Lucio Fontana antes del tajo

París, Francia.

La cerámica como origen del espacio
Galerie Karsten Greve, Le Marais, París

Hay exposiciones que no solo muestran una faceta menos conocida de un artista, sino que obligan a revisar toda su historia. Eso sucede con la extraordinaria muestra dedicada a Lucio Fontana en la Galerie Karsten Greve de París, una de las galerías más prestigiosas de Europa y una parada imprescindible para quienes recorren el barrio de Le Marais. Durante mi visita, guiado por Manuel Neves, fue precisamente esta exposición la que logró sorprenderme entre la intensa oferta de galerías del distrito.

El público suele identificar inmediatamente a Fontana con los célebres Concetti spaziali: aquellas telas monocromas atravesadas por tajos que transformaron para siempre la historia de la pintura del siglo XX. Sin embargo, esta exposición demuestra que esa revolución no comenzó sobre el lienzo, sino décadas antes, modelando barro.

La selección de treinta y siete cerámicas y terracotas realizadas entre los años treinta y sesenta revela que la arcilla fue el verdadero laboratorio donde Fontana ensayó las ideas que más tarde convertirían al Espacialismo en uno de los movimientos fundamentales de la posguerra. Allí aparecen ya las perforaciones, las grietas, las tensiones entre materia y vacío, la búsqueda de un espacio que trasciende la superficie.

La exposición evita construir un relato lineal. En cambio, permite observar cómo el escultor formado en la tradición clásica fue desprendiéndose progresivamente de ella. Obras como Torso Italico (1938) aún dialogan con la monumentalidad de la escultura romana, pero incluso en esa aparente solidez aparecen fracturas, accidentes y tensiones que Fontana no oculta, sino que incorpora como parte esencial de la obra.

En las piezas realizadas durante sus estancias en los talleres de Albisola y en la manufactura de porcelana de Sèvres emerge un artista extraordinariamente libre. Coccodrillo (1936-1937), por ejemplo, posee un carácter lúdico y experimental donde el esmalte opalescente transforma completamente la percepción del volumen. No interesa representar un animal de manera naturalista; interesa comprobar cómo la luz modifica la materia.

Uno de los mayores méritos de la muestra consiste en demostrar que las perforaciones —los célebres buchi— no nacieron como un gesto pictórico. En estas cerámicas atraviesan literalmente el cuerpo de la escultura. El vacío deja de ser ausencia para convertirse en parte constitutiva del objeto. El espacio ya no rodea la pieza: la atraviesa.

Ese cambio conceptual resulta decisivo. Mientras el corte sobre el lienzo genera una sombra y una apertura visual, la perforación en la cerámica altera físicamente el equilibrio de la masa. El vacío adquiere peso, volumen y presencia. Fontana comienza así a liberar la escultura de su condición de objeto cerrado, anticipando uno de los principios fundamentales del Espacialismo.

También resulta especialmente revelador el conjunto de obras realizadas inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial. Battaglia (1947) y Guerriero (1949) condensan la violencia del período mediante cuerpos que parecen desintegrarse bajo esmaltes brillantes, casi teatrales. No existe aquí una representación heroica de la guerra; existe una materia convulsionada que expresa la fractura de toda una época.

Quizás las piezas más conmovedoras sean las pertenecientes a la serie Natura. Esferas de terracota abiertas por profundas grietas recuerdan meteoritos, cráteres lunares o cuerpos celestes suspendidos en un espacio infinito. Miradas desde la actualidad, parecen anticipar una sensibilidad casi cosmológica que terminaría definiendo gran parte de la producción madura del artista.

Un capítulo particularmente conmovedor de la exposición está dedicado a la serie de Crucifijos y Crucifixiones, realizada tras el regreso de Fontana a Italia en 1947. Lejos de cualquier lectura devocional convencional, estas esculturas trasladan el drama cristiano al lenguaje del Espacialismo. Los cuerpos parecen expandirse más allá de sus propios límites; los pliegues del paño de pureza y las túnicas se proyectan en un impulso casi barroco, mientras la arcilla modelada con gestos rápidos conserva la huella de la mano del artista. Más que representar el sufrimiento, Fontana convierte la materia en energía, haciendo que la escultura parezca desbordar el espacio que la contiene.

Lo más interesante de esta exposición es comprobar que Fontana nunca abandonó realmente la escultura. Incluso cuando sus cortes sobre el lienzo lo hicieron célebre, seguía pensando como escultor. Su verdadero material nunca fue únicamente la tela, sino el espacio mismo.

Para el público argentino, además, la muestra adquiere un significado especial. Nacido en Rosario en 1899, hijo de inmigrantes italianos, Fontana desarrolló una intensa relación con ambos países. Trabajó en el taller de su padre en Argentina, abrió allí su propio estudio, enseñó en Buenos Aires y redactó el histórico Manifiesto Blanco, texto fundacional desde el cual propuso superar los materiales tradicionales para incorporar el tiempo, el movimiento y el espacio como nuevos lenguajes del arte.

Falleció en Comabbio, provincia de Varese (Italia), en 1968, dejando una obra que continúa redefiniendo nuestra comprensión del espacio, la materia y la luz.

La Galerie Karsten Greve consigue así algo poco frecuente como es desplazar la mirada desde la imagen más conocida del artista hacia el origen de su pensamiento. No pretende reemplazar los célebres lienzos rasgados, sino explicar de dónde provienen. Después de recorrer estas salas, resulta imposible volver a observar aquellos cortes sin recordar que todo comenzó hundiendo las manos en el barro.

Más que una exposición sobre cerámica, esta muestra constituye una relectura integral de Lucio Fontana. Una oportunidad excepcional para descubrir que detrás del gesto radical que revolucionó la pintura existía, desde mucho antes, un escultor que ya imaginaba cómo abrir la materia para dejar entrar el infinito.

La Galerie Karsten Greve fue fundada por el reconocido marchante y editor alemán Karsten Greve, nacido en Dahme, Brandeburgo (Alemania), en 1946. Tras inaugurar su primera galería en Colonia en 1973 con una histórica exposición de Yves Klein, construyó una red internacional de sedes en París y St. Moritz, consolidándose como uno de los principales impulsores de las vanguardias de la segunda mitad del siglo XX y de artistas como Lucio Fontana, Louise Bourgeois, Cy Twombly, Pierre Soulages, Piero Manzoni y Jannis Kounellis.


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