Porto Alegre, Brasil.
El centro de una ciudad suele ser un buen lugar para tomarle el pulso. Y Porto Alegre no es la excepción.
En plena campaña por las elecciones nacionales, la política ha ganado la calle. Banderas multicolores, propaganda, militantes trabajando por sus candidatos y megáfonos a viva voz forman parte del paisaje cotidiano.
Brasil vuelve a mostrar una fuerte polarización política, con Lula de un lado y Bolsonaro del otro, mientras otras opciones parecen encontrar menos espacio en la conversación pública. Una bipolaridad que, con distintos nombres y matices, también atraviesa a muchas sociedades contemporáneas.
Pero el centro de Porto Alegre cuenta otras historias.
Su arquitectura conserva enormes casonas y edificios históricos que luchan por sobrevivir al paso del tiempo y al abandono. Algunos resisten con dignidad; otros ya han sucumbido.
Entre sus fachadas aparece también una realidad mucho más dura con numerosas personas en situación de calle, demasiado frecuentemente invisibilizadas por una sociedad que parece haberse acostumbrado a convivir con aquello que debería interpelarla.
Recorrer el centro de la ciudad puede convertirse así en un viaje difícil de sobrellevar. Hay tristeza, deterioro y abandono, pero también una extraña poesía que emerge entre las grietas.
Esta zona expone algunas de las contradicciones de una potencia como Brasil donde un país inmensamente rico en recursos, cultura y creatividad que continúa conviviendo con profundas desigualdades sociales.
Y, sin embargo, Porto Alegre no se entrega a la melancolía.
En medio de todo, aparece la música. Aparecen las conversaciones, los encuentros, el movimiento de la calle y esa capacidad tan brasileña de hacer irrumpir la vitalidad incluso allí donde el paisaje parecería reclamar silencio.
Quizás sea esa la imagen que me llevo del centro de Porto Alegre: una ciudad que muestra sus heridas sin esconderlas y que, aun así, sigue encontrando razones para sonar, moverse y vivir.
