Relatos de objetos que han viajado
No colecciono cosas.
Colecciono trayectorias.
Cada objeto que entra a mi casa ya vivió otra vida: pasó de mano en mano, cruzó rutas polvorientas, ferias, talleres. Llega con marcas, con memoria. No llega limpio ni mudo. Llega cargado.
Las bonecas de Caruarú que habitan este espacio fueron realizadas por Mestre Luiz Galdino, uno de los nombres centrales de la cerámica popular del Alto do Moura, Pernambuco.
Modeladas a mano en barro local, sin moldes, con proporciones libres y frontalidad directa, sus figuras no buscan agradar: se afirman.
Mujeres de pie, cuerpos firmes, miradas sostenidas. El color no decora, declara. El gesto no explica, permanece.
No las traje para vitrinas. Las traje para habitar.
Y al convivir entre ellas, algo ocurrió.
Con tres armé una instalación: La novia plantada en el altar.
Una figura central, vestida de blanco, sostiene el ramo sin ofrecerlo. No espera.
Se queda. A los lados, dos mujeres del cotidiano —sombrero amplio, vestido colorido, bolso en mano— no acompañan el rito: lo custodian. Son la calle, el trabajo, la vida real cercando la promesa.
El altar deja de ser destino y se vuelve pausa.
La boda no fracasa: se suspende.
El cuerpo decide permanecer.
Estas piezas no representan lugares; los traen. Traen Caruarú, traen la escuela del barro nordestino, traen una inteligencia popular que dialoga sin pedir permiso con el arte contemporáneo.
En mi casa dejan de ser artesanía y se vuelven presencia activa: interrumpen, ordenan, cuestionan.
Mi casa no es un museo.
Es un territorio de cohabitación.
Los objetos no están quietos.
Están viviendo conmigo.




