Venecia, Italia.
Pintura, identidad y memoria en una de las grandes colaterales de la Bienal de Venecia en el Palazzo Grimani
Dentro del vasto entramado de exposiciones colaterales de la 61ª Bienal de Venecia, una de las propuestas más inteligentes y visualmente estimulantes se encuentra en el histórico Palazzo Grimani, donde el artista ghanés Amoako Boafo (Accra, Ghana, 1984), presenta “It Doesn’t Have To Always Make Sense”, su primera exposición individual en Italia.
La muestra, producida por Gagosian en colaboración con el museo veneciano, consigue algo cada vez menos frecuente dentro de las grandes plataformas internacionales como es generar una verdadera experiencia de contemplación.
La amplitud silenciosa de las salas, la elegancia arquitectónica del palacio y una circulación todavía moderada de público conspiran decididamente a favor de las obras. Aquí no hay saturación visual ni necesidad de competir por atención. Las pinturas respiran. Y el espectador también.
Boafo construye un diálogo sofisticado entre pasado y presente, enfrentando el retrato negro contemporáneo con la tradición pictórica veneciana.
No se trata de una operación superficial de revisionismo histórico ni de un simple gesto identitario. Lo que aparece es una tensión mucho más compleja donde cuerpos y rostros negros ocupan con absoluta naturalidad espacios históricamente asociados al poder aristocrático europeo.
Y ese desplazamiento visual resulta contundente.
Las figuras de Boafo no buscan agradar ni explicarse demasiado. Se imponen desde la presencia. Sus personajes miran de frente, afirman su individualidad y desarticulan siglos de representación subordinada. El artista evita cualquier construcción folklórica o exotizante. No pinta símbolos sino que pinta personas.
La experiencia biográfica del artista atraviesa profundamente su producción. Tras instalarse en Viena en 2013, Boafo experimentó la marginación de la comunidad negra y su escasa representación dentro de ciertos circuitos culturales europeos. Su respuesta no fue el panfleto ni el resentimiento, sino la construcción de nuevas imágenes posibles. Desde entonces, el retrato de sujetos negros se convirtió en el eje central de su práctica.
Uno de los aspectos más interesantes de la muestra reside en su procedimiento técnico. Boafo aplica el pigmento directamente con los dedos, prescindiendo casi completamente del pincel. El gesto físico queda expuesto sobre la superficie como huella emocional y corporal. La piel de sus personajes no está simplemente representada, está literalmente construida mediante contacto.
Esa decisión técnica posee además una enorme carga simbólica. En tiempos donde buena parte del arte contemporáneo parece obsesionado con el concepto, la cita teórica o la hiperproducción digital, Boafo devuelve protagonismo a la materialidad de la pintura. Hay algo profundamente humano en esa relación directa entre mano, pigmento y rostro.
Sin embargo, la exposición evita quedar atrapada únicamente en una lectura identitaria. Boafo amplía su investigación hacia elementos profundamente ligados a la historia visual de Venecia. El artista establece un diálogo directo con los textiles históricos venecianos, especialmente con el damasco y los encajes de Burano, símbolos del refinamiento decorativo de la Serenissima.
Ese interés aparece tanto en la ambientación como en las propias pinturas. Los motivos ornamentales son incorporados mediante su técnica de paper transfer, que permite transferir patrones textiles directamente sobre la superficie pictórica. Algunas obras incluso incorporan bordados y superficies textiles trabajadas artesanalmente, expandiendo todavía más la relación entre pintura, tejido y objeto. Las telas dejan entonces de ser un simple recurso decorativo para transformarse en una capa simbólica que conecta la cultura visual veneciana con las tradiciones estéticas de África occidental.
Ese carácter material de la obra alcanza además uno de sus puntos más interesantes en la experiencia física de observación. Tanto el espesor del empaste aplicado con los dedos como las superficies bordadas obligan al espectador a desplazarse lateralmente frente a las piezas. Las pinturas no se perciben plenamente desde un único punto frontal por el contrario necesitan ser recorridas.
Vista de perfil, la obra revela relieves, acumulaciones de pigmento, pliegues y costuras que transforman el cuadro en un objeto casi escultórico. La piel pintada adquiere entonces volumen real y presencia táctil. Hay momentos donde la materia parece sobresalir del lienzo con una intensidad casi corporal.
Esa dimensión física resulta fundamental para comprender el trabajo de Boafo. Sus retratos no funcionan solamente como imágenes, sino como superficies vivas donde gesto, textura y materialidad poseen el mismo peso que la representación del rostro. El espectador deja así de ser un observador pasivo para convertirse en alguien que debe moverse, aproximarse y cambiar el ángulo de visión para descubrir plenamente la obra.
