Grandes relatos en pocos centímetros
Hay obras cuya dimensión física poco tiene que ver con su capacidad de ocupar un espacio en la memoria.
Estas tres pequeñas pinturas (17×12 cm) de Raúl Camilo de la Vega Díaz (Berna, 1963), artista cubano actualmente residente en Miami, pertenecen a esa categoría. No por ser pequeñas son menos importantes; quizás ocurra exactamente lo contrario puesto que en pocos centímetros cuadrados el artista consigue condensar grandes y coloridos relatos.
Las tres obras llegaron a mi colección durante un viaje a Cuba y existe un dato que hoy me resulta especialmente significativo pues no fueron adquiridas juntas ni en una misma galería. Encontré al artista en dos espacios diferentes y, en ambos casos, su pintura volvió a detenerme.
Hay algo revelador en esa reiteración. Antes de constituirse en conjunto dentro de la colección, las obras fueron dos encuentros con un mismo universo visual.
De formación fundamentalmente autodidacta, Camilo comenzó a dibujar desde niño y a los once años realizó un curso de dibujo para adultos en la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba.
En 1974 participó allí de su primera exposición colectiva. Desde entonces desarrolló una extensa actividad expositiva dentro y fuera de Cuba, con muestras en La Habana, México, España, Alemania, Italia, Panamá y Estados Unidos, entre otros destinos.
Pero la biografía explica poco frente a estas pinturas. Hay que entrar en ellas para descubrir una comedia humana en miniatura.
El mundo de Camilo está habitado por seres de anatomías improbables con enormes ojos descentrados, narices prolongadas, manos exageradas, cuerpos esquemáticos, aves, animales y personajes que parecen desplazarse continuamente entre lo humano y lo fantástico.
No estamos propiamente ante una pintura naïf, aunque deliberadamente se apropie de cierta libertad del dibujo infantil. Existe demasiada conciencia en la composición, en la utilización del color y, fundamentalmente, en la construcción reiterada de un vocabulario propio.
Su aparente ingenuidad es una estrategia
Detrás de esas figuras simpáticas existe una observación aguda del comportamiento humano. Camilo parece comprender muy bien que el humor permite decir cosas que la solemnidad muchas veces arruina.
La primera de estas obras presenta a dos personajes enfrentados. Uno sostiene una pequeña flor mientras el otro extiende sus manos hacia ella. Sobre ambos aparece una luna creciente.
Podríamos estar ante un encuentro amoroso, una seducción, una reconciliación o simplemente una conversación convertida en fábula y Camilo no necesita explicarlo.
La desproporción de los cuerpos y la extravagancia de los rostros producen inicialmente simpatía, pero basta detenerse en las miradas para descubrir cierta extrañeza. Los personajes están juntos y, sin embargo, parecen no terminar de encontrarse.
En medio de una superficie cargada de rojos, amarillos, verdes y azules, una diminuta flor termina convirtiéndose en el verdadero centro de la pintura y un gesto mínimo sostiene todo el relato.
Animales que hablan de nosotros
En la segunda obra los seres humanos desaparecen y tres aves toman la escena.
Una parece precipitarse desde arriba mientras las otras permanecen debajo, expectantes. Alas, picos y patas forman diagonales que atraviesan el pequeño espacio pictórico. El fondo azul contiene una composición que estalla en amarillos, rojos y naranjas.
Pero nuevamente son los ojos los que construyen el relato.
Las aves no son representaciones zoológicas por el contrario son personajes.
Miran, dudan, se sorprenden y parecen protagonizar una situación que desconocemos pero que intuitivamente reconocemos.
Camilo recupera así uno de los mecanismos más antiguos de la fábula como es utilizar animales para hablar de los hombres como lo hiciera Luis Solari (Fray Bentos, 1918-1993).
Y quizás allí aparezca una dimensión particularmente interesante de su pintura cubana. No necesita representar literalmente la realidad para referirse a ella pero puede convertirla en humor, caricatura y ficción.
La multitud
La tercera pintura lleva este procedimiento mucho más lejos y, a mi juicio, constituye la obra más compleja de las tres y la que lleva a pensar en las obras de José Gurvich (Lituania, 1927-1974).
Ya no encontramos dos personajes ni tres animales, encontramos una sociedad entera comprimida en unos pocos centímetros.
Rostros, cuerpos, aves, animales, figuras femeninas, personajes con sombreros y criaturas difíciles de clasificar se amontonan hasta prácticamente hacer desaparecer el fondo.
