Porto Alegre, Brasil.
Un niño en silla de ruedas, integrante de Imperadores do Samba, me emocionó hasta las lágrimas.
Un ejemplo de fortaleza, tesón y, sobre todo, de alegría. Bailaba con sus hombros, con sus brazos y fundamentalmente con su carita, que parecía acompañar cada golpe de la percusión.
No había que explicar nada. Él era parte de la escola, de la música, del Carnaval y de esa celebración colectiva.
Mientras lo miraba pensé que bailar no depende solamente de las piernas.
También se baila con el alma.
