Venecia, Italia.
Entre la seducción de la pintura y las heridas del presente
Entre las exposiciones colaterales más destacadas de la 61ª Bienal de Venecia, la retrospectiva “The Promise of Change” de Michael Armitage ocupa un lugar de especial relevancia.
Instalada en el histórico Palazzo Grassi y comisariada por Jean-Marie Gallais, la muestra reúne cuarenta y cinco pinturas de gran formato junto a más de cien estudios y bocetos que recorren más de una década de producción artística.
Desde el ingreso, el visitante se enfrenta a un diálogo particularmente fértil entre continente y contenido. La arquitectura monumental del palacio veneciano, asociada a la tradición y al poder cultural europeo, funciona como contrapunto de las superficies irregulares y orgánicas del lubugo, la corteza textil procedente de Uganda sobre la que Armitage desarrolla gran parte de su obra. Las cicatrices, costuras y desgarraduras del soporte permanecen visibles, transformándose en parte constitutiva de la imagen.
La pintura de Armitage posee una capacidad poco frecuente para seducir visualmente al espectador antes de confrontarlo con problemáticas de enorme complejidad.
Sus composiciones despliegan una paleta exuberante, cargada de verdes eléctricos, amarillos intensos y rosas vibrantes que remiten tanto a la tradición pictórica occidental como a imaginarios africanos contemporáneos. Sin embargo, detrás de esa belleza formal emergen la violencia política, las tensiones sociales, las migraciones forzadas, la discriminación y las promesas incumplidas de los sistemas de poder.
La exposición se organiza en núcleos temáticos que permiten comprender las principales preocupaciones del artista. En las salas dedicadas a la migración aparecen figuras suspendidas entre la vida y la muerte, atravesadas por el drama humano de quienes cruzan el Sahara y el Mediterráneo buscando refugio.
En la sección denominada Promesas, las campañas electorales, los mítines políticos y las multitudes son representados como escenarios donde la esperanza colectiva convive con la manipulación y la represión.
La mitología ocupa otro capítulo fundamental. Personajes de la tradición clásica occidental conviven con héroes anticoloniales africanos y figuras provenientes de relatos fundacionales de África Oriental.
Armitage construye así una narrativa híbrida donde las fronteras culturales se vuelven porosas y donde los relatos históricos pueden ser revisados desde nuevas perspectivas.
Especialmente impactante resulta la presencia de Kampala Suburb (2014), una de las obras más conmovedoras de la muestra. Pintada sobre lubugo, representa a dos hombres abrazándose en un contexto atravesado por la persecución de las comunidades LGBTQ+ en África Oriental. La aparente serenidad de la escena es interrumpida por referencias visuales a la vigilancia, la violencia y la amenaza permanente. Se trata de una pintura que continúa conservando toda su capacidad de incomodar y emocionar.
Otro de los grandes aciertos curatoriales es la inclusión de una extensa sala de estudios preparatorios. Lejos de funcionar como simple material documental, estos dibujos revelan la sofisticación del proceso creativo del artista, mostrando cómo transforma imágenes procedentes de noticias, fotografías, experiencias personales y mitologías locales en complejas construcciones pictóricas.
Más allá de su extraordinaria calidad técnica, la pintura de Armitage destaca por su capacidad para habitar simultáneamente la crónica política, la memoria colectiva, la experiencia íntima y la dimensión onírica. Sus figuras parecen moverse constantemente entre la realidad y la alucinación, generando imágenes abiertas que rehúyen cualquier lectura unívoca.
Uno de los aspectos más fascinantes de la obra de Michael Armitage es el diálogo permanente que establece con la historia de la pintura. Lejos de cualquier actitud reverencial, el artista utiliza composiciones, recursos visuales y atmósferas heredadas de maestros como Francisco de Goya, Édouard Manet, Paul Gauguin y Tiziano para reinterpretar problemáticas contemporáneas de África Oriental.
Sus referencias a Goya aparecen en las escenas multitudinarias atravesadas por la violencia política y la histeria colectiva; de Gauguin recupera ciertas intensidades cromáticas, aunque despojadas de la mirada colonial que caracterizó al pintor francés; mientras que ecos de Manet y Tiziano emergen en la representación de cuerpos que desafían al espectador desde posiciones tradicionalmente reservadas a la pintura occidental.
Armitage no cita a los maestros para rendirles homenaje pasivamente, sino para reescribir el canon desde una perspectiva africana contemporánea, demostrando que la historia del arte sigue siendo un territorio abierto a nuevas interpretaciones.
No rompe con la tradición pictórica occidental; la atraviesa, la cuestiona y la expande. Sus pinturas funcionan como un puente entre siglos de historia del arte y las urgencias políticas, sociales y humanas del presente.
La muestra confirma por qué Michael Armitage es considerado actualmente una de las voces más singulares de la pintura contemporánea internacional. Su obra logra algo que pocas consiguen como es establecer un puente entre las urgencias del presente y la historia de la pintura sin sacrificar complejidad ni potencia visual.
Michael Armitage nació en Nairobi, Kenia, en 1984. Artista británico-keniano, vive y trabaja entre Nairobi y Londres. Su obra se caracteriza por fusionar referencias de la historia de la pintura occidental con experiencias, mitologías y conflictos contemporáneos de África Oriental, convirtiéndose en una de las voces más relevantes de la pintura internacional actual.
En 2020 fundó el Nairobi Contemporary Art Institute (NCAI), una institución sin fines de lucro dedicada a la preservación, investigación y difusión del arte contemporáneo de África Oriental, ampliando así su compromiso con el desarrollo cultural de la región más allá de su propia producción artística.
Mis registros de la exposición son apenas recuerdos fragmentarios de pinturas profundamente seductoras. La intensidad cromática, las texturas del lubugo y la riqueza de los detalles hubieran requerido registros audiovisuales de otro nivel para transmitir plenamente la experiencia de contemplarlas. Aun así, permanece la impresión de haber recorrido una de las propuestas pictóricas más sólidas y cautivantes que acompañan esta edición de la Bienal de Venecia.
Retrato: Anna Kucera
