Ángel mineiro

Este ángel voló desde Brasil

Lo compré sin pensarlo demasiado, como suelen ocurrir mis mejores adquisiciones: aparece, me mira, y ya está, me eligió.

Este ángel brasileño —mitad putto barroco, mitad niño travieso atrapado en pleno vuelo— trae consigo la herencia de Minas Gerais, pero también algo más doméstico, más actual, más humano que celestial.

Tallado en madera y dorado con ese brillo cálido que sólo los artesanos del barroco tardío saben imitar sin caer en lo kitsch, el anjinho conserva la postura clásica de los retablos coloniales: una pierna flexionada, el torso en giro, el gesto tímido de cubrirse el pecho como quien llega tarde a una fiesta y no sabe si saludar o escapar.

Un pudor encantador, sin intención moralista, que solo la artesanía popular puede permitirse.

No es una pieza antigua —no pretende serlo—, y eso juega a su favor.
Es honesto: reproduce un linaje estético sin impostar solemnidad.

Hay mano, hay cuchilla, hay respiración en la madera. Y también hay humor involuntario: desde atrás, el ángel parece dispuesto a largarse a correr si alguien lo llama por su nombre. Una fuga divina.

Me gusta pensar que lo que uno colecciona no son objetos sino conversaciones.

Este ángel, que seguramente colgó de alguna pared festiva antes de caer en mis manos, sobrevuela sobre mí y me habla de la persistencia: de cómo la tradición barroca sigue vibrando en talleres anónimos, de cómo la fe se transforma en arte y el arte en compañía.

Ahora cuelga en casa, suspendido en un movimiento que no termina nunca, recordándome que incluso lo sagrado necesita un poco de humor para no volverse plomo.


Publicado

en

por