Porto Alegre, Brasil.
Vengo a Porto Alegre desde hace muchísimos años. Al principio, todavía con permiso de menor; después, por trabajo y, finalmente, por el simple placer de regresar.
Amo esta ciudad. La siento como mi segunda casa y, en cada viaje, procuro descubrir algo nuevo como lugares, restaurantes, librerías y, en otros tiempos, aquellas tiendas de discos donde uno podía pasar horas revolviendo CDs.
Hace poco vi en las redes una publicidad sobre la Rua Gonçalo de Carvalho, en la que se la presentaba nada menos que como “la calle más bonita del mundo”. Una afirmación de semejante calibre despertó mi curiosidad y hoy decidí ir a conocerla.
Ubicada en la zona de Moinhos de Vento, se extiende a lo largo de unos 500 metros bajo una extraordinaria bóveda vegetal formada por enormes árboles. Es, sin duda, una calle bonita, singular y con una atmósfera particular.
Ahora bien, de ahí a proclamarla la calle más bonita del mundo hay un trecho bastante más largo que sus 500 metros.
La afirmación denota, según se la mire, falta de conocimiento del mundo o esa entrañable soberbia brasileña que lleva a sostener que aquí se encuentra siempre lo más grande, lo más bello o lo mejor del planeta.
Debo de haber pasado por sus alrededores decenas de veces y, sin embargo, nunca había reparado en ese esplendor que hoy se le atribuye.
Además, la calle tampoco está todo lo cuidada que semejante título exigiría. Hay marquesinas comerciales que interfieren con su carácter —y que, a mi entender, deberían estar mucho más reguladas—, construcciones que no acompañan y algunas casas que muestran cierto abandono. Si se pretende convertirla en un emblema urbano, habría que comenzar por protegerla como tal.
Después de caminarla de punta a punta, ida y vuelta, me cayó la ficha.
Me sentí un poco engañado y, al mismo tiempo, tomé nota de cuánta publicidad tergiversada circula por las redes y de la facilidad con que terminamos aceptando determinados eslóganes como verdades. Basta repetir que algo es “lo más lindo del mundo” para despertar curiosidad, generar visitas y convertir una afirmación discutible en atractivo turístico.
Entonces recordé aquella broma recurrente de que Brasil tiene todo lo más lindo, lo más grande y lo mejor del mundo.
Y me reí. Con afecto, por supuesto.
Porque amo Brasil y Porto Alegre ocupa un lugar especial en mi vida.
Quizás por eso mismo puedo permitirme decirlo: la Rua Gonçalo de Carvalho es bonita, tiene encanto y merece ser conocida y mejor cuidada.
Pero ¿la calle más bonita del mundo?
Vamos… tampoco abusemos.
Amo Brasil.
Y justamente por eso le perdono este pequeño engaño.
