Dos peces nadando en nuestra sala
Estas dos tallas de madera firmadas por Rosa, llegaron desde una feria artesanal de Fortaleza, en Ceará, Brasil.
Durante años permanecieron guardadas, casi olvidadas, hasta que un reencuentro fortuito las devolvió a la mirada. Hoy, instaladas sobre una pared de la sala, recuperan algo de aquello para lo que parecen haber sido creadas como es navegar.
Son piezas pertenecientes al universo de la talla popular brasileña, vinculadas por su procedencia a una región donde el mar, la pesca artesanal y la figura del pescador forman parte de una identidad cultural profundamente arraigada.
Fortaleza y el litoral de Ceará han construido buena parte de su imaginario alrededor del océano, las jangadas y quienes viven de él.
Los peces no buscan una representación naturalista rigurosa. El tallador toma la anatomía reconocible del animal y la transforma mediante la síntesis y la exageración. Las aletas se despliegan gráficamente; las branquias, escamas y líneas del cuerpo aparecen resueltas mediante incisiones; los volúmenes son contundentes y los ojos, incorporados como elementos independientes, introducen una expresividad casi teatral.
Las bocas constituyen el verdadero centro expresivo de las tallas. Exageradas, carnosas y proyectadas hacia afuera, abandonan cualquier pretensión naturalista para convertirse en gesto. Es allí donde el artesano parece concederles carácter ya que los peces ya no son solamente representaciones de una especie, sino criaturas con expresión propia, entre la caricatura y una inesperada humanidad.
Más que tallar dos peces, el artesano parece haberles tallado un carácter.
La madera conserva deliberadamente su protagonismo. Ocres, rojizos y marrones acompañan la veta en lugar de ocultarla, mientras pequeñas variaciones e irregularidades revelan la presencia de la mano y alejan estas piezas de cualquier pretensión industrial. Son objetos hechos por alguien antes que objetos simplemente fabricados.
Y es precisamente allí donde comienza a desdibujarse la frontera entre artesanía y arte popular.
Comprados originalmente como piezas artesanales —quizás incluso como recuerdos de un viaje—, el tiempo modifica su condición. Separados de la feria, trasladados de Brasil a Uruguay y despojados de su función de souvenir, adquieren otra biografía. El objeto permanece físicamente igual y lo que cambia es nuestra manera de mirarlo.
Al disponerlos juntos sobre una pared blanca aparece, además, una relación que probablemente no estaba prevista por quien los realizó. Uno navega sobre el otro. Son diferentes en tamaño, coloración y anatomía, pero comparten dirección. Esa reiteración produce ritmo y convierte dos objetos autónomos en una pequeña escena.
No es necesario otorgarles retrospectivamente una categoría que nunca reclamaron. Su interés está justamente en conservar cierta ambigüedad ya que son artesanía, memoria de viaje, cultura popular y, al mismo tiempo, objetos capaces de producir una experiencia estética contemporánea cuando son desplazados de su contexto original.
También está la historia privada.
Durante mucho tiempo estos peces estuvieron encerrados en un placard. Habían desaparecido de la mirada, pero no de la colección. Encontrarlos años después supone una segunda adquisición pues no fueron elegidos frente al puesto de un artesano en Fortaleza, sino descubiertos nuevamente dentro de la propia casa.
Coleccionar también tiene algo de eso. No solamente incorporar objetos, sino permitir que el tiempo transforme nuestra relación con ellos. Algunas piezas esperan años antes de encontrar su lugar.
Estos dos peces lo encontraron.
Salieron del placard y volvieron a navegar. Esta vez, por la pared de una sala.




