Puebla, México.
Cuando el continente supera al contenido
Hay edificios que justifican por sí solos una visita. El Museo Internacional del Barroco (MIB), en Puebla, es uno de ellos.
Inaugurado en 2016 fue diseñado por el arquitecto nacionalizado japonés Toyo Ito (Seúl, Corea del Sur, 1941), distinguido con el Premio Pritzker en 2013, constituye una extraordinaria obra de arquitectura contemporánea.
Desde el primer encuentro, sus monumentales muros blancos parecen moverse con el viento, inclinarse y recostarse unos sobre otros. Las superficies curvas, los espacios generosos y la presencia de la luz natural generan una experiencia visual fascinante.
La arquitectura parece perder su condición estática para transformarse en una escultura habitable.
La recepción es magnífica. Antes de iniciar el recorrido decidí tomar un café en el restaurante y disfrutar de esa atmósfera excepcional. Durante mi visita también se desarrolló una performance alusiva al Día de Muertos en el patio central.
Todo anunciaba una experiencia artística memorable.
Sin embargo, mi entusiasmo comenzó a desvanecerse al ingresar a las salas.
El problema de este museo es que el continente supera ampliamente al contenido.
Esperaba encontrar un diálogo entre el barroco europeo y las manifestaciones artísticas desarrolladas en México durante la colonización española.
Me interesaba descubrir cómo los artistas y artesanos indígenas, sometidos a modelos culturales y religiosos impuestos, incorporaron sus propias sensibilidades, conocimientos e imaginarios, dando origen a expresiones artísticas singulares.
Porque el barroco novohispano no fue simplemente una reproducción del europeo.
Fue también el resultado de encuentros culturales desiguales, apropiaciones, resistencias y transformaciones.
Sin embargo, encontré salas dominadas por extensos discursos narrativos, textos y videos que privilegiaban una perspectiva marcadamente europea.
La acumulación de información terminaba desplazando la experiencia estética.
Me aburrí y, sobre todo, me decepcioné.
No cuestiono la incorporación de recursos tecnológicos a los museos, pero considero que ninguna pantalla puede sustituir la emoción de encontrarse frente a una obra auténtica.
Un museo de arte necesita obras, sensibilidad y pensamiento crítico, no solamente explicaciones.
¿Dónde está México?
Puebla posee un patrimonio barroco extraordinario. Su arquitectura religiosa, sus retablos, sus cerámicas y sus tradiciones artísticas constituyen un universo cultural de enorme riqueza.
Por eso resulta difícil comprender que un museo de semejante envergadura no otorgue mayor protagonismo a las expresiones locales.
Estamos avanzados en el siglo XXI y resulta imprescindible revisar las narrativas heredadas de la colonización.
Una mirada decolonial permitiría reconocer que las culturas indígenas no fueron simples receptoras de modelos europeos, sino protagonistas de procesos complejos de creación y transformación.
El Museo Internacional del Barroco podría convertirse en un referente de esa discusión.
El calificativo “internacional” no debería significar el predominio de una perspectiva europea.
La verdadera universalidad comienza cuando una institución es capaz de construir un discurso propio desde su territorio.
La paradoja de la tienda
Curiosamente, uno de los espacios que más disfruté fue la tienda del museo.
Bajo la curaduría de Tina Valenti encontré una exquisita selección de piezas artesanales mexicanas donde cerámicas de Talavera, indumentaria, joyería y objetos que expresan la vitalidad de la creación local.
Allí percibí una sensibilidad hacia la identidad cultural mexicana que eché de menos en buena parte de las salas.
Resulta paradójico que un espacio comercial consiga transmitir con tanta claridad aquello que debería constituir uno de los ejes del discurso museográfico.
Otro aspecto incomprensible fue la prohibición de filmar durante el recorrido.
En una época en la que las imágenes circulan globalmente y contribuyen a difundir el patrimonio cultural, semejante restricción merece ser reconsiderada.
Una oportunidad extraordinaria
Una arquitectura que merece otro discurso
No quisiera que estas observaciones se interpretaran como una descalificación del Museo Internacional del Barroco.
Todo lo contrario.
Mi decepción nace precisamente de reconocer su enorme potencial.
Puebla cuenta con un edificio extraordinario, capaz de situarse entre las realizaciones arquitectónicas más interesantes de la museología contemporánea.
La obra de Toyo Ito posee una fuerza expresiva que trasciende su función institucional.
Pero una arquitectura excepcional no garantiza, por sí sola, un gran museo.
Para que una institución cultural alcance verdadera relevancia necesita algo más que espacios monumentales, tecnologías sofisticadas o discursos históricos extensos.
Necesita una visión, una posición frente al arte y una manera propia de interrogar la historia.
El Museo Internacional del Barroco tiene ante sí la posibilidad de convertirse en un espacio donde el pasado colonial sea examinado desde las inquietudes del presente, donde las obras europeas dialoguen con las mexicanas sin jerarquías preconcebidas y donde las culturas indígenas encuentren el reconocimiento que merecen.
No se trata de reducir su vocación internacional, sino de otorgarle un sentido más profundo.
Salí del edificio con la misma admiración arquitectónica con la que había ingresado, pero también con la sensación de haber recorrido una oportunidad insuficientemente aprovechada.
Al ingresar al museo, un gran texto recibe al visitante con una declaración tan ambiciosa como prometedora:
“Pensar en grande”.
Una consigna que parece haber inspirado plenamente su extraordinaria arquitectura, pero que no encuentro reflejada con la misma convicción en su propuesta museográfica.
Y entonces surge inevitablemente una pregunta:
¿Será que se les ha olvidado?
El Museo Internacional del Barroco tiene todo para convertirse en una institución cultural de referencia mundial.
Su arquitectura es excepcional. Su ubicación, privilegiada. Su contexto histórico, extraordinariamente rico.
Pero un gran edificio no garantiza un gran museo.
Se necesita una visión curatorial capaz de interrogar la historia, cuestionar las jerarquías culturales y reconocer la riqueza de las expresiones artísticas nacidas en este territorio.
Puebla tiene un museo con arquitectura del siglo XXI. Merece también un discurso museográfico que esté a su altura.
