Copenhague, Dinamarca.
Una lección de coleccionismo y museografía en Copenhague
La Colección David es uno de esos museos que confirman que el tamaño de una institución poco tiene que ver con su capacidad de conmover. Nacido de la visión y el legado del coleccionista danés Christian Ludvig David (1879-1960), quien transformó su residencia y su colección privada en una fundación abierta al público, el museo se ha convertido en una referencia internacional, especialmente por su extraordinario acervo de arte islámico.
Sin embargo, más allá de las piezas que esta joya de museo alberga, lo más grandioso es la selección de las obras y la excelencia con que son presentadas. Todo parece pensado para favorecer el encuentro íntimo entre el visitante y los objetos, sin excesos escenográficos ni recursos que distraigan la atención.
Se trata de un museo refinado, que da gusto recorrer en un silencio casi absoluto, donde apenas se escucha el crujir de los antiguos pisos de madera a medida que avanzamos por sus salas. Esa atmósfera doméstica, heredada de la residencia original, genera una experiencia muy diferente a la de los grandes museos contemporáneos.
Realizar un análisis pormenorizado de sus piezas escapa a mi formación e interés específico, pero sí sé reconocer cuándo estoy frente a obras de calidad excepcional, tanto orientales como europeas. En ese sentido, la Colección David resulta admirable por la coherencia y el nivel de sus adquisiciones.
Particularmente impactantes son las obras procedentes de Irán. Sus miniaturas, cerámicas y objetos decorativos poseen una delicadeza extraordinaria y me evocaron inmediatamente mi visita a Teherán, donde pude apreciar de primera mano la profundidad de esa tradición cultural.
Durante mi visita también pude apreciar una notable exposición temporal dedicada al viaje que realizaron, en el invierno de 1835, el pintor danés Martinus Rørbye y el arquitecto Gottlieb Bindesbøll. Ambos coincidieron durante sus años de formación artística en Italia y decidieron aventurarse más allá de los itinerarios habituales de la época para dirigirse primero a Grecia y luego a Constantinopla, actual Estambul.
Aquella travesía los enfrentó a un universo completamente distinto al escandinavo: mezquitas monumentales, ornamentaciones exuberantes, colores intensos y una vida urbana vibrante que despertó su curiosidad y amplió sus horizontes creativos. A lo largo del recorrido produjeron numerosos dibujos, apuntes y acuarelas que registran con sensibilidad y asombro el descubrimiento de aquel mundo oriental.
La exposición reconstruye ese viaje a través de obras realizadas en Atenas y Constantinopla, permitiendo acompañar a ambos artistas en sus observaciones y descubrimientos. Resulta particularmente interesante comprobar cómo las experiencias recogidas durante aquellas semanas continuaron influyendo en sus producciones posteriores, revelando el profundo impacto que el encuentro con otras culturas tuvo sobre sus respectivas trayectorias.
La muestra dialoga de manera natural con el espíritu de la propia Colección David. No solo por la presencia del arte islámico en sus salas permanentes, sino porque pone de manifiesto el valor de la curiosidad, el viaje y el intercambio cultural como motores de la creación artística.
La Colección David es un ejemplo de esos museos verdaderamente pedagógicos: educa no solo a través de los objetos que muestra, sino también mediante la forma en que los presenta. Sin atosigar al visitante con información excesiva ni montajes invasivos, logra que el espectador comulgue naturalmente con el lugar, descubriendo cada sala a su propio ritmo.
En tiempos donde muchas instituciones parecen competir por captar la atención mediante el espectáculo, la Colección David demuestra que la calidad, la inteligencia curatorial y el respeto por la experiencia del visitante siguen siendo herramientas insustituibles. Es, sin duda, uno de los museos imprescindibles de Copenhague.
