Tres imágenes de la Virgen María en dos advocaciones latinoamericanas

Hay objetos que ingresan a mi colección por su valor artístico, otros por su historia y algunos, simplemente, porque en determinado momento detuvieron mi mirada.

Estas tres artesanías pertenecen a ese último grupo y hoy quiero rendirles un pequeño homenaje dentro del recorrido artístico de mis piezas.

La primera llegó desde Brasil y representa a Nossa Senhora Aparecida, patrona de ese país. La encontré convertida en una suerte de pequeño altar popular, coronada, envuelta en su manto azul y suspendida sobre un paisaje ingenuo de montañas, agua, árboles y pequeñas casas.

Tiene un especial interés porque adopta la forma de un pequeño nicho o altar doméstico. La figura central aparece suspendida sobre un paisaje deliberadamente ingenuo compuesto por agua, montañas, árboles, flores y pequeñas casas. La perspectiva en este caso no busca realismo sino que organiza un pequeño mundo alrededor de la Virgen.

No tuve duda alguna de que me había escogido.

Las otras dos llegaron desde México y representan a la Virgen de Guadalupe, una de las imágenes más poderosas de la cultura popular mexicana.

Una de ellas lleva escrita una definición que no necesita demasiadas explicaciones: “La Reina de México”. Rodeada de magueyes, flores, estrellas y una luna, la Virgen emerge de un universo de colores intensos donde la devoción parece mezclarse con la fiesta.

Se trata de una obra reinterpretada con gran libertad por un artesano contemporáneo.

La inscripción “La Reina de México” refuerza algo fundamental en virtud de que la Guadalupana trasciende en México el ámbito estrictamente religioso para convertirse también en un símbolo de identidad cultural y nacional. El Museo Nacional de Culturas Populares señala precisamente cómo su imagen es recreada por artesanos mexicanos en madera, barro, arte plumario, hojalata y otros materiales, convirtiéndose en una presencia cotidiana.

La tercera, más reciente, es más escultórica, más rústica y quizás por eso particularmente entrañable. La Guadalupana aparece en esta oportunidad rodeada por sus rayos dorados, sostenida por el ángel y acompañada por alcatraces. Las irregularidades de la mano que la modeló permanecen visibles y son, precisamente, parte de su belleza donde la irregularidad de su tallado le aporta un aspecto esencial a la hora de seleccionarla y rescatarla. La compré en la feria de artesanos de Uruapan en 2025.

Aquí aparecen varios de sus atributos iconográficos clásicos como la mandorla o resplandor de rayos dorados, la media luna bajo sus pies y el ángel que la sostiene. Son elementos que derivan de la imagen guadalupana histórica y que durante siglos pasaron de la pintura y los grandes retablos a las manifestaciones populares. Los retablos guadalupanos mexicanos en madera tallada y policromada están documentados desde el período virreinal.

Hay un hilo muy atractivo entre las tres en el sentido de que se trata de la misma figura materna y protectora transformada por dos culturas populares distintas.

Ninguna de estas piezas llegó a mi colección buscando ocupar el lugar de una gran obra de arte. Llegaron simplemente porque me conmovieron.

Y con el tiempo comprendí que también ellas forman parte de mi recorrido.

Su interés está precisamente en otra parte ya que son objetos populares hechos para circular, ser llevados a una casa, conservar una devoción y, en mi caso, también guardar la memoria de un viaje. Esa condición les da sentido.

Una colección no debería construirse solamente desde las jerarquías establecidas por el mundo del arte. También puede hacerlo desde la memoria, los viajes, los encuentros y esos objetos anónimos que un día elegimos llevar con nosotros.

Aparecida y Guadalupe nacieron de historias y geografías diferentes, pero las tres piezas comparten algo esencial pues fueron realizadas por manos que transformaron una imagen religiosa en una expresión profundamente popular.

Aquí no hay pretensión ni solemnidad. Hay color, ingenuidad, oficio, fe y una enorme libertad para interpretar.

Quizás por eso continúan acompañándome.

Entre las obras, los libros y tantos objetos que he reunido a lo largo de los años, estas tres pequeñas vírgenes también encontraron su lugar.

No todo lo que atesoro necesita pertenecer a la historia del arte.
A veces alcanza con que pertenezca a mi propia historia.


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