Un ángel nacido del copal: la obra de María Jiménez Ojeda (San Martín Tilcajete, Oaxaca)
Oaxaca fue amor a primera vista como lo fue este ángel primera pieza que me compré ni bien llegué.
Es que hay piezas que no se compran: te eligen.
Este ángel de San Martín Tilcajete —tallado y pintado por María Jiménez Ojeda, artesana zapoteca heredera de una tradición ferozmente viva— es uno de esos objetos que llegan para ocupar un lugar definitivo en la mesa de devociones íntimas.
Tallado en madera de copal, el material sagrado del valle de Oaxaca, el ángel despliega unas alas monumentales que son puro Tilcajete: geometrías filosas, líneas que parecen bordadas con pinceles microscópicos y una paleta sin miedo al color.
Turquesas, fucsias, violetas, amarillos: un festival cromático que no busca agradar, sino proteger.
En Oaxaca, la belleza también es un acto de defensa.
La figura sostiene una paloma, símbolo universal del Espíritu Santo. Pero aquí funciona como otra cosa: una declaración oaxaqueña sobre el cuidado y la ternura.
Nada es casual. María Jiménez trabaja con una minuciosidad que se vuelve lenguaje: cada punto, cada flor diminuta, cada greca sobre la túnica es un recordatorio de que el arte popular mexicano no tiene nada de “popular” en el sentido complaciente que algunos quieren darle.
Es técnica, rigor, disciplina y una sensibilidad cultivada durante generaciones.
La cara frontal, de gesto firme y labios encendidos, no apunta al realismo. Apunta a la presencia.
Los ángeles de Tilcajete no observan: vigilan. Son entidades liminales, guardianes domésticos que combinan herencias indígenas con imaginarios cristianos, creando un sincretismo visual donde el ritual convive con lo fantástico.
El pedestal florido no es un adorno. Es la tierra misma: el jardín donde los seres protectores plantan su poder. Allí se sostiene este ángel, extendiendo sus alas como quien abre una puerta hacia un estado distinto —menos cínico, menos ruidoso, más consciente del misterio que aún nos atraviesa.
Esta figura no es un souvenir. Es una obra contemporánea en el sentido más pleno: actual, arraigada, vibrante y profundamente simbólica.
El trabajo de María Jiménez Ojeda demuestra que el arte popular mexicano sigue expandiendo sus fronteras estéticas sin perder su raíz. Tilcajete continúa reinventándose, y cada pieza lo confirma.
Este ángel, con su paloma silenciosa y sus alas furiosas de color, es un recordatorio de la potencia cultural de Oaxaca. Una presencia que no se limita a decorar: acompaña, guarda, sostiene. Y en tiempos donde todo parece temblar, un guardián así se agradece.
En casa convive junto con otros ángeles más abstracto, pero no menos ángel comp este hecho por Águeda Dicancro. Juntos y con sus alas abiertas velan por nosotros a la vez que nos protegen.



