Almuerzo en la Laguna de Rocha

Laguna de Rocha, Rocha.

Hoy almorcé mejor que en muchos restaurantes con estrellas Michelin.
Sin sala pretenciosa, sin carta interminable, sin pose. Con verdad.

Sobre la Laguna de Rocha, Pepe Lobato tiene su ranchito. Allí ofrece paseos en bote y, cuando el día se presta, algo mucho más difícil de encontrar: comida honesta, tiempo y conversación.

Leí un rato al sol, en comunidad plena con el entorno. Hasta que el estómago —más prepotente que la mente— dio la orden. Subí al ranchito. Pepe me esperaba con pejerrey frito.

En la sala estábamos él y yo.
Yo con hambre.
Pepe con hambre de charla.

Para espectacularizar el almuerzo, empezó a llover. Aire fresco, gotas golpeando el techo de chapa, ese sonido que no se diseña: sucede. Almuerzo fuera de serie.

Hablamos de ecología, animales, clima, especies que desaparecen. Y, sin querer, me vi de niño otra vez, en el campo. La memoria también come.

Pepe tiene su casa en La Paloma pero duerme todas las noches en el rancho para proteger su negocio de eventuales ladrones que ya una vez se le llevaron varias objetos básicos para su trabajo.

La escena tuvo un bonus track: una calandria se posó en mi mesa y compartió el pejerrey conmigo. Sin pedir permiso. Como corresponde.
Y como bien dijo Pepe: — ¿donde van a comer con un pájaro en la mesa?, —

No navegamos: la laguna está baja. Excusa perfecta para volver.

Gracias, Pepe.
Por el almuerzo.
Por la conversación.
Por recordarme que el lujo, a veces, huele a fritura y suena a lluvia.


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