Hilma af Klint en Grand Palais

París, Francia.

La visionaria que imaginó un templo para la abstracción

Hilma af Klint es una de las figuras que más ha transformado la narrativa del arte moderno.

La exposición Paintings for the Temple (1906-1915), presentada en Grand Palais, constituye un reconocimiento definitivo a una artista que durante décadas permaneció relegada por la historiografía oficial, pese a haber desarrollado un lenguaje abstracto antes que los nombres tradicionalmente considerados fundadores de la abstracción.

Del 6 de mayo al 30 de agosto de 2026, el Grand Palais de París presenta una de las exposiciones más reveladoras de la temporada: “Paintings for the Temple (1906-1915)”, una retrospectiva dedicada al monumental ciclo que Hilma af Klint concibió como el corazón de su proyecto espiritual y artístico.

La muestra reúne las célebres 193 “Pinturas para el templo”, más cercanas al simbolismo que al arte abstracto, concebidas entre 1906 y 1915 para un edificio imaginario destinado a elevar la conciencia humana.
Más que una serie pictórica, constituyen un sistema visual complejo donde convergen geometrías, espirales, flores, letras, diagramas y símbolos esotéricos que buscan representar aquello que permanece invisible para los ojos.

Uno de los aspectos más fascinantes de “Pinturas para el templo” es su extraordinaria organización interna. El conjunto de 193 obras no fue concebido como una sucesión de cuadros independientes, sino como un recorrido espiritual cuidadosamente estructurado en diez grandes series temáticas, destinadas a representar la evolución del alma, la energía cósmica y la dualidad del universo.

Cada una de ellas aborda un aspecto específico de este viaje iniciático:

  • Los diez mayores (The Ten Largest): monumentales pinturas dedicadas a las distintas etapas de la existencia humana, desde la infancia y la juventud hasta la madurez y la vejez, consideradas una de las cumbres de la producción de Hilma af Klint.
  • Caos primordial: explora el origen de la creación y las fuerzas primigenias que preceden a la manifestación de la materia.
  • El Árbol del Conocimiento: desarrolla la idea de evolución espiritual y la permanente tensión entre los opuestos —bien y mal, femenino y masculino— como motores del crecimiento interior.
  • Serie SUW / UW: investiga los conceptos de armonía, unidad y equilibrio mediante una rigurosa construcción geométrica y una vibrante utilización del color.
  • Serie Parsifal: inspirada en la leyenda del caballero medieval, simboliza la búsqueda de la iluminación y del conocimiento superior.
  • Serie Fundación (The Foundation): reflexiona sobre la materialización de las energías invisibles y la estructura de los planos espirituales.
  • Serie GE: reúne composiciones de profundo contenido esotérico centradas en la relación entre el ser humano y el mundo espiritual.
  • Los Cuadros Florales y la Serie de la Flor de Lis: incorporan formas botánicas y orgánicas como metáforas de la vida, la transformación y el renacimiento espiritual.
  • Evolución: presenta la progresión de la conciencia humana a través de símbolos, espirales y estructuras dinámicas.
  • Retablos (Altarpieces): constituyen la culminación del ciclo. Sus grandes composiciones geométricas funcionan como altares simbólicos o portales hacia una dimensión superior, sintetizando el sentido último de todo el proyecto.

Esta estructura convierte a “Pinturas para el templo” en uno de los programas iconográficos más ambiciosos del siglo XX, una obra total donde pintura, filosofía, misticismo y cosmología confluyen en una visión absolutamente singular de la abstracción.

Cabe aclarar que la presencia de la cruz, el Espíritu Santo (representado por la paloma) y frases como «Ave María» en varias de sus obras no responde a una devoción católica tradicional, sino a su firme fe cristiana de base entrelazada con el esoterismo, la teosofía y el rosacrucismo. A diferencia del catolicismo institucional, la artista despoja a estos símbolos de su significado dogmático de culpa o dolor, y los utiliza bajo una óptica mística y cosmológica.

Af Klint estuvo profundamente influenciada por la Teosofía y el Rosacrucismo. Estas corrientes no rechazan el cristianismo, sino que buscan la «sabiduría antigua» oculta detrás de todas las religiones, mezclando misticismo oriental (como el budismo) con el occidental. Para ella, los elementos cristianos eran herramientas universales para explicar la evolución del alma.

Hilma af Klint (1862-1944), nacida en Estocolmo y formada en la Real Academia Sueca de las Artes, desarrolló un lenguaje abstracto cuando todavía predominaba la representación naturalista. Sus primeras composiciones no figurativas aparecieron en 1906, varios años antes de que Wassily Kandinsky, Piet Mondrian o Kazimir Malévich formularan sus propias investigaciones sobre la abstracción.

Su creación estuvo profundamente atravesada por la teosofía, el rosacrucismo, el espiritismo y, posteriormente, la antroposofía de Rudolf Steiner.
Integró el grupo esotérico Las Cinco (De Fem), donde practicaba la escritura y el dibujo automáticos durante sesiones mediúmnicas, convencida de que fuerzas superiores guiaban su trabajo.

Dentro de este inmenso ciclo destaca “Los diez mayores”, una de las series más extraordinarias del siglo XX, donde representa las distintas etapas de la vida humana mediante enormes lienzos dominados por espirales, flores, células, números y colores simbólicos. En su particular sistema visual, el azul alude a lo femenino, el amarillo a lo masculino y el rosa a la unión espiritual de ambos principios.

Paradójicamente, Hilma af Klint decidió mantener en secreto esta producción. Estaba convencida de que su tiempo no estaba preparado para comprenderla y dejó establecido que sus pinturas abstractas no fueran exhibidas hasta al menos veinte años después de su muerte. Su intuición fue acertada ya que el redescubrimiento internacional comenzó recién en 1986 con la exposición “The Spiritual in Art” en Los Ángeles, mientras que la histórica muestra del Museo Guggenheim de Nueva York en 2018 terminó por convertirla en una de las artistas más influyentes del arte contemporáneo.

La retrospectiva del Grand Palais no solo recupera una obra excepcional sino que también corrige una omisión histórica. Reconoce a una mujer que fue invisibilizada durante décadas y cuya investigación plástica modificó profundamente la comprensión del nacimiento de la abstracción.

Visitar esta exposición supone ingresar en un universo donde arte, ciencia, espiritualidad y filosofía se entrelazan en una visión radicalmente moderna, demostrando que la historia del arte todavía guarda capítulos capaces de cambiar nuestra manera de mirar el pasado.


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