Alfred y Emily – Doris Lessing

Mala elección

Cuando el nombre de Doris Lessing irrumpió con fuerza en el ámbito literario internacional, ya era una mujer de avanzada edad. Para muchos lectores —entre los que me encontraba— era prácticamente una desconocida.

Cuando en 2007 fue galardonada con el Premio Nobel de Literatura, el mayor reconocimiento al que puede aspirar un escritor, comenzamos a preguntarnos quién era aquella mujer, qué había escrito y qué había detrás de una obra que merecía semejante distinción.

Lessing tenía entonces 87 años y se convirtió en la mujer de mayor edad en recibir el Nobel de Literatura. La Academia Sueca la definió como una narradora de la experiencia femenina que, con escepticismo, pasión y fuerza visionaria, había sometido a examen una civilización dividida.

Y vaya si había vivido para poder hacerlo.
Nació en 1919 como Doris May Tayler, en Persia, actual Irán. Su padre, Alfred, había quedado mutilado durante la Primera Guerra Mundial y su madre, Emily, había trabajado como enfermera. Dos vidas profundamente atravesadas por aquella guerra que, décadas después, su hija intentaría reescribir en Alfred y Emily.

En 1925 la familia se trasladó a Rodesia del Sur, actual Zimbabue, persiguiendo el sueño de prosperar con una granja. La experiencia africana, el paisaje, las tensiones raciales del sistema colonial, la soledad y, especialmente, la difícil relación con su madre terminarían marcando buena parte del universo literario de Lessing.

Abandonó la escuela siendo adolescente y completó su formación de manera esencialmente autodidacta. Después vendrían dos matrimonios, el apellido Lessing que conservaría para siempre y una decisión particularmente radical pues en 1949 dejó África y se instaló en Londres con su hijo menor y el manuscrito de su primera novela.

Conociendo estos antecedentes, “Alfred y Emily” deja de ser simplemente una historia sobre sus padres. Es también el regreso de una mujer anciana al territorio donde comenzó todo.

Fue precisamente después de recibir el Nobel cuando compré “Alfred y Emily”, apostando a descubrir en sus páginas el alma añeja y sabia de una escritora que tenía toda una vida para contar.

El libro esperó casi veinte años su turno en mi biblioteca y finalmente, lo leí.
Y fue una mala elección.

“Alfred y Emily”, publicado en 2008, es un extraño híbrido entre ficción, memoria y ajuste de cuentas familiar. Un libro tardío, escrito por una Lessing cercana a los noventa años, que parece funcionar más como un ejercicio íntimo de revisión de su propia historia que como una obra destinada a demostrar la dimensión literaria que la llevó al Nobel.

El punto de partida, sin embargo, es formidable como fue imaginar qué habría sido de la vida de sus padres si la Primera Guerra Mundial nunca hubiese ocurrido.

Lessing intenta así reparar desde la literatura aquello que la historia destruyó.

En la primera parte, ficciona para “Alfred y Emily” una existencia alternativa. Su padre no atraviesa el horror de las trincheras ni sufre las heridas que determinarían su futuro; su madre tampoco carga con las consecuencias de haber sido enfermera durante la guerra.
Ni siquiera conforman un matrimonio.

Confieso que me costó muchísimo entrar en ese mundo.
Hasta que decidí cambiar las reglas del juego como lector. Opté por encararlo como si estuviera frente a una novela de Jane Austen y aceptar sus códigos, sus personajes, sus convenciones sociales y ese universo británico aparentemente pequeño donde las relaciones humanas terminan ocupándolo todo.

Y entonces entré.
Incluso terminé disfrutándolo.

Pero llega la segunda parte y Lessing abandona la vida imaginada para enfrentarnos con la verdadera.

Allí aparecen sus padres tal como fueron: Alfred, marcado física y psicológicamente por la guerra y por la pérdida de una pierna; Emily, atravesada también por aquella experiencia; y posteriormente la vida familiar en África, territorio fundamental en la formación de la escritora.

Y allí el libro, para mí, se desploma.

La segunda parte me resultó francamente aburrida. Densa, reiterativa y por momentos excesivamente encerrada en una memoria personal que no siempre consigue transformarse en experiencia literaria para quien está del otro lado de la página.

Tuve la sensación de que Lessing estaba pensando su vida en voz alta.

Como si, consciente de encontrarse en el último tramo de su existencia, hubiese sentido la necesidad de ordenar cuentas pendientes antes de abandonar este mundo. No necesariamente para nosotros, sus lectores, sino para ella misma.

Y entre esas cuentas aparece una decisiva, su madre.

El resentimiento y la conflictiva relación que Doris Lessing mantuvo con Emily constituyen, a mi entender, el verdadero motor psicológico del libro. La guerra puede ser el gran acontecimiento histórico que sobrevuela la obra, pero debajo de ella late otra batalla, mucho más íntima como es la de una hija intentando comprender —y quizá perdonar— a sus padres.

Ahí está probablemente la razón de ser de “Alfred y Emily”.

Pero comprender las razones de un libro no obliga a disfrutarlo.

Después de casi veinte años esperando en mi biblioteca, mi primer encuentro con Doris Lessing terminó siendo una decepción.

Sé perfectamente que su extensa obra contiene títulos mucho más celebrados y seguramente más representativos de la escritora extraordinaria que la Academia Sueca decidió premiar.

Pero el problema es otro.

Los lectores también construimos nuestros prejuicios.
Elegimos un libro, abrimos una puerta y esperamos que del otro lado aparezca un autor capaz de seducirnos.

A mí me tocó la puerta equivocada.

Y ahora, injustamente o no, me costará volver a elegir a Doris Lessing.


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