Fundación Vera Chaves Barcellos

Porto Alegre, Brasil.

Vera Chaves Barcellos: una fuerza extraña desde las afueras de Porto Alegre

Hay instituciones cuya relevancia parece necesitar de grandes edificios, ubicaciones centrales y arquitecturas convertidas en emblema. Y hay otras que demuestran exactamente lo contrario.

A unos cuarenta minutos en automóvil del centro de Porto Alegre, en Viamão, una chacra de cuatro hectáreas alberga uno de esos proyectos que obligan a reconsiderar la relación entre centro y periferia en el mapa del arte contemporáneo brasileño.

Allí funciona buena parte de la Fundação Vera Chaves Barcellos (FVCB), institución privada y sin fines de lucro que desde 2005 desarrolla una sostenida actividad dedicada a la preservación, investigación y difusión del arte contemporáneo. Su acervo supera actualmente las 4.000 obras de más de 900 artistas brasileños e internacionales.

Las cifras impresionan, pero no explican por sí solas la institución. Para comprenderla hay que conocer a la mujer que está detrás de ella.

Vera Chaves Barcellos destila simpatía, complicidad y una saludable desfachatez.

Nacida en Porto Alegre en 1938, en ella la edad cronológica parece constituir un dato administrativo antes que una condición. Vera es esencialmente atemporal. Se adapta a quien tiene enfrente, pregunta, escucha, provoca y conserva intacto el interés por interactuar.

Una frase que suele repetir podría funcionar como autorretrato:

“Tenho tanto para fazer que não tenho tempo para envelhecer.”

Y basta compartir un tiempo con ella para comprender que no se trata simplemente de una ocurrencia ingeniosa.

Una invitación que abre más que una puerta

Mi llegada a la Fundação Vera Chaves Barcellos tuvo, además, una circunstancia que terminó condicionando positivamente toda la experiencia.

Llegué hasta allí por una invitación personal de Vera, quien tuvo la generosidad de abrirnos especialmente la Fundación en un día en que permanecía cerrada al público.

El gesto podría parecer apenas una deferencia, pero después de conocerla adquiere otro significado. Hay en Vera una voluntad permanente de compartir como compartir una obra, una conversación, una colección, un espacio y, fundamentalmente, una manera de pensar el arte.

Recorrer la Fundación prácticamente en privado, conversar con ella y con Margarita Kremer, una de las responsables de su Programa Educativo, permitió aproximarme a la institución desde un lugar diferente. No solamente contemplando aquello que se exhibe, sino entendiendo algo de la trama humana que permite que todo aquello exista.

Y la visita terminó con otro gesto.

Vera me obsequió un ejemplar de Vera Chaves Barcellos: Obras incompletas, publicación dedicada a recorrer su producción desde los años sesenta hasta etapas posteriores de su trayectoria.

El libro contiene un prólogo de Ana Albani de Carvalho y tiene como autor de su ensayo principal al filósofo y especialista francés en estética y fotografía François Soulages, cuya lectura no se limita a analizar la producción de Vera, sino que se aproxima también —algo bastante menos habitual en este tipo de publicaciones— a la persona que existe detrás de la artista.

Ana Albani señala en su prólogo algo particularmente revelador: el libro fue un proyecto largamente acariciado por Vera y prácticamente ninguna de sus decisiones quedó librada al azar. El diseño gráfico, la selección de las obras y de sus imágenes, la elección de Soulages para el ensayo central, la revisión de la biografía artística e incluso la portada fueron seguidos personalmente por ella.

Es un dato que permite entender mejor a la mujer que acababa de conocer.

Porque el rigor y la curiosidad que atraviesan su producción artística reaparecen en la construcción de su colección y vuelven a manifestarse en la Fundación. Vera puede ser espontánea, divertida, cómplice y hasta desfachatada en el trato personal, pero esa ligereza no debe confundirse con improvisación. Detrás existe una profesional extremadamente rigurosa.

El propio título del libro, Obras incompletas, contiene además una idea que resulta particularmente apropiada para comprenderla.

Ana Albani propone pensar esa “incompletud” no como carencia, sino como una condición del arte contemporáneo: la obra permanece abierta a la mirada del otro, a interpretaciones futuras y a un diálogo que nunca termina de clausurarse.

