Venecia, Italia.
La irrupción de la Amazonía en Venecia
En el vasto entramado del Arsenale, donde las narrativas del arte contemporáneo mundial disputan sentidos y territorios simbólicos, el Pabellón del Perú se impone con una fuerza silenciosa.
“De otros mundos”, la exposición de la artista shipibo-konibo Sara Flores, no necesita del espectáculo tecnológico ni de la monumentalidad vacía para capturar la atención del visitante.
Su potencia reside en la memoria, en el gesto paciente de una mujer indígena que convierte el conocimiento ancestral en una plataforma de resistencia política y estética.
La elección de Sara Flores representa un acontecimiento histórico pues es la primera artista indígena en representar oficialmente al Perú en la Bienal de Venecia. Pero el verdadero valor de esta presencia no radica únicamente en la reparación simbólica de una ausencia histórica, sino en la capacidad de desplazar el centro del discurso artístico hacia saberes que durante siglos fueron relegados al ámbito de la artesanía o el folclore.
Los inmensos lienzos de algodón silvestre teñidos con pigmentos naturales despliegan el kené, complejo sistema visual del pueblo shipibo-konibo que funciona como escritura, cartografía espiritual y memoria colectiva.
Cada línea parece expandirse como el cauce de un río amazónico, dibujando conexiones invisibles entre seres humanos, plantas, animales y espíritus. No hay abstracción en sentido occidental, allí hay conocimiento.
La curaduría de Issela Ccoyllo y Matteo Norzi evita convertir esta producción en un objeto etnográfico. Por el contrario, instala el kené dentro del debate contemporáneo sobre ecología, soberanía territorial y cosmologías alternativas.
El recorrido propone comprender que estas tramas geométricas son sistemas vivos de pensamiento capaces de ofrecer respuestas frente a la crisis ambiental y civilizatoria del presente.
Uno de los aspectos más conmovedores de la muestra es la reivindicación del trabajo manual femenino. Cada superficie pintada por Sara Flores condensa meses de labor paciente, transmitida de generación en generación por las mujeres shipibo-konibo.
La mano de la artista aparece como un archivo vivo donde sobreviven conocimientos ancestrales que el colonialismo intentó borrar.
La materialidad del algodón, los tintes vegetales y la ausencia de bocetos previos revelan una práctica donde creación y espiritualidad forman parte del mismo acto.
Las esculturas suspendidas y las instalaciones textiles expanden esa experiencia hacia un espacio casi ritual, mientras la pieza audiovisual Non Nete incorpora el sonido como vehículo de memoria comunitaria.
El espectador deja de recorrer una exposición para ingresar en una cosmovisión donde naturaleza y humanidad permanecen indisolublemente unidas.
Sin embargo, la propuesta no se limita a una reivindicación identitaria. Sara Flores construye un manifiesto político contra la devastación del Amazonas, la minería ilegal, la deforestación y las formas contemporáneas del extractivismo.
Sus patrones geométricos dejan de ser ornamento para transformarse en mapas de resistencia y en una bandera simbólica para un pueblo que reclama visibilidad y autodeterminación.
En una Bienal atravesada por reflexiones sobre las periferias, las memorias desplazadas y las voces históricamente silenciadas, el Pabellón del Perú consigue una de las intervenciones más honestas y profundas.
No busca representar a la Amazonía, por el contrario permite que la Amazonía hable con su propia voz.
Sara Flores demuestra que el futuro del arte contemporáneo puede encontrarse en los conocimientos más antiguos.
Su presencia en Venecia confirma que las prácticas indígenas ya no ocupan un lugar marginal dentro del sistema artístico internacional, sino que se sitúan en el centro de las discusiones sobre sostenibilidad, comunidad y nuevas formas de imaginar el mundo.
En el Arsenale, la artista shipibo-konibo no solo representa al Perú. Representa la persistencia de una cultura que ha sobrevivido a siglos de colonización y que hoy convierte la memoria en una forma de futuro.
