Cholula, México.
Dos expresiones extraordinarias del barroco mexicano
Cholula no me resultó una ciudad particularmente atractiva en su conjunto. Sin embargo, recorrerla vale la pena, especialmente por algunas de sus iglesias, que constituyen verdaderas joyas del patrimonio arquitectónico y artístico de México.
Entre ellas destacan dos templos excepcionales: Santa María Tonantzintla y San Francisco Acatepec, ambos ubicados en el municipio de San Andrés Cholula, en el estado de Puebla.
Aunque responden a distintas concepciones ornamentales, ambos testimonian la extraordinaria riqueza artística surgida del encuentro entre las tradiciones indígenas y la cultura europea durante el período virreinal.
Santa María Tonantzintla: el universo indígena dentro del barroco
Sin lugar a dudas, el Templo de Santa María Tonantzintla es una de las expresiones arquitectónicas más sorprendentes de México y uno de los ejemplos más representativos del denominado barroco indígena o popular.
Su singularidad reside fundamentalmente en el interior, donde una extraordinaria profusión de relieves de yesería policromada cubre prácticamente la totalidad de los muros, bóvedas y cúpulas.
No hay espacios vacíos. Las figuras se multiplican y entrelazan en una composición exuberante, donde rostros, flores, frutos, follajes y elementos religiosos conforman un universo visual de una riqueza difícil de describir.
Lo que más me impresionó fue descubrir cómo los artesanos indígenas pudieron incorporar elementos de su propia cosmovisión dentro de un templo católico.
En el contexto de la evangelización franciscana, se desarrolló aquí una expresión artística en la que las tradiciones locales encontraron un espacio para manifestarse, aunque siempre dentro de las complejas relaciones de poder impuestas por la colonización.
Me resulta particularmente significativo que, en medio de aquel proceso de imposición religiosa, se haya permitido cierto margen para que los pueblos originarios conservaran y reinterpretaran parte de su imaginario simbólico.
El propio nombre Tonantzintla, proveniente del náhuatl, significa “lugar de nuestra madrecita” y remite a Tonantzin, figura maternal vinculada a las creencias prehispánicas. Con la evangelización, esta antigua referencia encontró una nueva asociación con la Virgen María.
La iconografía del templo es fascinante.
Los ángeles y querubines presentan numerosos rostros de rasgos indígenas, mientras que la ornamentación vegetal incorpora productos propios de la región, como mazorcas de maíz, chiles, calabazas, capulines y tejocotes.
Cada figura parece poseer una identidad particular. Las tallas y modelados, realizados artesanalmente, exhiben variaciones que les confieren una vitalidad extraordinaria.
Esa ausencia de uniformidad, lejos de constituir una imperfección, es precisamente uno de los aspectos que otorgan al conjunto su singularidad.
Estamos ante una manifestación artística en la que el barroco europeo fue reinterpretado mediante la sensibilidad, las habilidades y las tradiciones de los pueblos indígenas.
Más que una simple adaptación decorativa, el templo constituye un testimonio de la capacidad de una cultura para preservar elementos de su identidad aun dentro de un sistema religioso que le fue impuesto.
Lamentablemente, no se permite tomar fotografías en su interior. Una restricción comprensible desde ciertas perspectivas de conservación y respeto al espacio religioso, pero que impide registrar y compartir una experiencia visual verdaderamente excepcional.
San Francisco Acatepec: la exuberancia de la talavera
A poca distancia se encuentra el Templo de San Francisco Acatepec, otra de las grandes manifestaciones del barroco novohispano.
Si en Santa María Tonantzintla la sorpresa se encuentra fundamentalmente en el interior, en San Francisco Acatepec el protagonismo corresponde a su extraordinaria fachada.
Su superficie está revestida por miles de piezas de cerámica policromada que se adaptan a columnas, nichos, molduras y relieves, creando un conjunto ornamental de enorme complejidad.
La fachada parece un inmenso tapiz cerámico, donde los colores y las formas se entrelazan hasta transformar la arquitectura en una composición de carácter casi pictórico.
Construida y ornamentada durante los siglos XVII y XVIII, constituye una de las expresiones más notables del barroco talaveresco de México.
Los azulejos blancos, azules, verdes y amarillos no solamente aportan una riqueza cromática extraordinaria, sino que también participan de un programa simbólico asociado a la iconografía cristiana.
El resultado es una fachada de una exuberancia poco común, en la que la cerámica deja de ser un mero revestimiento para convertirse en el verdadero lenguaje expresivo del edificio.
El interior también posee una historia singular.
Un incendio ocurrido el 31 de diciembre de 1939 destruyó buena parte de su ornamentación original. Su posterior reconstrucción fue posible gracias al esfuerzo de la comunidad y de artesanos especializados, que utilizaron, entre otras referencias, fotografías históricas atribuidas a Guillermo Kahlo, padre de Frida.
Este proceso permitió recuperar una parte importante de la riqueza ornamental del templo, aunque necesariamente nos enfrenta a una cuestión interesante desde el punto de vista patrimonial como es la relación entre la obra original, su pérdida y su reconstrucción.
Otro aspecto destacable es su atrio histórico, que conserva testimonios de los distintos usos religiosos y comunitarios del espacio a lo largo de los siglos.
La singularidad estética del templo también trascendió el ámbito religioso. Su arquitectura aparece vinculada al cine mexicano, particularmente a la película Enamorada (1946), dirigida por Emilio “El Indio” Fernández y protagonizada por María Félix y Pedro Armendáriz.
Dos templos, dos maneras de entender el barroco
Lo que encuentro especialmente interesante en estas dos iglesias es que, aun perteneciendo a un mismo contexto histórico y cultural, ofrecen experiencias estéticas muy diferentes.
Santa María Tonantzintla nos sorprende por la libertad imaginativa de su interior, mientras que San Francisco Acatepec deslumbra por la extraordinaria riqueza ornamental de su fachada.
En ambas, sin embargo, se manifiesta un fenómeno artístico de enorme trascendencia como es la transformación de los modelos europeos mediante la intervención de artesanos indígenas, quienes aportaron conocimientos técnicos, sensibilidades y referencias culturales propias.
No se trata simplemente de reproducir el barroco europeo en tierras americanas, sino de reconocer cómo ese lenguaje fue apropiado, reinterpretado y transformado hasta adquirir una identidad particular.
Y quizás sea precisamente allí donde reside el mayor valor artístico de estos templos.
Más allá de su función religiosa, constituyen testimonios materiales de un complejo encuentro cultural, marcado por la imposición, la adaptación, la resistencia y la creatividad.
Dos joyas arquitectónicas que, por sí solas, justifican ampliamente una visita a Cholula.