Quizás pueda decirse algo semejante de Vera.

A sus 88 años, su trayectoria podría ser contemplada retrospectivamente como una obra terminada con décadas de producción, presencia internacional, Bienal de Venecia, experiencias colectivas decisivas para el arte brasileño, una colección extraordinaria y una Fundación que lleva su nombre.

Pero ella parece resistirse justamente a esa idea de conclusión.

“Tenho tanto para fazer que não tenho tempo para envelhecer.”

Después de escucharla, recorrer la Fundación que abrió especialmente para nosotros y salir de allí llevando bajo el brazo aquel catálogo obsequiado por ella, la frase dejó de parecerme una ocurrencia ingeniosa.

Comprendí que era casi una declaración de principios.

Vera Chaves Barcellos continúa entendiendo su propia obra como algo incompleto.

Y posiblemente allí se encuentre su verdadera fuerza.

Su trayectoria profesional es extensa y reconocida internacionalmente. Formada inicialmente en música, abandonó el piano para dedicarse a las artes visuales y completó estudios en Europa. Desde los años sesenta desarrolló una producción experimental atravesada por el grabado, la fotografía, la imagen reproducida, la instalación y las prácticas conceptuales.

Fue integrante del histórico grupo Nervo Óptico, participó en la Bienal de Venecia de 1976 con Testarte, impulsó experiencias fundamentales para la escena artística de Porto Alegre como Espaço N.O. y, posteriormente, junto con Carlos Pasquetti y Patricio Farías, la Galeria Obra Aberta.

Pero existe otra dimensión de Vera que resulta inseparable de su trabajo como artista que es su capacidad de generar espacios para los demás.

Coleccionar, en su caso, parece haber sido menos un ejercicio de posesión que una forma de acompañamiento. Reunir obras, conservarlas, investigarlas y hacerlas circular constituye otra manera de intervenir en el sistema artístico.

De allí surge finalmente la Fundación que lleva su nombre.

Una chacra que piensa internacionalmente

El desplazamiento hasta Viamão tiene algo revelador.

Uno abandona progresivamente la densidad urbana de Porto Alegre y termina llegando a un entorno donde la vegetación, los árboles y el silencio, en esta oportunidad la lluvia, difícilmente anticipan la existencia de una institución dedicada al arte contemporáneo con semejante patrimonio.

Una arquitectura en expansión

La dimensión institucional de la Fundação Vera Chaves Barcellos se hace todavía más evidente al recorrer la chacra. En sus cuatro hectáreas se distribuyen actualmente tres edificios con funciones claramente diferenciadas, una organización que permite comprender hasta qué punto el proyecto ha ido creciendo junto con su acervo y sus actividades.

El primero alberga la Sala dos Pomares, el gran espacio destinado a las exposiciones temporales. Sus generosas dimensiones, la doble altura de algunos sectores y el entrepiso expositivo permiten diferentes aproximaciones a las obras: desde la contemplación cercana e individual hasta una mirada elevada capaz de abarcar el montaje en su conjunto. A este espacio se suma una sala especialmente acondicionada para la exhibición de videos y trabajos que requieren ausencia de luz natural.

Un segundo edificio está destinado a la reserva técnica, donde se resguarda, conserva y organiza el importante acervo de la Fundación, integrado por más de cuatro mil obras. Es quizás el espacio menos visible para el visitante, pero constituye literalmente la memoria material de la institución y uno de los pilares que hacen posible su actividad de investigación, conservación y difusión.

El tercer edificio señala directamente hacia el futuro. Se trata de una nueva construcción, de dimensiones mayores, actualmente próxima a inaugurarse, concebida para ampliar considerablemente las posibilidades de la Fundación. Allí funcionará una nueva sala de exposiciones junto con una cafetería y una tienda de mayores dimensiones, incorporando espacios de encuentro y permanencia que extenderán la experiencia más allá de la contemplación estrictamente expositiva.

La ampliación resulta particularmente significativa porque revela que la Fundación no se piensa como una obra concluida.

Crece.

Y lo hace sin abandonar el territorio que le otorga buena parte de su identidad.

