Paula Rego en MUNCH

Oslo, Noruega.

Cuando los cuentos dejan de ser inocentes

El Museo MUNCH de Oslo presenta Paula Rego. A Thorny Dance, la retrospectiva más completa dedicada a la artista portuguesa desde la gran exposición organizada por la Tate Britain en 2021. Con más de 140 obras distribuidas en nueve secciones, la muestra no solo confirma la magnitud de una de las pintoras figurativas más importantes de la segunda mitad del siglo XX, sino que también permite comprender la extraordinaria vigencia de una artista que nunca cedió ante las modas ni las tendencias dominantes del mercado.

La exposición posee una puesta museográfica de enorme calidad. Las salas ofrecen el espacio necesario para que cada núcleo temático respire y permita al visitante adentrarse en un universo complejo, inquietante y profundamente humano. Desde los primeros collages políticos hasta los grandes pasteles y esculturas textiles de sus últimos años, el recorrido revela una trayectoria marcada por una coherencia poco frecuente en el arte contemporáneo.

El punto de partida curatorial establece un diálogo con Edvard Munch, figura inevitable dentro de este museo. La comparación entre La danza de la vida de Munch y La danza (1988) de Rego resulta especialmente reveladora. No se trata de una simple referencia formal, ambas obras entienden la existencia como una coreografía emocional donde deseo, poder, pérdida y memoria se entrelazan de manera inseparable.
La inclusión de La sequía (1953), exhibida por primera vez, permite además rastrear la temprana fascinación de Rego por el expresionismo psicológico del artista noruego.

Sin embargo, la verdadera potencia de la muestra aparece cuando el visitante se adentra en los territorios más personales de la artista. Nacida en 1935 en la Lisboa de Salazar, Paula Rego creció bajo un régimen autoritario que restringía severamente las libertades civiles y los derechos de las mujeres. Aquella experiencia política no se convirtió en propaganda, sino en materia poética. Toda su obra parece construida desde la sospecha hacia las estructuras de poder, ya sean familiares, religiosas, sexuales o estatales.

En ese sentido, una de las secciones más contundentes está dedicada a sus célebres series sobre el aborto. Décadas antes de que Portugal legalizara la interrupción voluntaria del embarazo, Rego ya había producido algunas de las imágenes más brutales y honestas sobre la experiencia femenina. No hay victimización ni sentimentalismo. Sus mujeres aparecen solas, exhaustas, vulnerables, pero también dotadas de una dignidad feroz. Son obras que evidencian cómo la política invade el cuerpo y cómo las decisiones legislativas terminan moldeando la intimidad de las personas.

La gran virtud de Rego radica precisamente en esa capacidad para transformar asuntos concretos en experiencias universales. Aunque profundamente portuguesa, su obra nunca queda atrapada en el localismo. Los cuentos populares, las fábulas, los recuerdos infantiles, los mitos y las fantasías funcionan como vehículos para hablar de cuestiones que atraviesan cualquier cultura: el miedo, la dominación, el deseo, la violencia, la culpa o la rebeldía.

Su universo visual habita un territorio singular. Puede encontrarse en él algo de la crueldad lúcida de Goya, la intensidad psicológica de Francis Bacon, la observación social de David Hockney e incluso el erotismo inquietante de Balthus. Sin embargo, ninguna de esas referencias alcanza para explicar una obra absolutamente personal. Sus personajes parecen surgir de una dimensión paralela donde humanos y animales intercambian identidades, donde las jerarquías familiares se invierten y donde los cuentos infantiles revelan su verdadero trasfondo de violencia y control.

Uno de los aspectos más sobresalientes de la exposición es la extraordinaria capacidad de Paula Rego para representar la vulnerabilidad humana. Sus escenas domésticas, desarrolladas en dormitorios, salas de estar o espacios privados, poseen una intensidad psicológica excepcional. Mujeres abatidas, niñas enfrentadas a ritos de paso, familias atravesadas por relaciones de poder ambiguas o personajes suspendidos entre la obediencia y la rebelión aparecen retratados con una honestidad brutal. Son imágenes profundamente íntimas que eluden cualquier sentimentalismo y que revelan las complejidades emocionales que se esconden detrás de la vida cotidiana. En ellas, Rego demuestra una sensibilidad única para capturar momentos de fragilidad, incertidumbre y resistencia.