En tiempos dominados por imágenes digitales consumidas de manera instantánea y frontal, Boafo recupera algo esencial como la experiencia lenta y física de mirar pintura.
La exposición adquiere además una dimensión inmersiva cuidadosamente articulada. Videos, elementos poéticos en las paredes e intervenciones espaciales amplían la experiencia del visitante y construyen un ecosistema visual donde cada componente dialoga con el otro sin perder autonomía.
La muestra fue concebida en colaboración con el arquitecto y diseñador Glenn DeRoche, cuya intervención refuerza la intención de transformar las salas históricas del palacio en un espacio de contemplación y resonancia emocional.
Boafo incluso acompaña algunas de sus pinturas con fragmentos poéticos que funcionan como extensiones sensibles de los personajes representados. No se trata de simples textos ornamentales, sino de pequeñas capas narrativas que profundizan la intimidad psicológica de las obras y refuerzan la dimensión humana de los retratados. Ese recurso aporta una sensibilidad poco habitual dentro de ciertas tendencias del arte contemporáneo internacional, frecuentemente dominadas por discursos excesivamente intelectuales o curatoriales.
El contexto histórico del Palazzo Grimani resulta además fundamental para comprender la potencia de la exposición. El edificio perteneció a Giovanni Grimani, una de las figuras culturales más sofisticadas del Renacimiento veneciano. Patricio, obispo, patriarca, mecenas y coleccionista, Grimani convirtió el palacio en una célebre casa-museo admirada en toda Europa por sus esculturas clásicas, mármoles, frescos y antigüedades.
Los retratos históricos vinculados a Giovanni Grimani presentes en el recorrido funcionan como un contrapunto silencioso frente a los retratos contemporáneos de Boafo. Allí aparece uno de los aspectos más inteligentes de la muestra como lo es la confrontación entre distintas formas históricas de representación del poder, la identidad y la presencia humana.
Por un lado, la solemnidad aristocrática y eclesiástica del Renacimiento veneciano. Por otro, los cuerpos negros contemporáneos afirmando su lugar dentro de un espacio que siglos atrás estaba reservado exclusivamente para las élites europeas.
Esa convivencia visual no se siente forzada. Al contrario permite comprender cómo el retrato, más allá de las épocas, siempre ha sido una herramienta de construcción simbólica, prestigio social y afirmación cultural.
También resulta significativo que el Palazzo Grimani continúe consolidándose como uno de los espacios más interesantes para el diálogo entre patrimonio histórico y arte contemporáneo dentro de la escena veneciana. Antes de la llegada de Boafo, el palacio había albergado la potente muestra de Georg Baselitz, también impulsada por Gagosian, donde enormes pinturas abstractas y de fuerte carga gestual ocupaban las salas renacentistas del edificio.
La transición entre Baselitz y Boafo no es menor. Ambos artistas, desde lenguajes completamente distintos, entienden la pintura como un territorio físico y corporal. Mientras Baselitz apostaba por una monumentalidad agresiva y una abstracción cargada de tensión expresiva, Boafo desplaza la intensidad hacia el retrato y la identidad, aunque manteniendo una relación igualmente visceral con la materia pictórica.
Ese antecedente confirma además la intención del Palazzo Grimani de evitar convertirse en un mero contenedor decorativo para eventos paralelos de Bienal. Existe una línea curatorial cada vez más definida, utilizar la potencia histórica del espacio para confrontarla con artistas capaces de sostener esa tensión sin quedar absorbidos por la espectacularidad arquitectónica del lugar.
Y no todos lo consiguen.
Boafo sí.
Incluso el catálogo acompaña con solvencia el nivel de la exposición. Lejos de limitarse a un objeto protocolar de tienda de museo, el volumen funciona como una verdadera extensión conceptual de la muestra, con reproducciones cuidadas, textos críticos sólidos y material contextual que permite profundizar tanto en la práctica pictórica del artista como en su relación con el Palazzo Grimani y la tradición visual veneciana.
En una Bienal donde abundan instalaciones sobreactuadas, discursos curatoriales excesivamente explicados y obras que dependen más del texto que de la experiencia visual, “It Doesn’t Have To Always Make Sense” encuentra fuerza precisamente en lo contrario, en la pintura, en la presencia y en el silencio.
Porque algunas obras todavía pueden sostener una sala entera únicamente con una mirada.