En medio de esa chacra de Viamão, rodeada de vegetación y aparentemente alejada de los grandes centros internacionales del arte, se consolida una infraestructura cultural cada vez más ambiciosa. La paradoja es estimulante: cuanto más crece la Fundación, menos necesita parecerse a una institución metropolitana para demostrar su relevancia.

Allí mismo, además, se encuentra la casa donde reside Vera cuando está en Brasil.

La proximidad resulta reveladora. Su casa, las salas de exposición, la reserva que protege miles de obras y el nuevo edificio conviven dentro del mismo paisaje. Vida privada, producción artística, colección e institución no aparecen como compartimentos completamente separados, sino como partes de un proyecto que lleva décadas construyéndose.

También desde la arquitectura, entonces, la Fundação Vera Chaves Barcellos parece responder a aquella frase de su fundadora:

“Tenho tanto para fazer que não tenho tempo para envelhecer.”

Aquí tampoco parece haber demasiado tiempo para envejecer. Hay todavía mucho por construir.

La Sala dos Pomares, inaugurada como espacio expositivo en 2010, fue concebida específicamente para presentar arte contemporáneo siguiendo directrices establecidas por Vera Chaves Barcellos y Patricio Farías. En el mismo terreno se construyeron además las reservas técnicas destinadas a la conservación del acervo.

La sala principal, que recibe a los visitante con una obra luminosa de Antoni Muntadas (Barcelona, 1942), realizada especialmente para la fundación reza “Atençao: percepçao requer envolvimento”, la que nos anticipa y nos prepara para la acción, sorprende por su escala y claridad.

La doble altura de la sala y el entrepiso permiten dos experiencias simultáneas: la proximidad necesaria para enfrentarse individualmente a una obra y una visión elevada desde la cual el montaje puede leerse como conjunto.

Existe además un espacio oscuro destinado a trabajos audiovisuales y otras áreas vinculadas con las actividades de la institución. El complejo continúa desarrollándose y ampliándose.

Y en esa misma chacra se encuentra la casa de Vera.

El dato no es menor.

Arte, colección, institución y vida conviven en un mismo territorio.

Quizás allí resida una de las singularidades de la Fundación puesto no parece haber surgido del deseo de levantar un monumento personal, sino de prolongar una manera de entender el arte.

Educar también es coleccionar futuro

Durante mi visita conocí también a Margarita Kremer, responsable junto con Ethiene Nachtigall del Programa Educativo de la Fundación. Su presencia permite comprender otra dimensión fundamental del proyecto.

Porque conservar cuatro mil obras sería insuficiente si esas obras permanecieran mudas dentro de una reserva.

La Fundación realiza dos exposiciones al año, desarrolla visitas mediadas, actividades de formación, debates, seminarios y talleres destinados a generar pensamiento crítico y ampliar las posibilidades de interpretación del arte contemporáneo. El programa educativo trabaja, además, con profesores y estudiantes y produce materiales específicos vinculados con las exposiciones.

En Margarita encontré esa figura imprescindible y demasiadas veces relegada dentro de las instituciones artísticas ya que es quien establece el puente entre la obra y aquel que todavía no posee las herramientas para aproximarse a ella.

Una colección preserva objetos.
La educación permite que esos objetos continúen produciendo sentido.

Uma Força Estranha

La exposición que actualmente ocupa la Sala dos Pomares lleva un título particularmente apropiado para todo lo que sucede allí: Uma Força Estranha.

Inaugurada el 29 de agosto y abierta hasta el 5 de diciembre de 2026, reúne 53 obras de 36 artistas mujeres brasileñas e internacionales, todas pertenecientes al acervo de la Fundación.

La organización corresponde a Vera Chaves Barcellos, la expografía a Arthur Bonfim y el texto crítico a Ana Albani de Carvalho, historiadora y crítica de arte, profesora de la UFRGS e integrante del Consejo Deliberativo de la institución.

El título procede de Força Estranha, la canción compuesta por Caetano Veloso en 1978 y convertida en una de esas piezas capaces de sobrevivir a la época que las produjo.

No podría resultar más pertinente.

Porque la exposición habla de mujeres artistas, pero sería reductivo entenderla exclusivamente como una muestra articulada alrededor del género.

