Imperadores do samba

Porto Alegre, Brasil.

Gracias a un conductor de Uber me enteré de que en Imperadores do Samba estaban ensayando para el próximo Carnaval. Venía de visitar una exposición y, apenas terminé, salí corriendo hacia allí.

Y una vez más confirmé algo que vengo sintiendo durante estos días en Porto Alegre como es la enorme amabilidad de los gaúchos.

Llegué casi como un intruso, sin conocer a nadie, y enseguida me acogieron con una gentileza extraordinaria. Me fueron explicando cómo funcionan los ensayos, quiénes participan y de qué manera se prepara una escola para ese momento culminante que es el desfile de Carnaval.

Tomé fotografías y grabé videos. Pero, sobre todo, traté de absorber lo que sucedía a mi alrededor. Porque aquello era contagioso, emotivo y profundamente humano.

Había música, baile, cuerpos en movimiento, familias enteras participando y una energía colectiva difícil de transmitir mediante una fotografía.

Y entonces pensé nuevamente en la extraordinaria fuerza de la cultura afrobrasileña.

Un pueblo cuyos antepasados fueron arrancados violentamente de África y sometidos durante siglos a la esclavitud logró preservar, transformar y transmitir una herencia cultural que hoy constituye una parte esencial de la identidad brasileña.

La música, la percusión, la danza, el encuentro colectivo y esa capacidad de convertir el espacio compartido en celebración hablan también de resistencia, memoria y pertenencia. No se trata de olvidar el dolor ni de negar las desigualdades que todavía persisten, sino de comprender la enorme potencia cultural que pudo construirse a pesar de ellas.

Brasil es único en el mundo y cada vez que regreso lo reconfirmo.

Terminé la noche sentado junto a dos mujeres que, cuando eran jóvenes, habían bailado en los desfiles. Hoy siguen vinculadas a la escola acompañando a sus hijas, que continúan aquella tradición.

Las escuchaba hablar y veía el orgullo en sus caras. Orgullo por sus hijas, por sus orígenes, por su escola y por una tradición que pasa de una generación a otra casi naturalmente.

Ahí comprendí que el Carnaval no comienza cuando las escolas entran en la avenida.
Empieza mucho antes.

Empieza en estos ensayos, en las familias, en los niños que crecen escuchando los tambores, en las madres que alguna vez desfilaron y ahora acompañan a sus hijas, en quienes cosen, organizan, bailan, cantan y regresan cada año.

El Carnaval se hereda.

Y mientras estaba allí, rodeado de música, movimiento y familias enteras entregadas con orgullo a su escola, sentí que el corazón se me iba a salir del pecho.

Yo había ido simplemente a conocer un ensayo.

Terminé asistiendo a una celebración de identidad, memoria y pertenencia.


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