Acaba de llegar a mis manos Escultura en Uruguay, libro de Rubens Fernández (Montevideo, 1954), publicado por Linardi y Risso en 2026, que recorre la historia de la escultura en nuestro país. La publicación cuenta con un prólogo de Marcel Suárez, director de la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación.
Se trata de un libro necesario.
La escultura ha sido un soporte artístico bastante desconsiderado dentro de las artes plásticas en Uruguay. Particularmente la de carácter público ha ido perdiendo protagonismo dentro del bullicioso orden urbano, en buena medida porque muchas de esas obras fueron concebidas para rendir homenaje a acontecimientos y personajes que, si bien no han caído en el olvido, han pasado a un segundo plano como consecuencia de los nuevos órdenes cívicos y culturales de la sociedad.
Durante muchos años Uruguay fue poblado de esculturas, fundamentalmente a partir de la Jura de la Constitución de 1830, cuando el país necesitaba construir no solamente su organización política sino también un marco cultural y un imaginario simbólico.
La escultura cumplió entonces una función esencial.
Monumentos, próceres y figuras alegóricas ocuparon plazas y espacios públicos, elevados sobre pedestales que no solo sostenían las obras sino también aquello que la sociedad pretendía honrar y perpetuar.
Dentro de ese propósito también se incorporaron al paisaje urbano copias de grandes obras europeas, desde el David de Miguel Ángel Buonarroti hasta otras piezas que remitían al pasado clásico griego, cuna de buena parte del pensamiento político y estético sobre el cual Occidente construyó su propia idea de democracia y civilización.
Pero la ciudad cambió.
Muchas de aquellas esculturas fueron perdiendo visibilidad. Los árboles crecieron, aparecieron nuevos edificios, aumentaron el tránsito, la cartelería y los estímulos visuales. La ciudad contemporánea terminó rodeando y, en algunos casos, prácticamente ocultando obras que habían sido concebidas para dominar visualmente el espacio.
Un claro ejemplo es la Estatua de la Paz, (1867), del escultor de origen italiano José Livi (1830-1890), ubicada en el centro de la Plaza Cagancha. Cuando fue erigida, su entorno carecía de buena parte de los elementos que hoy interfieren en su percepción. La obra podía imponerse en el paisaje. Actualmente continúa allí, pero nuestra relación visual con ella es muy diferente.
Tal vez haya llegado el momento de pensar que La Libertad debería estar también a la altura de nuestros ojos.
No necesariamente bajando la obra original de su emplazamiento histórico, pero sí colocando una copia a nivel del transeúnte que permita descubrir aquello que la distancia ha vuelto prácticamente inaccesible.
No sería disminuirla sino que sería volver a mirarla.
Porque someter indefinidamente la escultura a su antigua función de homenaje implica también desconocer su avance, su evolución y su extraordinaria capacidad de mutación.
La escultura contemporánea abandonó hace mucho tiempo la obligación de representar, glorificar o perpetuar una memoria. Bajó del pedestal, ocupó el espacio, dialogó con la arquitectura, incorporó materiales inesperados y convirtió al espectador en parte activa de su experiencia.
El libro de Rubens Fernández permite precisamente reconstruir el largo camino que nos trajo hasta aquí.
Con características de catálogo, realiza un recorrido por la historia de la escultura uruguaya y reúne las obras de algunos de sus autores más destacados. Durante años varias piezas debieron ser enviadas a Europa para ser fundidas en bronce, hasta que en 1930 se instaló en nuestro país la Fundición Vignali, proveniente de Italia.
Buena parte de las esculturas que engalanan nuestros espacios públicos fueron realizadas por artistas uruguayos, algunos de ellos formados en Europa, aunque también encontramos obras de escultores extranjeros que vivieron o pasaron por Uruguay y dejaron aquí su impronta.
El libro cita asimismo los salones que funcionaron como aquellos marcos iniciales que delimitaban, legitimaban y daban visibilidad al arte nacional. Su inclusión resulta fundamental para comprender no solamente quiénes producían escultura, sino también cuáles eran los ámbitos institucionales desde donde esas obras alcanzaban reconocimiento.
Destaca asimismo la mención a dos de nuestros parques escultóricos más importantes, experiencias que significaron un cambio sustancial en la relación entre la obra, el espacio y el espectador.
Uno de ellos es el parque escultórico creado en 1996 en el entorno del Edificio Libertad, en Montevideo, un conjunto que durante años sufrió los efectos del abandono y que finalmente comienza a experimentar un resurgimiento a partir de un plan de limpieza y recuperación.
El otro se encuentra en Punta del Este, sobre la Parada 1, y data de 1982. Ambos constituyen antecedentes relevantes porque desplazan definitivamente la escultura de aquella concepción tradicional del monumento aislado sobre un pedestal. Aquí las obras comparten un territorio, se relacionan entre ellas, con el paisaje y, fundamentalmente, con quien las recorre.
Son espacios donde ya no es necesario levantar la mirada para encontrarse con la escultura.
Es la escultura la que sale a nuestro encuentro.
Juan Manuel Ferrari, José Luis Zorrilla de San Martín, José Belloni, Edmundo Prati, Bernabé Michelena, Antonio Pena y Rubens Fernández Tudurí, entre otros, forman parte de ese pasado escultórico recogido en el libro, acompañado además por anécdotas que permiten comprender algunas obras más allá de su mera catalogación.
El recorrido alcanza también a autores más próximos a nuestro tiempo como Ricardo Pascale, Octavio Podestá, Mario Lorieto, Hugo Nantes, Pablo Atchugarry, Diego Santurio y Giorgio Carlevaro, entre otros.
En total, Fernández registra 235 escultores uruguayos, muchos de los cuales no limitaron su producción a este lenguaje y desarrollaron paralelamente una importante obra pictórica.
Hay, sin embargo, un dato que no debería pasar inadvertido.
Rubens Fernández, él mismo escultor e hijo del también escultor Fernández Tudurí, realiza además un registro fotográfico de algunas de las esculturas instaladas en espacios públicos del Uruguay. Dentro de esa selección aparece una sola mujer.
La constatación vuelve inevitable preguntarse por las ausencias. Hubiera sido oportuno, por ejemplo, incorporar las esculturas de Águeda Dicancro (Montevideo, 1930-2019) instaladas en el espacio abierto de la Torre de Antel en Montevideo. No solamente por la importancia de su producción, sino porque revisar la historia de la escultura uruguaya también supone preguntarnos quiénes han ocupado el espacio público y quiénes han permanecido fuera de él.
Allí radica, quizás, uno de los mayores valores de Escultura en Uruguay.
Un libro de estas características no solamente permite conocer aquello que tenemos. También permite descubrir aquello que dejamos de mirar y advertir aquello que todavía falta.
Porque el problema de la escultura pública no parece ser únicamente su conservación. Una obra puede permanecer intacta y, sin embargo, volverse invisible.
El desafío contemporáneo consiste entonces en recuperar nuestra relación con ella.
Tal vez haya que volver a caminar alrededor de las esculturas, acercarnos, cambiar sus contextos cuando sea posible, revisar sus relatos y, algunas veces, aunque sea simbólicamente, bajarlas del pedestal.
No para quitarles importancia sino
para devolverles presencia.