Lo verdaderamente interesante aparece cuando las obras comienzan a relacionarse.

Aquí no encontramos una sucesión de nombres destinada a demostrar representatividad. Hay una construcción visual en la que las piezas se aproximan, se contradicen y, sobre todo, se potencian sin quitarse mutuamente protagonismo.

El espacio generoso contribuye decisivamente.

Las obras respiran.
Y esa respiración evita uno de los problemas frecuentes de las grandes exposiciones contemporáneas como es la acumulación convertida en argumento.

Aquí ocurre lo contrario.
La distancia entre las piezas concede tiempo a la mirada.

Agua, naturaleza, cuerpo

Ana Albani de Carvalho propone en su ensayo tres vectores posibles para atravesar la exposición: naturaleza, cuerpo y geometrías inestables, detectando además la presencia recurrente del agua como una corriente casi subterránea que conecta numerosos trabajos.

Es una lectura fértil porque no pretende imponer un significado único.

El agua aparece literal o metafóricamente; puede ser memoria, transformación, profundidad, amenaza o tránsito.

La naturaleza, por su parte, abandona cualquier posibilidad de inocencia.

En trabajos de Marlies Ritter, Dione Veiga Vieira, Lia Menna Barreto o Helena D’Avila, lo natural y lo artificial entran en permanente negociación. Una hoja puede dejar de ser naturaleza para convertirse en artificio y, paradójicamente, ese artificio terminar interrogando nuestra idea de paisaje.

El cuerpo constituye otro de los grandes territorios de la exposición.

Aparece fragmentado, expuesto, insinuado, violentado, recordado o directamente ausente. Las obras de Brígida Baltar, Fernanda Chemale, Virginia de Medeiros, Carla Borba, Sarah Bliss, Mariana Silva da Silva o Heloisa Schneiders da Silva, entre otras, hacen del cuerpo mucho más que una representación anatómica: lo convierten en territorio social, político y emocional.

Especialmente poderosa resulta esa zona en la que la exposición evita explicar demasiado.

Frente a algunas imágenes no sabemos con certeza si estamos observando placer, dolor, vulnerabilidad, violencia o deseo.

Y precisamente allí comienza el arte.

Geometrías que pierden la estabilidad

El tercer territorio aparece en aquello que Ana Albani denomina geometrías inestables.

Marina Camargo, Débora Bolzsoni, Gisela Waetge, Maria Lucia Cattani o Elaine Tedesco permiten comprobar cómo una forma aparentemente ordenada puede contener su propia posibilidad de ruptura.

Plano y volumen dejan de ser categorías seguras.

La materia se tuerce.
El soporte deja de comportarse como soporte.

La geometría pierde aquella tranquilidad racional que históricamente le atribuimos y adquiere cuerpo, accidente e incluso fragilidad.

La Arapuca e Confete de Débora Bolzsoni sintetiza magníficamente esa incertidumbre donde se relacionan trampa y celebración, peso y volatilidad, dibujo y escultura.

Nada termina de permanecer donde debería.

Una uruguaya en Viamão

Dentro de este amplio conjunto existe además una presencia que, desde Uruguay, merece particularmente nuestra atención: Teresa Puppo.

La artista visual y escritora montevideana, nacida en 1952, ha desarrollado desde los años ochenta una práctica deliberadamente experimental atravesada por el videoarte, el cine experimental, la fotografía, la performance, el dibujo, la pintura y la escritura. El Museo Nacional de Artes Visuales la reconoce además como una de las pioneras del videoarte uruguayo.

Su inclusión en Uma Força Estranha posee entonces una significación que excede cualquier satisfacción de pertenencia nacional.

Que una obra de Puppo integre esta selección confirma también algo acerca del alcance de la colección construida por Vera ya que desde Viamão se ha ido formando un archivo de relaciones que atraviesa fronteras y pone en contacto escenas artísticas latinoamericanas y europeas.

La presencia uruguaya no aparece como excepción decorativa sino incorporada naturalmente dentro de esa trama internacional.

