Montevideo, Uruguay.
Una muestra que no logró su cometido
Ayer quedó inaugurada en Galería Azur la muestra colectiva “Naturalezas híbridas. Ficciones del paisaje contemporáneo”, conformada por obras de un grupo de artistas mujeres, varias de ellas destacadas y referentes de nuestro medio.
La convocatoria generaba expectativas. No solamente por los nombres reunidos, sino también por una comunicación previa sugerente y, fundamentalmente, por una propuesta curatorial que prometía establecer relaciones entre diferentes aproximaciones al paisaje, la naturaleza y sus transformaciones contemporáneas.
El texto que acompaña la exposición comienza planteando una pregunta pertinente:
“¿Dónde termina aquello que aprendimos a reconocer como ‘natural’ y dónde comienza lo artificial? El paisaje uruguayo, históricamente asociado con la llanura infinita y la contemplación idílica, aparece aquí como un territorio atravesado por cruces, tensiones y transformaciones.”
La premisa resulta atractiva. El problema aparece cuando ingresamos a la sala y comprobamos que ese entramado conceptual anunciado en el texto no consigue trasladarse con igual eficacia al montaje.
Una muestra colectiva no consiste únicamente en reunir obras de diferentes artistas bajo un mismo título. Supone construir relaciones entre ellas, generar tensiones, aproximaciones, silencios y contrapuntos capaces de producir una lectura que trascienda la individualidad de cada pieza.
Y es precisamente allí donde “Naturalezas híbridas” no logra, a mi entender, su cometido.
Hay muy buenas obras. Lo que falta es el diálogo necesario para que puedan ser percibidas como parte de un conjunto y para que la exposición construya ese “algo” que debe existir por encima de cada trabajo individual.
El texto curatorial sostiene que las artistas “cuestionan las fronteras entre lo orgánico y lo artificial, lo humano y lo no humano” y propone pensar la naturaleza como “una construcción en permanente transformación, atravesada por relaciones biológicas, tecnológicas, políticas y afectivas”.
Ese discurso necesitaba del espacio para materializarse.
Y el espacio, en demasiadas ocasiones, termina jugando en su contra.
Galería Azur, dirigida por Nadia Kokogian, cumple naturalmente una función comercial y es comprensible que, en su actividad cotidiana, aproveche paredes y sectores para exhibir la mayor cantidad posible de obras. Pero cuando se decide realizar una exposición colectiva de carácter temático y con semejantes pretensiones curatoriales, el criterio debería ser otro.
La sala debe ponerse al servicio de la obra y no la obra al servicio de la sala.
También debemos reconocer una dificultad de origen puesto que la galería no fue construida específicamente como sala museística y su distribución en diferentes ambientes hace más compleja la posibilidad de conseguir continuidad visual y conceptual.
Precisamente por eso el montaje exigía una selección y una edición todavía más rigurosas.
No todo espacio vacío necesita una obra.
Y no toda obra disponible necesita ser expuesta.
Quizás el caso más evidente sea el de Yvonne D’Acosta, cuyos sugerentes paisajes oníricos fueron ubicados detrás de un enorme escritorio. Comprendo perfectamente la necesidad funcional de ese mueble para la actividad comercial de la galería, pero cuando se inaugura una exposición con estas ambiciones, el escritorio debería haber sido retirado o, sencillamente, esa pared no debería haberse utilizado.
Un mueble de semejantes dimensiones interfiere inevitablemente en la visión del espectador y condiciona la relación con las pinturas.
Algo diferente, pero igualmente problemático, ocurre con las obras de Mariana Ferrero, distribuidas en distintos rincones y fragmentos de pared que parecieran responder más a los espacios disponibles que a una decisión destinada a fortalecer su lectura.
Hubiera resultado mucho más coherente reunirlas y permitir que construyeran entre sí un pequeño núcleo dentro del relato general.
Este criterio de ocupar paredes remite a formas de colgado propias de otras épocas y resulta difícil de conciliar con una exposición de arte contemporáneo que pretende generar una narrativa por encima de las obras individuales.
Hay que aprender también a dejar paredes libres.
El vacío no necesariamente significa ausencia. En una exposición puede convertirse en respiración, pausa y distancia imprescindible para que una obra alcance su verdadera presencia.
Algo similar sucede con una fotografía de pequeñas dimensiones de Elaiza Pozzi, que queda prácticamente perdida. Su proximidad con las pinturas de gran formato de la propia artista podría haber establecido una relación más efectiva; de lo contrario, quizás hubiera sido preferible no incluirla.
Los pequeños muros que dividen algunos sectores tampoco colaboran. En lugar de vincular, fragmentan; en lugar de generar continuidad, interrumpen.
Las obras de Sofía Córdoba, una excelente artista, tampoco consiguen alcanzar la efectividad que merecen y terminan flotando en el espacio sin encontrar una relación suficientemente sólida con aquello que las rodea.
Existen, sin embargo, momentos donde la exposición demuestra que el diálogo buscado era posible.
La sala que recibe la obra de Tanky (Leticia Almeida) resulta particularmente efectiva. También funciona con gran acierto el encuentro entre las esculturas de Adela Casacuberta y las pinturas de Elaiza Pozzi. Allí sí aparece una conversación: materiales, formas y sensibilidades diferentes consiguen aproximarse sin anular sus respectivas autonomías.
Son precisamente esos momentos los que permiten imaginar la exposición que podría haber sido.
Y es una pena, porque estamos frente a buenas artistas y buenas obras.
Participar de una exposición colectiva implica aceptar que durante un tiempo la obra individual formará parte de una construcción mayor. De la misma manera, curar y montar una colectiva supone seleccionar, renunciar, jerarquizar y establecer distancias. No se trata de colocar todo aquello que físicamente cabe dentro de una sala.
Se trata de construir sentido.
“Naturalezas híbridas” propone desde su texto pensar un mundo donde lo orgánico y lo artificial se fusionan, donde las fronteras se vuelven inestables y el paisaje deja de ser una simple contemplación para convertirse en territorio cultural, político y afectivo.
La idea estaba, las obras también pero
lo que faltó fue conseguir que el espacio las hiciera hablar entre ellas.
Por eso, finalmente, queda la sensación de estar ante una reunión de buenas individualidades antes que frente a una exposición colectiva plenamente articulada.
Y cuando el aprovechamiento del espacio termina imponiéndose sobre la construcción de una narrativa, la balanza inevitablemente se inclina.
Aquí se percibe un propósito más comercial que poético.
La nómina de las artistas participantes está conformada por:
Adela Casacuberta, Julia Castagno, Sofía Córdoba, Yvonne D’Acosta, Mariana Ferrero, Karina Flores, Camila Lacroze, Florencia Martinez Aysa, Elaiza Pozzi, Juliana Rosales y Tanky
