Puebla, México.
Puebla se viste de Catrinas: una celebración de la vida y la muerte
Hoy Puebla amaneció invadida por Catrinas. Una más hermosa que la otra, luciendo espectaculares y coloridos atuendos, elaborados sombreros, flores y rostros maquillados que transforman las calles en un verdadero espectáculo de arte popular.
Está claro que los mexicanos han desarrollado una manera muy particular de comprender, aceptar y convivir con la muerte. Para nosotros, los uruguayos, esta relación resulta bastante distante de nuestras costumbres. Sin embargo, estando aquí, uno comienza a comprenderla, a familiarizarse con ella y hasta a vivirla de una manera más cercana, festiva y amigable.
Pero ¿de dónde surge esta elegante figura que hoy parece haberse apoderado de México?
La Catrina tiene su origen en el arte y, curiosamente, nació como una crítica social.
Fue creada a comienzos del siglo XX por el extraordinario grabador e ilustrador mexicano José Guadalupe Posada (1852-1913), quien la llamó originalmente La Calavera Garbancera.
Con ella, Posada ironizaba sobre aquellos sectores de la sociedad mexicana que pretendían adoptar las costumbres y apariencias europeas, renegando de sus propias raíces indígenas.
Su representación original era una calavera prácticamente desnuda, pero coronada por un ostentoso sombrero de estilo francés. Una imagen cargada de ironía que denunciaba las apariencias, las desigualdades sociales y la pérdida de identidad cultural.
Décadas después, en 1947, el gran muralista Diego Rivera (1886-1957) recuperó esta figura y la incorporó a su célebre mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central. Allí la representó de cuerpo entero, elegantemente vestida, consolidando su identidad como La Catrina.
Lo que nació como una sátira social terminó convirtiéndose en uno de los símbolos más reconocibles de la identidad mexicana.
Hoy La Catrina trasciende su origen artístico y forma parte del imaginario colectivo de un pueblo que ha sabido transformar la muerte en una celebración de la memoria.
Porque el Día de Muertos no consiste simplemente en recordar a quienes ya no están, sino en mantenerlos presentes mediante las ofrendas, las flores, la música, los alimentos y los encuentros familiares.
Me resulta fascinante observar cómo una imagen nacida del grabado popular ha logrado atravesar generaciones, transformarse y adquirir nuevos significados sin perder su fuerza expresiva.
Y quizás allí resida una de las mayores riquezas de esta tradición que es comprender que recordar a nuestros muertos no tiene por qué estar asociado exclusivamente con la tristeza, sino también con el afecto, la gratitud y la celebración de la vida.
Del 28 de octubre al 2 de noviembre, México vivirá intensamente los festejos del Día de Muertos.
Estoy aquí, dispuesto a disfrutarlos plenamente, descubrir sus tradiciones y dejarme sorprender por esta extraordinaria manifestación de la cultura mexicana.
Porque en México, hasta la muerte se viste de fiesta.
