Este librito —diminutivo que me permito por las no más de cien páginas que lo componen— llegó a mis manos por la insistencia de mi librero.
“Aquel sofocante verano”, de Eduard von Keyserling, es un relato que se vale de recursos visuales y, sobre todo, atmosféricos para conducirnos hacia un conflicto que nunca termina de mostrarse por completo.
No sabemos exactamente de qué se trata, más allá de que cada lector intuirá el tema, pero está ahí. Se percibe.
Y esa indefinición termina convirtiéndose en una de las mayores virtudes de la novela creando una tensión psicológica que acompaña al lector hasta el final.
La historia transcurre en la campiña de la región Báltica, dentro del universo de unas familias aristocráticas sometidas a pautas sociales y costumbres que no suelen discutirse y, mucho menos, modificarse.
El relato está contado desde la mirada de un joven de diecisiete años que, tras fracasar en su examen de ingreso a la universidad, recibe el castigo de su padre y mientras el resto de la familia pasará las vacaciones en la costa, él deberá acompañarlo a una de sus fincas de campo.
Lo que se anuncia como una temporada bajo el rigor educativo de un padre severo, distante y poco comunicativo, pronto toma otro rumbo. Una vez instalados en la finca, el padre parece desentenderse del muchacho, que comienza a moverse a su aire, husmeando el lugar, observando a su gente y descubriendo un mundo adulto cuyas reglas todavía no comprende del todo.
Hasta que presencia un par de situaciones que involucran directamente a su padre. Ocurren durante una reunión familiar en casa de unos primos, con motivo del compromiso de una de las jóvenes.
Y no hace falta mucho más.
A partir de esos hechos aparentemente menores, “Aquel sofocante verano” consigue convertir la insinuación, el silencio y la sospecha en materia narrativa.
Keyserling no necesita grandes acontecimientos y le alcanza con una mirada, una conducta inesperada, una conversación incompleta o aquello que deliberadamente queda sin decir.
Y está el calor.
Un calor persistente, pesado, casi físico, que atraviesa toda la novela que solo logra sosiego a la noche ámbitos también de encuentros.
Ese temperatura no funciona como simple descripción del paisaje sino que se instala sobre los personajes, condiciona sus movimientos y parece volver cada vez más difícil sostener las formas y apariencias que gobiernan ese mundo aristocrático.
La sofocación climática termina siendo también moral.
En ese ambiente se desarrolla el verdadero núcleo de la historia donde la relación entre un adolescente que comienza a mirar a los adultos con otros ojos se encuentra con un padre cuya autoridad hasta entonces parecía indiscutible. El hijo observa, sospecha y descubre. Y al hacerlo empieza también a advertir las contradicciones de ese hombre distante que pretende educarlo desde el rigor.
Quizás convenga conocer algo de Eduard von Keyserling para comprender mejor ese universo.
Nacido en 1855 en Curlandia, entonces parte del Imperio ruso y hoy territorio de Letonia, perteneció a una antigua familia aristocrática germano-báltica. Conocía desde dentro ese mundo de propiedades rurales, jerarquías, convenciones, privilegios y silencios que más tarde convertiría en materia literaria.
Su propia vida, sin embargo, estuvo lejos de transcurrir dócilmente dentro de aquellas convenciones. Abandonó sus estudios en Dorpat —actual Tartu— después de un episodio nunca del todo esclarecido que lo alejó de su ambiente aristocrático. Pasó por Viena y finalmente se instaló en Múnich, donde se vinculó con los círculos artísticos e intelectuales de la época.
Su vida estuvo además atravesada por la enfermedad. Con el avance de la sífilis perdió la vista y sufrió graves limitaciones físicas, pero continuó escribiendo mediante el dictado. Murió en Múnich en 1918, cuando también comenzaba a desaparecer el mundo europeo que había conocido y retratado.
Keyserling es considerado uno de los representantes del impresionismo literario en lengua alemana, y leyendo “Aquel sofocante verano” resulta fácil comprender por qué.
La novela no describe únicamente aquello que sucede por el contrario trabaja sobre las sensaciones que dejan los acontecimientos. La luz, el paisaje, el calor, los gestos y los silencios importan tanto como los hechos.
No me animo a recomendar “Aquel sofocante verano” pero agradezco haberlo leído.
Hay libros que uno termina con entusiasmo y enseguida quiere poner en manos de otro. Este no produjo en mí ese efecto.
Pero consiguió algo bastante más difícil de olvidar puesto que durante sus escasas páginas logró que sintiera el calor del lugar y, sobre todo, que me adentrara en la sofocante tensión entre un padre y un hijo.
Y quizás ahí resida la verdadera eficacia de esta pequeña novela que se da cuando la historia termina y el calor todavía permanece.
