Conversatorio Internacional sobre Arte e Inteligencia Artificial

Canelones, Uruguay.

Hoy participé de una conferencia organizada por Z Art Lab, dirigida por Darío Invernizzi, centrada en uno de los asuntos que inevitablemente atraviesan nuestro presente como es el uso de la inteligencia artificial (IA) y, particularmente, su incidencia en las artes visuales contemporáneas.

El encuentro tuvo lugar en la sala de conferencias Aerosala, en TUMO, dentro del radio del Aeropuerto de Carrasco, en Canelones.

Se trató de la primera edición de ON.AI – Conversatorio Internacional sobre Arte e Inteligencia Artificial, una instancia que reunió a artistas y curadores de América Latina para abordar algunas de las principales tensiones, interrogantes y perspectivas que abre actualmente la inteligencia artificial en el terreno de la creación.

El panel estuvo integrado por Jazmín Adler (Argentina), Fernando Velázquez (Uruguay/Brasil), Tanky (Uruguay) y Aarón Sosa (Venezuela), con la moderación de Darío Invernizzi.

Los cuatro participantes abordaron el fenómeno desde lugares diferentes y, precisamente por ello, complementarios.
Tanky, Velázquez y Sosa lo hicieron fundamentalmente desde sus experiencias como artistas, mientras que Adler aportó una perspectiva teórica y curatorial.

Uno de los asuntos que atravesó el conversatorio fue la necesidad de desmitificar la IA.

Porque detrás de esa expresión, que todavía despierta fascinación, sospecha y hasta temor, existe una herramienta construida, entrenada y dirigida por seres humanos. Incluso la denominación “inteligencia artificial” puede resultar engañosa cuando termina atribuyendo autonomía o capacidades casi mágicas a procesos que dependen de sistemas creados y alimentados por personas.

También se abordaron las limitaciones existentes para acceder a determinadas plataformas más desarrolladas y las desigualdades que acompañan el desarrollo tecnológico.

Especialmente inquietante fue la referencia al enorme trabajo humano que permanece oculto detrás de estos sistemas donde se utilizan personas dedicadas a clasificar, etiquetar y describir imágenes y contenidos para alimentar modelos de inteligencia artificial, muchas veces bajo condiciones laborales precarias. Es una cara menos visible de una tecnología que suele presentarse como si funcionara de manera completamente autónoma.

La historia de la IA como disciplina suele situar uno de sus momentos fundacionales en 1956, con la conferencia de Dartmouth. Sin embargo, aquello que durante décadas permaneció circunscripto a ámbitos científicos y tecnológicos hoy ingresó definitivamente en nuestra vida cotidiana y, por supuesto, en el territorio del arte.

La resistencia que provoca tampoco resulta novedosa.

La humanidad ha reaccionado con temor frente a muchas transformaciones tecnológicas: ocurrió con la máquina de vapor, el ferrocarril, la Revolución Industrial, la televisión y la computadora.
En el campo artístico sucedió algo semejante con la aparición de la fotografía, que llegó acompañada por el temor de que pudiera significar el final de la pintura.

Y no ocurrió.

La pintura cambió, se interrogó y encontró nuevos caminos.

Tal vez allí se encuentre una de las claves para pensar nuestra relación actual con la IA.

No parece demasiado fértil discutir únicamente si debemos aceptarla o rechazarla, porque ya está entre nosotros. La pregunta verdaderamente contemporánea es qué hacemos con ella.

En el arte, como frente a cualquier otra herramienta, la tecnología por sí sola no garantiza una obra. Puede ampliar posibilidades, acelerar procesos, generar imágenes y abrir territorios hasta hace poco impensables, pero continúa necesitando de una voluntad capaz de decidir hacia dónde dirigirla.

El desafío, entonces, no consiste en competir con la IA ni en entregarnos pasivamente a sus posibilidades.

Consiste en guiarla desde nuestros propósitos, someterla a nuestras preguntas y utilizarla sin renunciar al pensamiento crítico.

Porque detrás de toda herramienta sigue existiendo una decisión humana.

Y allí, precisamente, comienza el arte.


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