Aaron Sosa

Montevideo, Uruguay.

¿Puede la inteligencia artificial crear arte o sigue siendo la mirada del artista la que marca la diferencia?

Aarón Sosa incorpora la IA a una trayectoria construida desde la fotografía, la memoria y el registro de realidades sociales. La tecnología aparece como herramienta; la intención, la selección y el discurso siguen perteneciendo al artista.

Visité su casa-taller y conocí de cerca una obra que invita a pensar hasta dónde puede llegar la máquina y dónde comienza —todavía— el territorio irrenunciable del creador.

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La inteligencia artificial como herramienta, no como autor

Aarón Sosa es un artista venezolano que lleva ya algunos años radicado en Montevideo. Lo conocí durante ON.AI, el conversatorio sobre arte e inteligencia artificial organizado por Darío Invernizzi en las salas de TUMO, donde distintos artistas y especialistas abordaron las posibilidades, tensiones y cuestionamientos que genera el uso de la IA aplicada a la creación artística.

Sosa presentó allí algunas de sus obras y dejó planteada una cuestión que considero central: la inteligencia artificial puede incorporarse al proceso creativo sin necesariamente desplazar al artista.

Con posterioridad tuve oportunidad de visitarlo en su casa-taller y conocer con mayor profundidad una producción bastante más extensa y diversa de lo que aquel primer encuentro permitía advertir.

Mirar, documentar, intervenir

Aarón Sosa (Caracas, 1980) proviene de la fotografía y, particularmente, de una concepción documental de la imagen.

Durante años recorrió Venezuela de un extremo al otro registrando situaciones y realidades de sus habitantes. Esa experiencia resulta fundamental para comprender su obra posterior ya que antes de intervenir una imagen, Sosa aprendió a mirar.

Su metodología me hizo recordar, salvando las evidentes distancias históricas, geográficas y autorales, el recorrido de Robert Frank por los Estados Unidos que desembocaría en “The Americans”. Frank se apartó de la imagen complaciente de la prosperidad estadounidense de posguerra para dirigir su cámara hacia contradicciones sociales, raciales y culturales que aquella narrativa triunfalista tendía a dejar fuera del cuadro.

En Sosa existe también esa necesidad de recorrer el territorio y confrontar el relato establecido con aquello que encuentra frente a su cámara.

Pero su trabajo no permanece exclusivamente dentro de los límites del documentalismo.

Sosa toma fotografías, archivos, acontecimientos contemporáneos y herramientas digitales para construir nuevas composiciones. La fotografía deja entonces de ser únicamente testimonio para convertirse en materia prima.

Cuando la historia del arte entra en el presente

Una de sus propuestas más interesantes parte de imágenes reconocibles de la historia del arte.

Sosa recupera referencias como la Mona Lisa de Leonardo da Vinci, La balsa de la Medusa de Théodore Géricault o El descendimiento de la cruz de Rogier van der Weyden y las hace convivir con imágenes contemporáneas vinculadas a situaciones acuciantes de Venezuela.

La operación no consiste simplemente en citar una obra famosa.

Al introducir aquellas composiciones históricas dentro de escenarios actuales, Sosa aprovecha nuestra memoria visual para provocar un desplazamiento. Reconocemos algo, pero inmediatamente descubrimos que aquello que conocemos ya no está donde debería estar.

El pasado de la historia del arte se introduce así en la violencia, la incertidumbre y las contradicciones del presente.

Y allí aparece la inteligencia artificial.

No como finalidad de la obra sino como uno de los instrumentos empleados para construirla.

Este punto resulta particularmente relevante en momentos en que muchas discusiones sobre arte e IA parecen reducirse a determinar si una imagen fue o no generada mediante inteligencia artificial.

La pregunta debería ser otra: ¿qué hace el artista con esa herramienta?

Porque una herramienta puede producir imágenes, pero una acumulación de imágenes no necesariamente construye una obra.

En Sosa existe previamente una mirada, una experiencia como fotógrafo, un archivo, una preocupación social y una intención. La IA interviene dentro de ese proceso y no al revés.

Él mismo lo expresa con claridad:

“La IA es una herramienta. Podemos estar de acuerdo o no, pero no cabe duda de que es una herramienta. ¿Es malo, bueno, correcto, no ético? La herramienta es simplemente una herramienta; su función es ser útil en algo que va más allá del bien y del mal”.

Su serie Analogías Sintográficas profundiza precisamente esta idea. Allí construye imágenes acompañadas por relatos, emociones y situaciones que parecen pertenecer a un mundo paralelo al nuestro pero que, inevitablemente, terminan remitiéndonos a él.

Sosa pretende que el espectador no permanezca únicamente frente a la imagen sino que pueda penetrarla, recorrerla e incluso reconocerse dentro de ella.