En ella no hay paisaje porque el paisaje es la multitud.
Y nuevamente están los ojos y por todas partes. Ojos que hablan de la necesidad de ver y de ser conscientes de la realidad.
Algunos personajes se observan entre ellos; otros parecen mirar fuera de la pintura. La sensación resulta curiosa pues nos acercamos para observar una obra pequeña y descubrimos que es la obra la que parece estar observándonos.
La acumulación puede entenderse como una pequeña metáfora social. Todos diferentes, todos mezclados, todos obligados a compartir un territorio limitado. Lo humano y lo animal terminan confundidos dentro de una misma fauna.
La aparente fiesta cromática adquiere entonces otra densidad donde habita una cubanía sin postal.
Me interesa especialmente que estas tres pinturas, pintadas en el 2000, año en que las adquirí, puedan reconocerse dentro de una sensibilidad cubana sin necesidad de recurrir a los lugares comunes de cierta iconografía destinada al mercado. En ellas no hay automóviles antiguos, arquitectura colonial, palmeras, ron ni pintoresquismo caribeño sin embargo las escogí convencido que allí habitaba el mejor
relato cubano.
La cubanía de Camilo está en otra parte.
Está en el humor, en la exuberancia, en la conversación, en la multitud, en la capacidad de deformar la realidad para hacerla más visible y, posiblemente, en esa manera profundamente popular de enfrentar situaciones complejas mediante la ironía.
Por eso considero acertado definirlo como un cronista, aunque agregaría una precisión y es que Raúl Camilo es un cronista fabulador.
No documenta la realidad cubana, la reinventa, la convierte en criaturas.
Color, dibujo y desorden
Formalmente existe otro elemento que une las tres piezas.
Camilo construye fondos libres, gestuales, donde el color se superpone y deja visible el movimiento de la pincelada. Sobre ese territorio cromático aparece después la línea oscura, encargada de delimitar personajes y construir la narración.
Hay una tensión constante entre ambas operaciones donde el color genera el caos y el dibujo intenta organizarlo.
Pero nunca consigue domesticarlo por completo.
Los cuerpos permanecen deformados, las perspectivas se alteran, las proporciones desaparecen y los personajes continúan viviendo bajo sus propias leyes.
En esa imperfección voluntaria está buena parte de la vitalidad de estas obras.
Tres pinturas, un pequeño relato dentro de la colección
Hoy, al reunirlas, encuentro entre ellas una relación que probablemente no fue concebida originalmente por el artista.
La primera habla del encuentro, dos seres y una flor.
La segunda introduce la fábula con tres animales que parecen representar comportamientos humanos.
La tercera desemboca en la multitud: una sociedad completa de hombres, mujeres y animales compartiendo un mismo territorio.
Del individuo al grupo. Del encuentro a la comunidad. De dos personajes a una multitud.
Quizás Camilo nunca pensó estas pinturas como una secuencia. Pero allí aparece también una de las posibilidades más fascinantes del coleccionismo ya que una colección no solamente conserva obras; establece relaciones entre ellas que muchas veces sus propios autores nunca imaginaron.
Por eso estas tres pequeñas pinturas ocupan para mí un lugar particular.
Fueron encontradas durante un viaje, adquiridas en galerías diferentes y reunidas finalmente en una colección a miles de kilómetros de Cuba. Tres pequeñas superficies que terminaron construyendo entre sí una conversación.
Y acaso sea precisamente su escala la que las vuelve tan atractivas.
Frente a una obra monumental, nuestro cuerpo es inmediatamente capturado por la imagen. Estas pinturas hacen exactamente lo contrario obligándonos a acercarnos.
Hay que aproximarse para descubrir sus personajes, seguir las miradas, reconocer los animales, encontrar las manos, detenerse en la flor y perderse finalmente dentro de aquella multitud.
En tiempos en que tantas obras parecen necesitar metros para reclamar nuestra atención, Camilo demuestra algo mucho más elemental y es que la dimensión de una obra nunca se mide en centímetros.
En estas tres pinturas, Raúl Camilo de la Vega Díaz comprime una pequeña comedia humana hecha de encuentros, animales, miradas, humor, color y convivencia. Pocos centímetros cuadrados le bastan para contar grandes historias.
Y eso, finalmente, es lo que me llevó a elegirlo dos veces durante aquel viaje y lo que hoy hace que estas tres pequeñas obras permanezcan juntas en mi colección.


