Buey OX

Hay objetos que uno incorpora a la colección. Y hay otros —los menos— que se instalan con una carga afectiva que los vuelve irreemplazables.

Este pequeño buey de barro, de patas firmes y cuerpo texturado, no pretende ser arqueología ni necesita disfrazarse de antigüedad. Es, más bien, una relectura contemporánea de aquellas formas esenciales que México modeló hace siglos con volumen, síntesis y carácter.

Aquí, el gesto es claro —directo—, sin ornamentos innecesarios. El esmalte verde en la cabeza irrumpe como un guiño actual, casi lúdico, aunque el original es igual, que rompe la rusticidad del cuerpo y le da un pulso propio.

No es casual pues vi un ejemplar idéntico en el Museo de Arte Popular de Ciudad de México, identificado como un Buey (ox) de barro vidriado, originario de Atzompa, Oaxaca, perteneciente a la colección AAMAP, A.C.
Esa coincidencia no le resta singularidad; al contrario, la inscribe en una tradición viva donde la forma circula, se repite y se resignifica.

La pieza se apoya, con bastante claridad, en las formas de la cultura de Colima (300 a.C. – 300 d.C.), célebre por sus figuras cerámicas de animales con cuerpos compactos, volúmenes rotundos, patas sólidas y una síntesis expresiva que prescinde del detalle para afirmar presencia.
Aquellas piezas —muchas veces vinculadas a contextos funerarios— no buscaban representar con fidelidad, sino condensar una energía vital. Algo de ese impulso persiste aquí, aunque filtrado por la tradición oaxaqueña de Atzompa, reconocible por su característico vidriado verde.

Incluso el pequeño hueco en su lomo —detalle que podría pasar desapercibido— revela su inteligencia material. Pudo haber sido concebido como respiradero durante la cocción, como entrada de aire para funcionar como silbato, o bien como un discreto receptáculo para una flor, una ramita o una vela.
No define una única función, y ahí radica su encanto puesto que introduce el vacío como parte activa de la forma.

Pero lo que verdaderamente la distingue no está en su factura sino en su origen ya que me la obsequió mi hijo Valentín. Y eso desplaza cualquier análisis técnico. La pieza deja de ser objeto para convertirse en presencia.

Hoy pasta —sí, pasta— junto a otras figuras afines. Y en ese pequeño rebaño doméstico, silencioso y obstinado, encuentra su lugar sin pedir permiso. Como ocurre con las cosas que importan de verdad.

Hay algo profundamente justo en eso cuando el arte, incluso en su forma más simple, continúa siendo también un acto de afecto.


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