Porto Alegre, Brasil.
Venir a Porto Alegre y no pasar por Churrascaria Schneider es, para mí, como no haber venido.
Y lo digo sin demasiadas vueltas pues para mi gusto, aquí se come una de las carnes más sabrosas del mundo.
Los conozco desde hace muchísimos años. Primero frecuenté la sucursal de São Leopoldo y luego la de Porto Alegre. Tanto me entusiasmó siempre la propuesta que, en algún momento, hasta les planteé la posibilidad de instalar una franquicia en Montevideo.
La relación calidad-precio es difícil de superar. La variedad de carnes parece no terminar nunca y se acompaña con ensaladas, entradas y hasta sushi. Y no hay que olvidarse del queso de leche de búfala, que acompañado con mermelada, como dicen por aquí, “fica melhor” y los palmitos que están incluidos en la selección y no como en otros restaurantes que los cobran aparte.
Los postres suelen quedar relegados, pero no precisamente por falta de méritos. El problema es llegar hasta ellos después de semejante despliegue.
Fue aquí, además, donde conocí el “chico balanceado”, un postre al que me resistí durante años —quizás el nombre no ayudaba demasiado— hasta que finalmente lo probé. Grave error: me convertí en adicto aunque hoy infelizmente no había.
Schneider, parafraseando a Enrique IV, “bien vale una misa”.
Eso sí, una cada tanto.
Porque uno entra caminando y, si se descuida, sale rodando.
