Ángel oaxaqueño


Barro policromado. Siglo XX

Este ángel de cerámica, que compré en Oaxaca, condensa una de las virtudes más firmes del arte popular mexicano: decir mucho con poco.

Modelado en barro y pintado a mano, prescinde del virtuosismo técnico para apostar por una presencia frontal, casi totémica.

En él no hay dramatismo ni vuelo, el cuerpo es columna, los brazos se abren en gesto de acogida y las alas, largas y planas, funcionan más como superficie simbólica que como apéndice anatómico.

La policromía —azules profundos, ocres terrosos y blancos puntuales— dialoga con una tradición donde el color no decora: significa.
Los motivos geométricos que recorren túnica y alas remiten tanto al textil indígena como a la ornamentación prehispánica, integrando el imaginario cristiano en una cosmovisión más antigua, persistente y silenciosa.

El rostro, de mirada amplia y expresión contenida, evita cualquier intento de realismo. No busca convencer ni emocionar: observa.
Este ángel no anuncia, no dramatiza, no juzga. Está para quedarse.

Más que una imagen devocional, se trata de una figura doméstica de protección, pensada para habitar el espacio cotidiano.
Un objeto que no exige fe, pero ofrece compañía.

Cristianismo filtrado por el barro, por la mano anónima del taller, por la lógica de lo útil y lo simbólico al mismo tiempo.

En tiempos de ángeles espectaculares y espiritualidades de vidrieras, esta pieza recuerda algo esencial que
la trascendencia también puede ser discreta, rugosa y terrenal.


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