Y acaso allí radique uno de los desafíos más interesantes que la inteligencia artificial plantea actualmente al arte.

No preguntarnos si la máquina puede producir una imagen sorprendente —ya sabemos que puede hacerlo— sino comprobar si el artista es capaz de apropiarse de esa tecnología, desobedecer sus automatismos y convertirla en lenguaje propio.

Memoria frente al olvido

Existe además otra vertiente de su producción que permite comprender mejor la sensibilidad desde la cual trabaja.

Sosa realizó una serie de entrevistas y retratos a sobrevivientes del nazismo y la Shoá, entre ellos personas que posteriormente se radicaron en Uruguay.

Aquí desaparece buena parte de la espectacularidad tecnológica.

Quedan el fotógrafo, la persona retratada, su relato y la memoria.

Para realizar un trabajo semejante no alcanza con dominar una cámara. Hay que saber escuchar, generar confianza y comprender que detrás del documento existe una vida atravesada por acontecimientos que exceden cualquier pretensión estética.

Esta serie confirma algo que considero importante al observar el conjunto de su producción ya que detrás de las distintas técnicas utilizadas por Sosa existe una preocupación persistente por la memoria, el desplazamiento, la identidad y aquello que las sociedades corren el riesgo de olvidar.

Del fotógrafo al artista

Formado inicialmente en Caracas, Sosa ingresó en 1997 a la Escuela de Artes Visuales Cristóbal Rojas, donde tuvo sus primeros contactos con el laboratorio fotográfico. Posteriormente profundizó su formación mediante talleres y seminarios con figuras vinculadas a la fotografía venezolana e internacional, entre ellos Nelson Garrido, María Teresa Boulton y Larry Fink.

Ejerció también el fotoperiodismo para distintos medios venezolanos y desarrolló paralelamente una actividad docente que continúa hasta hoy.

Ha publicado los fotolibros En cualquier parte, CARAcas, Venezuela Cotidiana, IN-XILIOS y Auto Confinamiento, y su obra ha transitado progresivamente desde el reportaje documental hacia procedimientos experimentales, intervenciones digitales y, más recientemente, proyectos vinculados con inteligencia artificial y criptoarte.

Desde 2022 comenzó también a tokenizar parte de su producción y desarrolló proyectos como THE NEW MAN.

Su trayectoria permite entender por qué la aparición de la IA no significó para él comenzar desde cero.

Llegó a ella después de décadas trabajando con imágenes.
Y esa diferencia se nota.

Enseñar a encontrar una mirada

Hay además una faceta de Sosa que me interesó particularmente durante nuestra conversación en su casa-taller como es su trabajo con otros fotógrafos.

Realiza revisiones de portafolios y dirige procesos de formación destinados especialmente a quienes pretenden superar el mero dominio técnico de la fotografía para construir una producción artística.

No se trata solamente de decidir cuáles fotografías son “buenas”.

Trabaja junto al fotógrafo auscultando el conjunto de su producción, buscando recurrencias, preocupaciones, obsesiones o temas capaces de transformarse en un cuerpo de obra. Luego llega la selección, la articulación conceptual y eventualmente la puesta en escena de una exposición, instancia en la que Sosa puede asumir también funciones curatoriales.

Es un proceso particularmente interesante porque vuelve a colocar la mirada por encima de la herramienta.

Una cámara extraordinaria no convierte a nadie en artista.
Tampoco lo hará la inteligencia artificial.

La herramienta y la mano

Después de conocer con mayor detenimiento la obra de Aarón Sosa queda claro que su utilización de la IA no puede analizarse aisladamente de su trayectoria como fotógrafo.

Existe detrás una formación, años de recorrer territorios, observar personas, registrar conflictos, escuchar testimonios y construir un archivo.

La tecnología llegó después.

Y quizá allí encontremos una respuesta posible a uno de los temores recurrentes frente a la inteligencia artificial aplicada al arte.

La IA puede generar imágenes con una facilidad que hace apenas unos años hubiera parecido inconcebible. Puede imitar estilos, reconstruir escenarios y multiplicar posibilidades visuales en cuestión de segundos.

Pero tener posibilidades no equivale a tener algo que decir.

La diferencia continúa estando en la mirada.

Aarón Sosa utiliza la inteligencia artificial, pero procura no entregarle aquello que constituye el territorio irrenunciable del artista alojado en la intención, la selección, la memoria, la duda y la capacidad de alterar aquello que recibe.

Porque el arte nunca dependió exclusivamente de la herramienta utilizada.

Dependió —y sigue dependiendo— de quién la sostiene.
Foto retrato de @Kremlin Prieto


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