El refugio de una lengua muerta
Nuevamente me acerco a la narrativa de Han Kang (Gwangju, 1970). Leerla es también, para mí, una manera de aproximarme a una sensibilidad que siento diferente de la occidental y, en este caso, a ciertas experiencias de la sociedad surcoreana con un pueblo atravesado por guerras, desplazamientos, sacrificios y heridas que, aun cuando se intenta dejar atrás el pasado, continúan acompañando la vida.
En “La clase de griego”, dos personas marcadas por la pérdida se encuentran en Seúl. Él ha ido perdiendo la vista; ella ha perdido el habla. Ambos cargan, además, con experiencias de desarraigo y con la necesidad de encontrar un lugar que los acoja sin demasiadas preguntas.
Y ese lugar aparece, paradójicamente, en una lengua milenaria que ha dejado de hablarse como es el griego antiguo.
Allí se encuentran ambos, él como profesor, ella como alumna.
No considero que estemos ante una historia de amor en el sentido convencional. Lo que los aproxima es algo quizá más elemental, la necesidad de refugio.
Dos seres que van perdiendo sus posibilidades de relacionarse con el mundo coinciden en un espacio donde las palabras ya no necesitan cumplir su función cotidiana.
Ese punto de partida, bastante atípico para nuestros parámetros narrativos, permite a Han Kang reflexionar sobre la incomunicación, la soledad y también sobre los ruidos de las ciudades que terminan ensordeciéndonos. Frente a ellos aparece la necesidad de construir pequeños refugios que nos permitan sobrevivir.
Ambos personajes atraviesan, de diferente manera, la experiencia de desmoronarse física y emocionalmente. Uno se aproxima a la oscuridad; la otra, al silencio. Y entre ambos queda la palabra, pero una palabra extrañada, antigua, casi arqueológica.
La novela no es complaciente. Exige del lector una disposición particular, cierta paciencia para entrar en sus silencios y aceptar que no todo será explicado. Su final abierto prolonga esa experiencia y cada lector deberá completar aquello que Han Kang deliberadamente deja suspendido.
Hay frases que permanecen resonando mucho después de cerrar el libro:
“Si la nieve es el silencio que cae del cielo, tal vez la lluvia sean frases precipitándose interminables”.
La imagen es tan metafórica como extrañamente real.
Y otra pregunta, mucho más breve, quedó dando vueltas en mi cabeza:
“¿Hoy ya es mañana?”
En esa aparente sencillez encuentro buena parte del universo de Han Kang aludiendo a la fragilidad de nuestra percepción del tiempo, del cuerpo, de la memoria y de aquello que creemos poder nombrar.
“La clase de griego” reflexiona precisamente sobre los límites de las palabras para expresar el dolor y la soledad. El silencio deja de ser solamente una ausencia y puede convertirse también en una forma de resistencia. Mientras tanto, el griego antiguo funciona como una hermosa metáfora conceptual, estableciendo un puente cuando el lenguaje habitual ya no alcanza y se hace necesario buscar otra lengua para intentar encontrarnos.
La novela comienza, además, bajo la presencia de Jorge Luis Borges. Ese gesto establece desde el inicio un puente inesperado entre Oriente y Occidente y anticipa una obra donde la palabra, la ceguera, el silencio y la percepción adquieren una dimensión casi filosófica.
Este libro me gustó más que “La vegetariana”. Y, sobre todo, me permitió comprender un poco mejor la narrativa de Han Kang, galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 2024.
La Academia Sueca destacó entonces su intensa prosa poética, capaz de confrontar los traumas históricos y exponer la fragilidad de la vida humana.
Después de leer “La clase de griego”, esa definición cobra para mí otro sentido.
Porque aquí Han Kang parece preguntarnos algo todavía más íntimo: cuando perdemos aquello con lo que nos comunicamos con los demás, ¿qué nos queda para acercarnos al otro?
Quizás un gesto, quizás el silencio o quizás las palabras de una lengua que nadie habla ya.
