Un ángel adoptado
No lo compré. No lo busqué. Me eligió.
Este pequeño querubín —tallado en hueso, probablemente en Italia o España a mediados del siglo XX, con su trompeta silenciosa y la espalda chata de quien nació para el muro— formó parte de la colección de Margaret Whyte y su esposo Roberto.
En la parte trasera figura la firma del artesano, para quien seguramente fuera motivo de orgullo.
Hoy está acá, junto con otros angels que sobrevuelan a diario en mi alrededor.
No llegó como pieza decorativa sino como traspaso. Un gesto simple y profundo: “quedátelo, que siga viviendo”. Y eso hago. Lo acojo.
No fue el único.
De esa casa han venido otros objetos que ahora habitan la nuestra.
No como mudanza, sino como deriva afectiva.
El ángel no anuncia nada. No hay épica. No hay milagro.
Hay algo mejor, como es la continuidad en este caso.
Porque las colecciones no son acumulaciones, son relatos en movimiento. Y a veces, uno no adquiere objetos, los hereda en vida.
Este, con su corazón calado en la espalda —detalle casi irónico—, viene cargado de tiempo y de manos.
Y ahora se suma a los míos, sin pedir permiso, como hacen las cosas que importan.




