Un viaje al corazón del barro y a la poesía silenciosa de Minas Gerais
Manejé 600 kilómetros para llegar a Diamantina, en Minas Gerais, con un solo propósito: encontrar el taller donde nacen estas mujeres de barro.
Allí, en el corazón del Vale do Jequitinhonha, se levanta el legendario taller de Isabel de Jesus Acunha, una de las grandes maestras de la cerámica brasileña.
Sus manos —y las de sus hijas, nietas y sucesoras— continúan modelando una tradición que atraviesa generaciones y que hoy es uno de los pilares del arte popular del Brasil profundo.
En esa visita compré cuatro piezas que viajaron conmigo en el equipaje de mano. La quinta la sumé después, en São Paulo, cuando ya sabía perfectamente lo que estaba buscando: la fuerza femenina del barro, esa mezcla de sensualidad, carácter y silencio que solo las bonecas del valle transmiten.
Estas mujeres de cerámica tienen cuerpos altos, formas rotundas, una presencia vertical que impone. Sostienen ramilletes de flores con manos pequeñas y delicadas, pero lo contundente es el rostro: ojos abiertos, cejas marcadas, labios gruesos y carnosos, casi provocadores.
No son figuras ingenuas; son mujeres que saben. Mujeres que miran de frente. Mujeres que no piden permiso.
La tradición del Jequitinhonha trabaja con el barro local, amasado y modelado a mano, pulido con piedra y pintado con pigmentos minerales en tonos blancos, ocres y terracotas.
Los vestidos de mis bonecas muestran patrones florales o geométricos, trabajados con la paciencia milenaria que define a las artesanas del valle.
Cada una de ellas es un retrato simbólico de la mujer del sertão mineiro: resistente, silenciosa, obstinada, guardiana de un mundo que, sin ellas, se desvanecería.
De todas las piezas, la novia ocupa un lugar central. Vestida enteramente de blanco, floreada, solemne, lleva un ramo como quien carga un destino.
La figura de la novia es icónica en el valle: representa la esperanza en medio de la sequía, un ritual de fe en una tierra marcada por la aridez.
Fue natural entonces que, al reunir mis bonecas, apareciera la instalación: la novia al frente, en un altar improvisado, y detrás la corte de amigas, todas erguidas, todas esperando.
Esperando a un novio que nunca llega.
Y quizás nunca llegó para ninguna de ellas.
La imagen, lejos de ser triste, es de una potencia enorme: la mujer como núcleo, como eje, como centro de la escena. La ausencia del novio no resta, multiplica. Y esas miradas, esos labios, ese barro convertido en gesto, generan un clima casi ceremonial.
Mis bonecas forman un coro. Una comunidad. Un secreto compartido.
El libro Noivas da Seca – Cerâmica Popular do Vale do Jequitinhonha, que también traje conmigo, contextualiza a la perfección este universo.
La publicación repasa la historia de estas mujeres artesanas, su vínculo con la tierra, el rol del matrimonio simbólico en el imaginario popular y la iconografía de la novia como figura mítica del Nordeste y del sertão mineiro.
Mis bonecas no son simples objetos artesanales: son parte de una tradición que convierte la dureza de la sequía en poesía.
Una estética nacida del barro, de la resistencia y de la capacidad de transformar la adversidad en belleza.
Cuando las miro alineadas y ellas me miran a mi, sé que ese viaje de 600 km no fue un desvío: fue un regreso. Una manera de abrazar un linaje que sigue vivo en las manos de estas mujeres.
Y ahora, también, en las mías.

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