Paulo Nazareth en Punta della Dogana

Venecia, Italia.

La descolonización ocupa Venecia

Encontrar una exposición de Paulo Nazareth (1977, Governador Valadares, Minas Gerais) en Europa, y además en uno de los espacios más emblemáticos del circuito internacional del arte contemporáneo como Punta della Dogana, constituye una de las grandes satisfacciones de esta temporada veneciana. No solo por la calidad de la muestra, sino porque confirma la consolidación de una presencia latinoamericana capaz de interpelar críticamente el relato histórico europeo desde el corazón mismo de sus instituciones.

La exposición “Álgebra”, presentada por la Colección Pinault y comisariada por Fernanda Brenner, ocupa la planta superior del histórico edificio que durante siglos fue la aduana de la República de Venecia.
El lugar no podría ser más significativo ya que era un espacio concebido para contabilizar mercancías procedentes de todo el mundo y hoy alberga una obra que cuestiona precisamente aquello que esos registros nunca contabilizaron como fueron la violencia colonial, la esclavitud, el desplazamiento forzado y las memorias silenciadas.

Más que una conquista simbólica, la presencia de Nazareth representa una forma de “colonización inversa”.
Es la voz latinoamericana la que hoy ocupa uno de los centros de legitimación del arte occidental para revisar críticamente los mecanismos culturales que Europa exportó durante siglos.

Su trabajo no busca destruir la tradición europea sino desmontar sus mitologías desde una perspectiva decolonial profundamente contemporánea.

La muestra dialoga además con la exposición de Lorna Simpson, estableciendo un intercambio de enorme potencia entre dos artistas que abordan la memoria, la identidad racial y las heridas de la historia mediante lenguajes distintos pero complementarios. Ese diálogo convierte la visita a Punta della Dogana en una de las experiencias más sólidas de la programación veneciana de 2026.

El título de la exposición, “Álgebra”, recupera la raíz árabe al-jabr, asociada a recomponer huesos fracturados. Y Nazareth convierte esa idea en una metodología artística
para reparar aquello que la historia colonial dejó roto. No organiza la exposición cronológicamente, sino como una serie de estaciones que condensan más de veinte años de trabajo, donde fotografía, instalación, video, objetos encontrados y performance aparecen como capítulos de una misma investigación.

Una gruesa línea de sal atraviesa todas las salas que los cuidadores se ocupan en forma permanente de mantener ordenada. Poco a poco el visitante descubre que ese trazo dibuja la geometría espectral de un tumbeiro, los barcos negreros que cruzaban el Atlántico. La sal funciona simultáneamente como memoria, cicatriz, conservación y corrosión. Es uno de los gestos curatoriales más contundentes de la exposición y sintetiza el pensamiento de Nazareth, hacer visible aquello que la historia oficial decidió ocultar.

Caminar constituye el verdadero taller del artista. Desde hace más de una década convierte sus desplazamientos en obras. En 2011 recorrió durante cinco meses el camino entre Minas Gerais y Nueva York sin lavar sus pies hasta llegar al río Hudson, transformando el viaje en una performance sobre identidad racial, migración y fronteras.
Sus recorridos sustituyen al estudio tradicional; el cuerpo se convierte en archivo y el territorio en soporte de la obra.

Resulta especialmente significativa la reactivación de uno de sus proyectos más recordados. Cuando fue invitado a participar en una muestra colateral de la 55.ª Bienal de Venecia en 2013, Nazareth desarrolló paralelamente una acción en Veneza, un pequeño pueblo del estado brasileño de Minas Gerais que comparte nombre con la ciudad italiana. Trece años después vuelve a conectar ambos territorios, estableciendo un puente entre dos geografías unidas por un mismo nombre pero atravesadas por historias radicalmente diferentes.

“Álgebra” demuestra que Paulo Nazareth no produce simplemente obras de arte sino que construye experiencias críticas capaces de cuestionar los relatos dominantes de la modernidad occidental. Su presencia en Venecia confirma que las voces latinoamericanas ya no ocupan un lugar periférico dentro del arte contemporáneo. Hoy son ellas las que reescriben la historia desde el centro mismo de las instituciones que durante siglos definieron el canon.

Un recorrido donde cada sala es una estación de la memoria

La fuerza de “Álgebra” reside también en una curaduría que evita cualquier recorrido cronológico. Fernanda Brenner propone una sucesión de estaciones donde cada espacio desarrolla un aspecto del pensamiento de Paulo Nazareth y, en conjunto, construye una geografía política de la memoria.

Uno de los núcleos más conmovedores es Cuadernos de África, donde largas listas manuscritas recuperan los nombres de los antiguos reinos africanos anteriores a la Conferencia de Berlín (1884-1885).
Frente a la cartografía colonial que fragmentó el continente según los intereses europeos, Nazareth devuelve existencia a territorios borrados de la historia oficial. El gesto aparentemente sencillo de escribir nombres se convierte en un acto de restitución histórica. El artista no propone un regreso romántico a un pasado perdido; plantea una crítica a la imposición de una modernidad colonial que redefinió pueblos enteros mediante fronteras ajenas.

