio de meditación y respiración acompañado por el sonido de los cuencos tibetanos, fuimos entrando lentamente en otro ritmo. El de mirar, escuchar, conversar, pintar y compartir.
Los pinceles comenzaron entonces a buscar formas, transparencias y colores. Cada uno interpretó su propia caléndula, mientras la música acompañaba el proceso y un variado brunch, atendido por Lourdes, quien trabaja junto a Draupadi y está siempre pendiente de cada detalle, terminaba de construir ese clima de hospitalidad.
Para mí, el resultado de la pintura termina siendo casi un complemento.
Lo verdaderamente valioso es todo lo que sucede alrededor de ella consistente en el encuentro, la conversación, la música, la concentración, los silencios, el placer de pintar sin otra exigencia que experimentar y esas horas durante las cuales parece suspenderse el ritmo cotidiano.
Yo lo tomo como un regalo al alma.
A la finalización del taller nos fuimos con cierto pesar. Había llegado el momento inevitable de abandonar aquel pequeño paréntesis y regresar al mundo real.
Me quedó resonando el mantra de la jornada:
“La luz habita en mí. Confío en mi capacidad de sanar, renovarme y volver a florecer.”
Tal vez eso sea también pintar una caléndula, detenerse unas horas frente a una flor para descubrir que, mientras intentamos representarla, algo de su vitalidad termina quedándose con nosotros.
Gracias, Draupadi, por tu tiempo, tu generosidad y por volver a abrirnos las puertas de tu taller.
