José Ignacio, Maldonado.
Dentro del calendario de inauguraciones de la temporada, la Fundación Cervieri Monsuárez (FCM) abrió sus puertas con una muestra individual tan inteligente como incómoda de la artista mexicana Ana Segovia (Ciudad de México, 1991), bajo la curaduría de Magalí Arriola, actual directora y curadora en jefe del Museo Tamayo Arte Contemporáneo.
The Office of Inter-American Affairs Presents: Uruguay
Concebida especialmente para este espacio, la exposición toma como punto de partida documentales y películas producidos en Estados Unidos en las décadas de 1940 y 1950 por la ya extinta Oficina del Coordinador de Asuntos Inter-Americanos, un engranaje cultural de la llamada Política del Buen Vecino impulsada por Franklin D. Roosevelt. Detrás del tono pedagógico, la operación era clara: construir imaginarios funcionales a una diplomacia expansionista, heredera directa de la Big Stick Policy de Theodore Roosevelt.
Para esta ocasión Segovia, dividió la sala principal de la FCM en tres sectores mediante fardos de paja que funcionan como muros precarios y, a la vez, como guiño rural.
Allí montó sus pinturas cargadas de color, ironía y una puesta en escena que tensiona la iconografía del gaucho, ese arquetipo tantas veces romantizado y domesticado por la mirada colonial.
En el último tramo aparece una obra-homenaje a Petrona Viera cuya tradición planista impactó especialmente a la artista durante su estadía en Uruguay.
Cine, pintura y punto de vista
Segovia traduce al lenguaje pictórico tres encuadres clásicos del cine —establishing shot, medium shot y close-up— tomados de filmes como Uruguay (1949) y Gauchos of Uruguay (1954).
El resultado es una instalación que obliga al espectador a moverse, a desconfiar del punto de vista único y a entender la imagen como un dispositivo ideológico.
El gaucho que alguna vez fue forajido libre aparece aquí amansado, productivo, homologado al cowboy del oeste norteamericano. A partir de ello no es folklore sino que se trata de política visual.
En el sótano de la FSM se lleva a cabo una performance llamada Gambola la cual profundiza esta operación.
Doce cuerpos masculinos, fragmentados por el encuadre —el telón del escenario bajado dejando al descubierto solo un tercio del mismo—exploran coreográficamente la fuerza, la violencia y la seducción donde el repiqueteo de las botas de los gauchos generan un elemento auditivo determinante.
Cuando la acción termina, queda el vacío, los restos, el sonido como fantasma. El fuera de campo —ese espacio que el cine suele ocultar— se vuelve protagonista.
Una práctica que incomoda
La obra de Ana Segovia subvierte con humor y precisión la heteronormatividad de los imaginarios populares.
Reescribe escenas del cine y del deporte, exagera el artificio, rompe la solemnidad. Lo lúdico aparece como estrategia política y en su obra nada es inocente, pero tampoco solemne.
Sus paletas de colores estridentes, rostros difusos y escenas ambiguas nos devuelven lo conocido deformado, obligándonos a mirar otra vez llevándonos a pensar y revisar lo que tenemos frente.
Toda su obra es de tenor fílmico compuesta por un tenor en apariencia complaciente a la vez cargada de aspectos tenebrosos.
Segovia, a quien conocimos en la 60 Bienal de Venecia, es licenciada en Bellas Artes por la School of the Art Institute of Chicago y realizó una residencia en Casa Wabi. Vive y trabaja en Ciudad de México.