En esta sala se comprende el sentido profundo de sus caminatas. Antes de ingresar a Europa, Nazareth decidió recorrer África siguiendo los territorios precoloniales. Caminar deja de ser un desplazamiento físico para convertirse en un compromiso ético y espiritual como conocer África antes que Europa, comprender cuánto de África permanece en Brasil y cuánto de Europa sigue habitando los territorios colonizados.

La dimensión ritual aparece también en los carteles que el público puede llevarse mediante una pequeña contribución económica. No se trata de una venta sino de un intercambio inspirado en Exu, la deidad afrobrasileña de los caminos y las encrucijadas. El dinero deja de responder a la lógica mercantil para transformarse en un gesto de reciprocidad. Al finalizar la exposición, toda la recaudación será destinada a personas privadas de libertad en Ribeirão das Neves, en Minas Gerais. Incluso la circulación de la obra termina convirtiéndose en una acción política y comunitaria.

Otra de las salas más intensas está dedicada al acto de caminar descalzo, probablemente el símbolo más reconocible de Paulo Nazareth. La instalación remite al Árbol del Olvido de Ouidah, en Benín, donde los esclavizados eran obligados a realizar un ritual destinado a borrar su identidad antes de embarcar hacia América. Nazareth invierte ese recorrido colonial caminando en sentido contrario alrededor de árboles en Brasil y África, como si cada vuelta intentara deshacer el mecanismo histórico del olvido.

La instalación de zapatos izquierdos dispuestos en espiral funciona como un archivo de trayectos invisibles. Son huellas de desplazamientos que nunca ingresaron a los relatos oficiales. La ausencia del cuerpo hace aún más presente la memoria de quienes caminaron antes. El artista recuerda además que durante la esclavitud los zapatos estaban prohibidos para las personas esclavizadas; caminar descalzo se transforma así en un homenaje a quienes fueron privados incluso del derecho más elemental a la dignidad.

En las paredes, los bordados dedicados a Exu y Zé Pilintra incorporan la dimensión espiritual de su obra. Ambos personajes representan formas de resistencia cultural afrobrasileña que sobrevivieron a la colonización mediante el sincretismo religioso. La exposición deja claro que la descolonización no es únicamente un proceso político sino también espiritual.

Uno de los momentos más íntimos aparece en Amor de madre. Los paños de cocina bordados por Ana Gonçalves da Silva, madre del artista, rodean el gran cubo de hormigón diseñado por Tadao Ando en Punta della Dogana. El contraste entre la monumentalidad de la arquitectura y la fragilidad del tejido doméstico resulta profundamente conmovedor. Nazareth sitúa el trabajo silencioso de su madre en el centro mismo de la institución artística internacional, reivindicando los saberes cotidianos, los cuidados y las economías invisibles que sostienen toda creación.

La sala dedicada a los Cimientos establece un paralelismo entre Venecia y la propia práctica del artista. Así como la ciudad descansa sobre millones de pilotes de madera ocultos bajo el agua, la obra de Nazareth se sostiene sobre miles de kilómetros recorridos, encuentros anónimos y experiencias aparentemente menores que terminan construyendo una enorme arquitectura de memoria. Fotografías, objetos encontrados y documentos de Notícias de América revelan que el verdadero material de su trabajo es el camino recorrido.

Especial relevancia adquiere aquí el concepto de amefricanidad, desarrollado por la intelectual brasileña Lélia Gonzalez. Nazareth entiende América y África como un territorio cultural continuo, tejido por la diáspora africana, las comunidades indígenas y las múltiples formas de resistencia surgidas frente al colonialismo. Sus viajes no atraviesan países por el contrario atraviesan una memoria compartida.

La exposición culmina con Sujeto colectivo, quizá la declaración más contundente sobre su manera de entender el arte. El documental realizado por Pedro Marques revela que Paulo Nazareth nunca trabaja solo. Su familia, vecinos, amigos y personas encontradas durante sus recorridos participan activamente de la producción de las obras. Esa lógica colectiva se formaliza incluso en la creación de Paulo Nazareth Arte Contemporânea LTDA, una empresa integrada por su comunidad, donde la autoría individual se diluye en una estructura compartida de trabajo y redistribución.

Aquí el artista cuestiona uno de los pilares del sistema artístico occidental como es la figura del genio individual. Para Nazareth, el arte nace de las relaciones humanas, del compartir el pan, de la experiencia colectiva. No es casual que el recorrido concluya precisamente allí; después de atravesar las heridas del colonialismo, la exposición propone una alternativa basada en la comunidad, el cuidado y la circulación del valor.

“Álgebra” termina revelándose como mucho más que una exposición retrospectiva. Es una poderosa reflexión sobre cómo reescribir la historia desde el Sur Global. Paulo Nazareth no ocupa Venecia para conquistar un espacio dentro del canon europeo; ocupa ese lugar para demostrar que existen otras maneras de producir conocimiento, de construir memoria y de imaginar el futuro del arte contemporáneo.

Su trayectoria internacional confirma la importancia alcanzada por una práctica artística que desafía las categorías convencionales. Video, fotografía, instalación, performance y acciones sociales forman parte de un lenguaje que investiga el colonialismo, el racismo, las migraciones, la espiritualidad y las memorias afrodescendientes e indígenas.
En 2016 obtuvo el Premio PIPA, el mayor reconocimiento del arte contemporáneo brasileño, consolidando una carrera que hoy integra colecciones de referencia internacional y museos de todo el mundo.


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