Alebrijes

Alebrijes: cuando el color piensa

Continuando con piezas coloridas he escogido estos alebrijes que llegaron desde México con la piel encendida y la imaginación sin correa.

No son animales, son imaginación, mezcla de sueños y alucinaciones goyescas, son estados de ánimo tallados en madera. Criaturas híbridas que mezclan pico, garra, cola, escama y pluma como si la naturaleza hubiera decidido divertirse un rato.

Tallados a mano —generalmente en copal—, nacen por partes: primero el cuerpo, luego las extensiones que se quitan y luego en algunos casos se agregan a gusto de cada uno, después el milagro del ensamblaje.
En ellos nada está quieto. Todo parece en pleno proceso de transformación, como si cada figura hubiera sido sorprendida justo antes de dar un salto, un vuelo, un grito o una danza.

El color en estas tallas no decora sino que se impone, manda.
Puntos minúsculos, grecas obsesivas, contrastes imposibles, combinaciones que harían llorar a cualquier manual de buen gusto.
Acá no hay armonía complaciente: hay ritmo, pulso, exceso. Cada centímetro está trabajado con una paciencia feroz, casi ritual, como si pintar fuera una forma de invocar.

Las miradas son frontales, alertas. No sonríen: vigilan.

Estos alebrijes no piden ser queridos, piden ser respetados. Funcionan como nahuales contemporáneos, guardianes domésticos, tótems modernos que recuerdan que la imaginación popular mexicana no es ingenua ni folklórica: es sofisticada, simbólica y profundamente libre.

Colocados juntos, no forman una colección: forman una fauna paralela y nos trasladan a su ámbito.
Un bestiario donde la lógica se rinde y el color toma el poder.
Y ahí está la clave: estos alebrijes no adornan el espacio. Lo despiertan, nos despiertan y alteran nuestra adrenalina.


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