La exposición permite comprender también la evolución formal de la artista. Los primeros collages poseen una energía cercana al neodadaísmo, mientras que las obras posteriores avanzan hacia una figuración cada vez más contundente. Los grandes pasteles, posiblemente el punto más alto de su producción, exhiben una maestría técnica extraordinaria. Rego consigue que la materia pictórica adquiera una presencia física casi escultórica, otorgando a los cuerpos una densidad emocional que resulta difícil de olvidar.

La inclusión de una figura de cera de Ron Mueck, su yerno y uno de los escultores hiperrealistas más reconocidos de nuestro tiempo, funciona como una interesante nota al margen. Aunque pertenecen a lenguajes muy diferentes, ambos artistas comparten una capacidad excepcional para generar incomodidad a partir de la representación del cuerpo humano.

Lo más notable de esta retrospectiva es comprobar hasta qué punto Paula Rego desafía ciertas debilidades del arte contemporáneo actual. Frente a una producción muchas veces dominada por discursos efímeros, estrategias de mercado o estéticas pasajeras, su obra recupera algo fundamental: la capacidad de contar historias complejas sobre la condición humana. No necesita apoyarse en artificios teóricos para sostenerse. Su fuerza proviene de la imaginación, de la experiencia vivida y de una comprensión profunda de las contradicciones que habitan a las personas.

Si bien las comparaciones siempre resultan limitadas, la obra de Paula Rego parece situarse en un territorio intermedio entre Francisco Goya y Lucian Freud. Del primero hereda la capacidad de revelar los aspectos más oscuros de la condición humana, la crítica al abuso de poder y una mirada descarnada sobre la violencia y las pasiones. Del segundo recoge la intensidad psicológica, la fisicidad de los cuerpos y la capacidad para convertir la presencia humana en una experiencia emocionalmente perturbadora. Sin embargo, Rego trasciende ambas influencias construyendo un universo propio, atravesado por los cuentos populares, los recuerdos de infancia, la sexualidad y una perspectiva profundamente femenina de las relaciones de poder.

Al abandonar la exposición queda una sensación difícil de encontrar en muchas muestras contemporáneas: la de haber atravesado un universo artístico completo. Uno sale perturbado, fascinado y, sobre todo, convencido de estar ante una creadora cuya obra seguirá interpelando a futuras generaciones.

Porque si algo demuestra esta magnífica retrospectiva del Museo MUNCH es que Paula Rego no pintó únicamente la Portugal de Salazar, ni los conflictos de las mujeres de su tiempo sino que pintó las zonas más incómodas y verdaderas de la naturaleza humana.

Paula Rego fue una narradora excepcional de las zonas más incómodas de la experiencia humana. Como Goya, entendió que la imaginación puede revelar verdades que la razón prefiere ocultar; como Lucian Freud, supo que los cuerpos son también territorios psicológicos. De esa combinación surge una de las obras más poderosas, inquietantes y perdurables del arte contemporáneo europeo.

Resulta especialmente significativo recordar que Paula Rego falleció en 2022, el mismo año en que participó de la 59ª Bienal de Venecia, The Milk of Dreams, curada por Cecilia Alemani. Su presencia en una de las ediciones más relevantes de la Bienal en las últimas décadas confirmó el reconocimiento internacional definitivo de una artista que, lejos de pertenecer al pasado, seguía dialogando de forma directa con los debates contemporáneos sobre el cuerpo, la identidad, el poder y la condición femenina. Su muerte, ocurrida pocos meses después, terminó por consolidar la dimensión histórica de una obra que ya ocupaba un lugar central dentro del arte europeo de los siglos XX y XXI.

Fue una despedida simbólica y a la altura de su legado ya que partió cuando el mundo del arte terminaba de reconocerla como una de las grandes artistas figurativas de nuestro tiempo.

La retrospectiva de la Tate Britain en 2021, su presencia en la 59ª Bienal de Venecia 2022 y su fallecimiento ese mismo año, fue casi la secuencia de consagración definitiva de una artista que durante décadas trabajó desde los márgenes de los grandes relatos del arte contemporáneo.


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