Buda tailandés

Esta cabeza de buda en madera tallada a mano la compré en Tailandia, pero en realidad me eligió ella. Cómo me suele ocurrir.

Fue en un camino lateral, lejos del templo pulido y del souvenir obediente. El calor no daba tregua y la madera olía a selva vieja.

Estaba ahí, quieta, pesada, con esa sonrisa mínima que no seduce pero que nos observa.
No pedía nada. No prometía paz instantánea. Simplemente estaba.

La levanté y entendí dos cosas al mismo tiempo: que no era liviana —ni física ni simbólicamente—
y que iba a viajar conmigo, aunque no supiera todavía cómo explicarlo en la aduana ni en casa.

La cabeza de Buda, tallada en madera dura, venía de otra vida: altar, templo menor, rincón de oración. Había visto humo, manos juntas, silencios largos. Nada de iluminación exprés. Tiempo, mucho tiempo. Por eso pesa.

En Tailandia aprendés rápido que el budismo no es decoración ni mantra de Instagram. Es disciplina, repetición, renuncia. Esa ushnisha en forma de llama no es ornamento: es una idea fija. Y esa sonrisa leve —ni feliz ni triste— es la más honesta que conozco.
Es mi Buda Gioconda.

La envolví como pude. La cargué. La sufrí. La traje.
Y ahora está acá, lejos de su origen, pero intacta. No perdió nada en el viaje. Al contrario: suma historias.

La intervine con un collar de la artista brasileña Eva Soban que compré en São Paulo, y entre ambas lograron un constante diálogo.

De Eva Soban cabe decir que es una destacada artista de origen eslavo radicada en Brasil, considerada una figura fundamental del arte textil contemporáneo.
Su trabajo se caracteriza por la experimentación con fibras y materiales innovadores que aportan plasticidad, volumen y texturas tridimensionales a las superficies textiles.
En sus piezas utiliza nudos, cuerdas y mezclas de hilos para crear relieves profundos que trascienden el plano bidimensional.

Esta cabeza de Buda intervenida no es un objeto exótico.
Es un recuerdo que no habla, pero sabe.


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