Treinta y seis artistas, ninguna como relleno

La exposición reúne a Marina Camargo, Regina Silveira, Débora Bolzsoni, Teresa Poester, Helena D’Avila, Marlies Ritter, Fernanda Chemale, Romy Pocztaruk, Dione Veiga Vieira, Ío —dúo formado por Laura Cattani y Munir Klamt—, Paula Krause, Brígida Baltar, Lurdi Blauth, Ananda Kuhn, Elaine Tedesco, Lia Menna Barreto, Gisela Waetge, Maria Lídia Magliani, Thereza Miranda Alves, Wanda Pimentel, Maria Lucia Cattani, Karin Lambrecht, Ana Maria Tavares, Lily Hwa, Suely Anna Kelling, Vera Chaves Barcellos, Mara Alvares, Sarah Bliss, Mariana Silva da Silva, Virginia de Medeiros, Heloisa Schneiders da Silva, Carla Borba, Begoña Egurbide, Monika Funke Stern, Teresa Puppo y Francesca Llopis.

La enumeración importa.

Porque detrás del concepto general existen individualidades y trayectorias que la exposición no aplana.

Ese es, probablemente, uno de sus mayores aciertos.

La temática no se come las obras.

Una institución es también quienes la piensan

Detrás de la Fundación existe asimismo una estructura colectiva que impide reducirla a la figura —por poderosa que sea— de Vera Chaves Barcellos.

Su Consejo Deliberativo está integrado actualmente por Ana Maria Albani de Carvalho, Clóvis Dariano, Eduardo Veras, Elaine Tedesco, Flávio Kiefer, Leopoldo Plentz, Maria Fernanda de Lima Santin, Paulo Silveira y Patricio Farías, quien lo preside. (FVCB⁠)

Artistas, investigadores, críticos, académicos y profesionales vinculados con la cultura acompañan así una institución cuya actividad excede ampliamente la realización de exposiciones.

Y este punto resulta fundamental.

La Fundación conserva, cataloga, investiga, publica, educa, produce exposiciones y facilita el acceso de investigadores a sus fondos.
Su Centro de Documentación y Pesquisa trabaja además con archivos relacionados con la propia Vera, Nervo Óptico, Espaço N.O., Galeria Obra Aberta y la historia reciente del arte contemporáneo de la región.

Desde una chacra.

Conviene repetirlo porque ahí reside buena parte de la paradoja.

El centro puede estar en cualquier parte

Tenemos cierta tendencia a pensar la circulación internacional del arte desde una cartografía preestablecida.

Los centros están en determinadas ciudades. Las instituciones importantes ocupan determinados edificios. La legitimación parecería necesitar determinada arquitectura.

La Fundação Vera Chaves Barcellos cuestiona silenciosamente esa lógica.

No necesita proclamar que Viamão es el centro de nada.

Simplemente trabaja.

Preserva más de cuatro mil obras, investiga, produce exposiciones, publica, educa, establece intercambios y mantiene vínculos con artistas brasileños e internacionales. Su propio acervo es consecuencia de décadas de circulación, amistad, intercambio intelectual y curiosidad.

Y quizá allí radique la verdadera incidencia internacional de la Fundación que radica no en intentar parecerse a las grandes instituciones del mundo, sino en demostrar que una institución rigurosa puede construirse desde un lugar absolutamente propio.

Después de conocer a Vera, esa conclusión resulta todavía más evidente.

La Fundación se parece bastante a ella.

Es seria sin ser solemne.

Rigurosa sin resultar distante.

Internacional sin renunciar a su territorio.

Y posee esa extraña mezcla de experiencia, curiosidad y desobediencia que permite llegar a los 88 años pensando más en lo que todavía queda por hacer que en aquello que ya se hizo.

Entonces el título de la exposición adquiere otra dimensión.

Uma Força Estranha deja de nombrar únicamente las 53 obras reunidas en la Sala dos Pomares.

Termina nombrando también a Vera.

A esa mujer que coleccionó para compartir, creó una fundación para preservar y difundir, continúa produciendo como artista y vive a pocos metros de las obras que decidió poner a disposición de los demás.

Quizás su frase sea finalmente la mejor definición de todo el proyecto:

“Tenho tanto para fazer que não tenho tempo para envelhecer.”

Mientras existan personas capaces de pensar así, el arte tampoco tendrá demasiado tiempo para envejecer.


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