Estando en Cuenca me propuse encontrar un libro que me acercara al Ecuador desde la mirada de un escritor contemporáneo. No buscaba una guía sobre el país ni un relato complaciente de su historia. Quería literatura.
Y así llegué a “Manuscrito de una crónica inconclusa”, de Raúl Vallejo Corral.
Nacido en Manta en 1959, Vallejo es narrador, poeta, ensayista y académico. Doctor en Literatura e Historia, desde 2021 ocupa la silla U como miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua. Su trayectoria, además, ha transitado por la educación, la diplomacia y la gestión cultural, habiendo sido ministro de Educación, ministro de Cultura y embajador de Ecuador en Colombia.
Su formación y su conocimiento de la historia ecuatoriana resultan fundamentales para comprender esta novela, ganadora del Premio Miguel Riofrío de Novela Corta 2024 y publicada por Seix Barral en 2025.
“Manuscrito de una crónica inconclusa” es un relato coral construido a partir de varios manuscritos que atraviesan más de quinientos años.
Diferentes escribientes lo redactan, lo conservan, lo esconden y lo continúan. Conventos, baúles y otros escondites permiten que sobreviva aquello que el poder hubiera preferido borrar.
Y hay una particularidad esencial y es que quienes escriben son los vencidos.
La crónica comienza en tiempos del asesinato de Atahualpa y atraviesa siglos de conquista, colonización, explotación y represión hasta desembocar en las luchas sociales contemporáneas.
Indígenas, artesanos, trabajadores y estudiantes van incorporándose a una escritura colectiva que registra aquello que muchas veces queda fuera de la versión oficial. La propia editorial define el libro como un collage de voces sobre la resistencia civil ecuatoriana, alimentado por el testimonio de quienes se enfrentaron al poder.
Y aquí encontré la pregunta que para mí sostiene toda la novela:
¿Quiénes son realmente los perdedores de las batallas?
¿Los que frente a la prensa, los gobiernos y la historia oficial aparecen como derrotados, o aquellos que se proclaman vencedores después de imponer su fuerza?
Porque la historia, demasiadas veces, ha sido escrita por los vencedores. Sin embargo, la sangre derramada por los vencidos puede calar mucho más hondo que la tinta con la que posteriormente se acomodan las versiones.
Vallejo construye precisamente una contra-historia. Recupera simbólicamente esas voces silenciadas y les devuelve el derecho a contar lo sucedido desde el otro lado. No pretende reemplazar una historia oficial por otra, sino introducir en ella las voces que fueron eliminadas de su relato.
Y no se trata únicamente de la resistencia indígena. Por estas páginas aparecen los múltiples rostros que conforman Ecuador: indígenas, cholos, montubios, negros, mestizos, trabajadores, estudiantes. Seres humanos de diferentes épocas unidos por una misma circunstancia la de haber quedado enfrentados a alguna forma de dominación.
La novela convierte así los manuscritos en algo más que un recurso literario. Es un organismo que sobrevive a sus escribientes.
Cada generación agrega sus muertos, sus injusticias y sus rebeliones. El papel cambia de manos, pero el mecanismo del poder parece obstinadamente semejante.
Desde la invasión y colonización de América —aquello que durante siglos aprendimos a denominar asépticamente como “descubrimiento”— hasta las formas contemporáneas de sometimiento económico y social, Vallejo plantea una continuidad incómoda donde cambian los nombres, los uniformes y los discursos, pero los despojados continúan existiendo.
Y quizás allí radique uno de los mayores aciertos de “Manuscrito de una crónica inconclusa”: los quinientos años no son presentados como pasado, sino como una herida que cambia de apariencia mientras continúa abierta.
Reconozco que no se trata de una novela fácil de leer. No es fluida en el sentido convencional ni pretende serlo. Su estructura fragmentaria, la multiplicidad de voces y los saltos históricos exigen atención. Tampoco es una literatura complaciente. Por momentos la lectura pesa.
Pero valió la pena.
Porque esa dificultad también parece formar parte de su sentido. Estamos acostumbrados a recibir la historia ordenada, fechada, clasificada y explicada. Vallejo la devuelve fragmentada, contradictoria, dolorosa. Como suelen ser, en realidad, la memoria y las heridas colectivas.
El título tampoco podría ser más preciso.
Es una crónica inconclusa porque mientras exista alguien sometido por otro, mientras una voz deba esconderse para poder sobrevivir y mientras haya un poder dispuesto a imponer su propia versión de los acontecimientos, siempre habrá una nueva página esperando ser escrita.
Encontré este libro buscando en Cuenca una voz contemporánea que me acercara al Ecuador.
Terminé encontrándome con algo bastante más amplio, donde anida una reflexión sobre América Latina, sobre nuestra memoria y sobre la manera en que hemos aprendido nuestra propia historia.
Y cerré el libro quedándome con una certeza incómoda:
los vencedores pueden escribir la historia, pero no necesariamente tienen la última palabra.
