Marina Abramović en las profundidades de Cisternerne

Copenhague, Dinamarca.

La monumental instalación cinematográfica “Seven Deaths” de Marina Abramović (Belgrado, 1946), ocupa este año el extraordinario espacio subterráneo de Cisternerne, un antiguo depósito de agua convertido en uno de los escenarios expositivos más singulares de Europa.

La obra reúne siete videoproyecciones monumentales inspiradas en las muertes de algunas de las heroínas más célebres de la ópera.

Abramović interpreta a las protagonistas acompañada por Willem Dafoe, mientras la voz de Maria Callas resuena en la oscuridad húmeda del recinto. El resultado es una experiencia visualmente seductora donde cine, performance y ópera confluyen en una narrativa sobre el amor, la pérdida y la inevitabilidad de la muerte.

Las siete muertes recreadas por la artista corresponden a siete heroínas inmortalizadas por Maria Callas en su carrera operística:
La traviata – Violetta Valéry, que muere consumida por la tuberculosis tras renunciar al amor.
Tosca – Floria Tosca, quien se arroja desde lo alto del Castillo Sant’Angelo después de la ejecución de su amado.
Madama Butterfly – Cio-Cio-San (Butterfly), que se suicida con un cuchillo al ser abandonada por Pinkerton.
Carmen – Carmen, asesinada por Don José en un ataque de celos.
Otello – Desdémona, estrangulada por Otello tras ser falsamente acusada de infidelidad.
Lucia di Lammermoor – Lucia Ashton, que enloquece y muere después de asesinar a su esposo forzado.
Norma – Norma, sacerdotisa que acepta morir en la hoguera junto a Pollione.

En la versión de Abramović estas muertes no son una reconstrucción literal de las escenas operísticas. Cada una es reinterpretada cinematográficamente junto a Willem Dafoe, utilizando símbolos contemporáneos —fuego, serpientes, rascacielos, sangre o radiación— para reflexionar sobre una idea que la propia artista ha formulado en varias ocasiones donde una mujer puede “morir” muchas veces a lo largo de una vida por amor, antes de llegar a su muerte física.

Sin embargo, el verdadero protagonista de la exhibición parece ser el propio espacio. La humedad permanente, los charcos, la penumbra y una reverberación que prolonga el eco de las arias durante varios segundos construyen una atmósfera casi sepulcral que potencia la dimensión emocional de la propuesta.

La elección del tema no resulta casual. Próxima a cumplir ochenta años, Abramović parece volver la mirada hacia la muerte como horizonte inevitable. La artista que durante décadas desafió los límites físicos y psicológicos de su cuerpo desplaza aquí el riesgo real hacia una representación cuidadosamente construida. El sufrimiento, elemento central de gran parte de su trayectoria, aparece transformado en una narrativa estética de gran refinamiento visual.

La presencia de Dafoe introduce además una lectura inevitable. Su figura remite indirectamente a la ausencia de Ulay, compañero artístico y sentimental de Abramović durante más de una década. Juntos produjeron algunas de las performances más radicales del arte contemporáneo, basadas en la confianza mutua, la resistencia física y la disolución de la identidad individual. Frente a aquella intensidad, “Seven Deaths” se presenta como una obra más teatral, más cinematográfica y menos confrontativa.

La instalación conserva algunos rasgos característicos de la artista como la exploración de la vulnerabilidad humana, la presencia como acto artístico y la reflexión sobre los límites de la existencia. No obstante, la tensión extrema que definió obras históricas como Rhythm 0, Rest Energy o The Artist Is Present se encuentra aquí notablemente atenuada. El cuerpo ya no es el campo de batalla; es un personaje dentro de una puesta en escena cuidadosamente controlada.

Si algo permanece inalterable en Abramović es su disposición a exponer su propio cuerpo y, una vez más, a mostrar sus senos como recurso escénico. Sin embargo, ese gesto, que décadas atrás podía resultar desafiante y transgresor, hoy parece haber perdido buena parte de su capacidad de conmoción para convertirse en un signo reconocible de una estética ya consolidada.

“Seven Deaths” es una obra elegante, envolvente y profundamente accesible. Su poder de seducción es indiscutible. Sin embargo, también evidencia una transformación en la práctica de Abramović pasando de la radicalidad del performance hacia una estética cercana al espectáculo operístico y cinematográfico.
Más que una confrontación con el espectador, propone una contemplación emocional. Y aunque la calidad visual es incuestionable, resulta difícil no percibir cierto agotamiento de la fuerza disruptiva que convirtió a Abramović en una de las figuras fundamentales del arte contemporáneo.

La experiencia en Cisternerne comienza incluso antes de enfrentarse a la obra. Debido a las bajas temperaturas y a la humedad permanente del antiguo depósito de agua, el museo proporciona al público largas camperas acolchadas de nylon para recorrer la exposición con mayor comodidad. El gesto no solo responde a una necesidad práctica, sino que contribuye a reforzar la sensación de ingresar en un espacio casi sepulcral, donde el frío, la oscuridad y el eco interminable de las arias forman parte inseparable de la experiencia estética concebida por Marina Abramović.


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